La experiencia del porno está más a la mano que nunca. Un par de clicks en los lugares indicados y las imágenes en movimiento aparecen en pantalla. El menú es infinito. La política del cuerpo-para-disfrutar es una de las más democráticas y sus límites son difusos y acaso no los tenga. Difícil pensar que aún se compran revistas porno, o incluso las propias películas. Muy lejos quedó la época en que debía reservarse un cajón de difícil acceso para guardar malas copias de Beta o VHS, sin opción a elegir su contenido.

Meses atrás un vecino se me acercó para revelarme que había escrito una novela. Y como estaba enterado de que a mí “me gustaban los libros”, me dijo que quizá debía leerla. No hubo opción para decidir sobre el asunto, ya que llevaba una copia impresa y me la obsequió en el acto. Le respondí que lo haría en breve —no había otra solución posible—, y además tuve que hacerlo porque cada que nos cruzábamos ponía la expresión de quien espera una noticia del cartero.

La novela relataba la historia de un poseso del porno que se enamora de una actriz con toda la energía y disposición para entrar a las grandes ligas. Eventualmente, rastrea sus datos y decide viajar a Los Ángeles (la Meca de la pornografía) para conocerla. En la historia se enamoran —¡sí!—, ella contrae una enfermedad venérea y, al final, muere y antes se justifica señalando que sólo buscaba un lugar en la sociedad. La trama decimonónica es innegable. El narrador subraya que jamás tuvieron contacto sexual, por lo que regresa al Distrito Federal e inicia una fundación de ayuda para adictos a la pornografía.

Se ha debatido sobradamente si el consumo de pornografía puede lesionar a quienes atestiguan ese ajedrez de carne. No parece que produzca más delincuentes que el narcotráfico, es un hecho. El goce del cuerpo aún es un asunto que sucede en la sombra, como si se tratase de un culto secreto. Preocupa más que una persona pueda “enamorarse” de un(a) actor/actriz que, por otro lado, presume sus habilidades con incontables parejas. No es difícil verse expuesto a ceremonias que no sólo están lejos de nuestras preferencias sino que, además, resultan incómodas a la vista. Los favores de la voluntad, aplicados a la geografía del cuerpo, pueden suscitar perplejidades y desconfianzas.

El magnetismo que ejerce la desnudez no pierde su vigencia. Por el contrario, gana fuerza con la libertad que existe para compartir todos los archivos imaginables. Ante esas imágenes reconocemos nuestra constitución —límites y alcances, proporciones y gestualidad— y la diversidad del mundo. Por mi parte, he llenado discos duros enteros sólo con archivos porno. Ahora son una selva intransitable de todas las modalidades posibles. El enlace de los cuerpos aún me sorprende por lo que revela y más: aterra por lo que sugiere. Es el tipo de ocasiones que orillan a una pregunta: ¿qué hice/hago/haré con mi sexualidad?

No sería difícil caer en la tentación feminista de condenar la pornografía, pero es una comodidad que no detendrá una industria que produce millones de dólares al año. Dejó de ser un asunto de género (hay infinidad de pornografía homosexual), para transformarse en una ocasión para estimar su valor como producto histórico y cultural —que lo tiene. Esto es perceptible cuando se revisa pornografía de otras décadas: cambia la tecnología para registrar los encuentros, la iluminación de los actores, las posiciones y los escenarios, la forma de editar las secuencias, etc. El Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, por ejemplo, conserva con el mismo rigor el mosaico de la Batalla de Alejandro Magno contra Darío I, que las innumerables piezas de la galería erótica, que retratan la vida sexual de los antiguos pompeyanos. Algunas tan grotescas como el porno más duro de tolerar. Hace falta perspectiva y distancia para intentar una evaluación más higiénica, en términos de condena moral sin derecho a réplica. Esos registros de la “vida privada” no son distintos de cualquier otro que capte cómo sucede la vida en la actualidad, como andar en bicicleta, caminar en un parque o pagar la luz en el banco.

La novela del vecino se titulaba Vuelvo a tus ojos —jamás le pregunté por qué, ni parecía tener algún sentido—y le dije que no me parecía mala, aunque debía darle claridad al lenguaje y ser menos explícito. No le mencioné que me hizo estimar la posibilidad de reconocerme como otro enamorado de una actriz porno.