Soy una artista de cabo a rabo. ¡Esa es Leni!

Leni Riefenstahl

 

En dos mil quince se cumplieron ochenta años del lanzamiento de El triunfo de la voluntad, dirigida por Leni Riefenstahl (1902-2003), uno de los filmes propagandísticos más célebres de la historia del cine. El filme registra el Congreso del Partido Nazi de 1934, con las delirantes imágenes de miles de simpatizantes, además de los discursos de los principales líderes del nazismo, incluido el propio Hitler.

La posteridad ha querido que Riefenstahl sea recordada como una colaboradora del régimen y nunca como una artista a secas, no obstante sus inicios en la danza, actuación y posterior carrera como directora. Los artistas agrupados alrededor del nazismo interesan en especial, lo mismo por lo que revelan de la sensibilidad de Hitler, que por los modos de actuar frente ante las circunstancias. Albert Speer en sus Memorias resume que una vez que inició la dinámica de la guerra, ya no hubo modo de dar marcha atrás, al punto de que él mismo terminó como ministro de armamento cuando fue llamado en un principio para actuar como el “arquitecto” del imperio que habría de durar mil años. Como se sabe, la demencia colectiva alcanzó su punto más alto en Alemania durante aquellos años.

La historia de Riefenstahl no es tan diferente. Luego de recorrer las más de seiscientas páginas de su autobiografía —A memoir (1987)—, además de la obra que escribió el biógrafo Steven Bach, Leni. The life and work of Leni Riefenstahl (2007), resulta evidente que el artista no reacciona a tiempo cuando el poder tiene la bota sobre su cuello. La directora fue llamada por Hitler para determinadas tareas, entre ellas, filmar El triunfo de la voluntad. Antes de 1935 nadie hubiera pensado cuál sería el final trágico de la guerra. Los campos de concentración y exterminio no existían en la mentalidad de los alemanes, que disfrutaban los manjares de una industria armamentística poderosa y humeante. Alemania despertaba y habría de estallar como una bomba en una mina. Riefenstahl acudió al llamado sin vislumbrar el tamaño de las consecuencias. La línea que abre sus memorias es aleccionadora: “No es fácil para mí abandonar el presente y volver al pasado para entender mi vida en toda su extrañeza”. Una oración que hace honor a cada una de las palabras que la conforman y que, por lo demás, podría ser aplicable a cada destino individual.

La idea generalizada es que su carrera como directora terminó luego de Olympia (1938), ese registro pormenorizado de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, pero no fue así. Riefenstahl iniciaba proyectos aunque las consecuencias de la guerra —no purgó años de sentencia a diferencia de Speer—, marcaron su nombre hasta el final de sus días. Su interés por África y su último documental, Impresiones bajo el agua (2002), no ayudaron a borrar la sombra que la seguía. Quizá nada podría hacerlo. El judaísmo internacional se encargó de rastrear a cualquier colaborador del régimen nazi para hacerlo llorar lágrimas de sangre, y lo hizo.

A memoir es un documento apasionante. Riefenstahl jamás perdió la curiosidad por el registro de la realidad y sus vértices móviles. Una sensibilidad femenina se abría paso en la orfandad de un régimen que había prometido años de prosperidad. Además, los hallazgos de la Solución Final, impactaron hasta el día de hoy los excesos a los que puede llevar una guerra. Uno recorre los minutos de El triunfo de la voluntad con una sola pregunta: ¿cómo pudo pasar eso? Para responderla es necesario volver al asunto de la responsabilidad. ¿Es individual o colectiva? Miles de alemanes saludan al primer ministro, que pasa por las calles con su hieratismo teatral que se ha parodiado hasta la carcajada. El libro es una aproximación invaluable para una sensibilidad que buscó un camino propio. Las innovaciones técnicas de Olympia, respecto al lugar de la cámara para lograr esas secuencias, confirman su incapacidad para disociar el documento llano de la experimentación y el avance hacia un punto concreto. Su condición de artista no puede ponerse a prueba. Rescato estas palabras de Jean Cocteau, quien le escribió en 1952:

 

Mi querida Leni Riefenstahl:

¿Cómo no podría ser sino su admirador, ya que es Usted un genio del cine y lo ha llevado hasta alturas inusitadas? Soy devoto de su trabajo, tan lejos de las terribles prácticas que aquejan al cine de la actualidad. La saludo con todo mi corazón y estaré encantado de recibir noticias suyas sobre sus futuros proyectos, y de Usted misma.

Sinceramente, Jean Cocteau.

[Las traducciones son mías.]

