Es inusual que en esta época de sobrepoblación de imágenes, suceda una filmografía de sello personalísimo, que se oponga a las exigencias del cine que demanda una narración veloz para mantener la atención del lector, que se distrae a la menor provocación. Esa filmografía es la de Béla Tarr (1955), que este 2015 cumplió sesenta años. Con sólo nueve largometrajes y una adaptación de Macbeth para televisión, Tarr logra un sitio de privilegio en el cine actual debido a la textura atmosférica de sus filmes, lo mismo que a su acento literario, derivado de su colaboración con el escritor László Krasznahorkai, uno de los narradores de más fuste en este momento.

Su carrera es la construcción de un estilo que termina definitivo. Sus cuatro primeras entregas —Family Nest (1977), The Outsider (1981), The Prefab People (1982) y Almanac of Fall (1985)— perfilan lo que se volverá una de las filmografías definitivas/definitorias de la actualidad cinematográfica, no obstante que en Damnation (1988) ya destella el Tarr en todo su esplendor, ese que arrebata sorpresas debido a su habilidad para registrar las fisuras del tiempo presente. Una segunda visita a toda la filmografía me reveló su afición por grabar que los personajes caminan de un lado a otro. Esto es: no es inusitado que se filme en exteriores, pero Tarr vuelve sobre el recurso con la profusión y exuberancia de su formalismo en blanco y negro. Las calles desoladas de pueblos sin nombre se vuelven una oportunidad para los paseantes. Dos secuencias tomadas al azar:

 

Sátántangó

Sátántangó 2

 

Personajes que caminan. Se adaptan a la penuria del tiempo a través del movimiento. Esto no deja de ser una paradoja en un cineasta que disfruta las secuencias largas y casi inmóviles. El caballo de Turín (2011), por ejemplo, abre con una secuencia en movimiento. Son escenas que terminan hipnóticas y el espectador termina en el vértigo. Ayuda el polvo que vuela, el aire que no deja de soplar, los mínimos elementos en pantalla. La música de Mihály Víg es un elemento crucial para concretar el aliento de las últimas entregas. Esta asociación con un músico de cabecera es un elemento que ha ganado relevancia para un auteur. Pienso en Lynch/Badalamenti, en Angelopoulos/Karaindrou o en Greenaway/Nyman.

La conjunción de elementos hace que sus películas deban ser sopesadas desde una perspectiva colectiva. Parte de su logro consiste en invitar al espectador a mirar con detenimiento a su alrededor, porque la belleza aparece hasta en un muro sin pintura. Además, el espectáculo de las pasiones humanas genera un combustible que alimenta cualquier fuego. La admiración que suscita Sátántangó (1994) es fácilmente explicable: aún es posible destilar un producto fílmico de largo aliento cuyo guion no incida por fuerza en la secuencia de un hecho colectivo si bien, al final, dará confianza al género humano sobre la bondad o maldad del azar/destino. Tarr abre páginas y más páginas para materializar historias paralelas, contradictorias, innecesarias, polarizadas, insuficientes. Es la estética del paseante sin rumbo. El que sale, gira, se detiene, mira a lo lejos, se rasca la cabeza, bebe un café, compra una bagatela o se entrega a una conversación sin un hilo conductor.

Después de Damnation, las películas de Tarr orbitan alrededor de sí mismas y forman un fresco que se interconecta, a la manera de un relato bíblico. Los protagonistas de Werckmeister Harmonies podrían seguir su odisea respecto a la ballena en alguna secuencia de The Man from London, de la misma forma en que cualquier personaje de cualquier novela de Henry James puede aparecer en el mismo salón y no dar la impresión de estar fuera de sitio. Exuberancia del pasmo y la lentitud. Mirar la realidad con un ojo atento, antes que el asombro continuado de secuencias infinitas de “acción”, en donde lo increíble se da la mano con el absurdo y la magia de Hollywood lo hace parecer verdadero. Se vuelve a Tarr a pie, como si fuese una caminata. No hay otro modo de intentarlo y, al hacerlo, nos integramos a uno de sus espacios en donde desfilan innumerables personas cuya única misión es aparecer con el rostro ajado.