 

Los casos de Riefenstahl y Speer hacen pensar, de nuevo, en cuál debe ser la actitud del artista frente al Estado, en el arte de propaganda. La pretendida autonomía del creador se troza ante la necesidad de pagar las cuentas. El más ascético necesita beber agua. Auschwitz no admite ninguna explicación de corte plano y quizá no la tenga. Jorge Semprún se lo preguntó en novelas fundamentales. Es posible elaborar cualquier teoría sociológica, histórica, económica o incluso filosófica. El escenario es tan móvil que nos quedamos con polvo en las manos ¿A qué se debió aquel silencio de dios, inquebrantable y solemne? La escritura o la vida es una novela que congela por su paso saltarín entre la geografía de sobrevivencia, la esperanza y el sentido del tiempo. Así la mayor parte de sus entregas que relatan su estancia en un campo de concentración. Por lo demás, los hitos de la historia no detienen la secuencia de las vidas, al menos en lo individual. Todas siguen su trayecto. El protagonista de Sin destino se alarmó de que, a su vuelta, nadie en Budapest supiera qué sucedió con los judíos que fueron deportados y más: a muy pocos les importaba. Esto es: puede suceder una tragedia de proporciones universales y ser conocida sólo por unos cuantos. ¿Cuándo estamos en presencia de una fractura de este alcance? Imposible saberlo. Riefenstahl enfrentó la circunstancia lo mejor que pudo hacerlo. A memoir es una plegaria que se hace desde diferentes coordenadas: artista, mujer, cineasta, lectora, fotógrafa. Es una revaloración de un periodo que no deja de arrojar claroscuros.

Mi generación aún escuchó el dictum de Adorno sobre la imposibilidad de “escribir poesía después de Auschwitz”. Al parecer, luego la matizó o se retractó. Es lo que menos importa. El asunto es que la puso en la mesa y no pocos se rehusaron a olvidar su alcance. Si la poesía se volvió inaccesible por el dolor acumulado de tantos seres humanos, ¿hacia dónde es posible llevar la tentativa del arte, que la persigue e intenta concretarla en objetos imperecederos? En un aspecto purista, el artista debe crear con los elementos a su alcance, incluso si están lejos de cierta moralidad reconocida. Interesan las obras y no las condiciones en las que se produjeron. Las consecuencias pueden ser imprevisibles, no obstante. Ernesto Giménez Caballero, por ejemplo, se murió fascista como el que más. Refiere en sus memorias con enorme orgullo la posesión de un retrato de Mussolini autografiado y la firma autógrafa de Hitler con la cruz del águila alemana (Cfr. Selena Millares en Prosas hispánicas de vanguardia). La condena es inmediata: el cadalso del olvido.

Esos dos filmes sobre el nazismo se transformaron en documentos de primer orden. Nadie pudo haberlo predicho, si bien nadie escapa al juicio de la historia. Si el artista tiene o no responsabilidad es un asunto que merodea la ética, la historia y las ideas hegemónicas de una época. Por lo mismo, es imposible otorgar valores absolutos a la obra de ciertos artistas. El futuro es un terreno incierto y los vaivenes de la política pueden desenterrar los muertos más irreconocibles. Destaco de Riefenstahl su inagotable espíritu de búsqueda y la fortaleza superlativa de sobreponerse a una época de bandazos y fuego cruzado. Las lecciones del nazismo son muchas más que los muertos que dejó. La popularidad o impopularidad es tan anecdótico como banal. Importa la obra y la entereza en los tiempos de la fugacidad más absoluta.

El siglo XX se aleja y agazapa. La forma definitiva de nuestro entendimiento sobre su sentido continúa en construcción. No parece existir un eje rector capaz de lograr el asentimiento generalizado. Quizá ya no quedan sobrevivientes vivos del Holocausto, pero su sombra está lejos de extinguirse. Así, dos ejercicios de memoria se vuelven esenciales para reconstruir parcialmente la historia alemana. La calidad de testigo-partícipe es una línea de luz cuando las luces se apagan en el escenario. Cuando Speer publicó su libro se lo envío a Riefenstahl con la siguiente carta:

 

Querida Leni:

Aquí está el esperado libro, que le envío con sobradas dudas, ya que estoy seguro que modificará su percepción sobre mí; aunque no para mal, espero. Asumo que entenderá cuán urgente me parecía dar a las futuras generaciones un punto de vista para evitar que padezcan condiciones similares. Debo reconocer mis dudas sobre la capacidad del hombre para aprender cualquier cosa. Sin embargo, uno debe (según sus capacidades) contribuir a que alguno lo logre…

Sinceramente, Albert.