La literatura mexicana del siglo XX se arrojó con entusiasmo a perseguir tentativas de largo aliento. En algunas se triunfó y en otras, como es natural, no se logró el objetivo trazado. Por suerte, el corpus de una literatura nacional también se nutre de las tentativas, sin importar hasta dónde hayan llegado, lo cual es tan necesario como inevitable, ya que ejercicios de esta naturaleza refieren qué tanto la tradición es un obstáculo o un aliento para intentar formas nuevas. La inmovilidad es una manera de perecer y jamás es deseable, ni aún en literaturas que destacan por su conservadurismo o poca maleabilidad ante la tentativa de lo novedoso.

Una de esas ejecuciones que fructificó se encarna en la obra de Fernando del Paso (1935), quien ha escrito libros de enorme originalidad, que van de la novela de largo aliento a ensayos de tema diverso —sea respecto a sus lecturas de El Quijote, o a sus memorias de Juan José Arreola—, así como de la poesía juguetona y chocarrera hasta llegar a una dramaturgia ejercida como una extensión de su universo narrativo. La suya es una obra tensa que convoca la mirada fija del erudito, aunque igualmente permite el acercamiento de quienes desean una historia perfilada con las mejores herramientas de estilo y forma.

La concesión del premio Cervantes 2015 acercará su obra al gran público y, a la par, permitirá que circule desde España hacia todos los puntos de la lengua castellana. Mérito de sobrada justificación, pues lectores de todas las generaciones ya seguían sus libros con atención de lince, en la intuición de que sus páginas encierran un tesoro de la lengua. Fernando del Paso ya había ganado el reconocimiento de los colegas del oficio —José Trigo se publicó en 1966, con una estructura lúdica, modernísima y abismal—, lo cual no es comparable al otorgamiento de un premio semejante, ya que es una concesión que supone abrir la posibilidad de generar venta de derechos y traducciones a diversas lenguas. Se ha dicho repetidamente, pero es tan verídico como legítimo: España ha concedido el premio Cervantes a no pocos escritores mexicanos en los últimos diez años, lo cual confirma la salud de una literatura en donde el medio literario es particularmente mezquino y, por lo regular, el reconocimiento llega del exterior antes que de la colonia que vio nacer a los escritores. Nadie es profeta en su patria, reza la sentencia latina, no obstante que parece nacida en las calles de México.

Visito con frecuencia la obra de Fernando del Paso por su vitalidad y brillo auténtico, y si bien no hay manera de restarle mérito a su novelística —incluso Linda 67. Historia de un crimen (1995) se transita con entusiasmo—, el resto de su producción corre el riesgo de quedar sepultada bajo del peso de su narrativa. El autor mexicano es múltiple y singular. PoeMar (1995), por ejemplo, es un ejercicio poético que interesa para las letras nacionales debido a su reelaboración lírica de un asunto marítimo, sin cursilería y sin colorantes artificiales. Además, el humor desbordado de su autor es apenas perceptible en las novelas, siempre hondas y cerebrales: trepidación en un valle que se pierde en la lejanía.

Leída a la distancia, la bibliografía de Fernando del Paso no es extensa aunque es entendible por el tiempo de confección de cada una de sus novelas (investigación, plastificación de la lengua, elecciones de estructura, etc). Sería deseable que derivado de la concesión de este premio, se reúna la obra poética en un solo volumen o se reediten los cuentos con otras piezas o, incluso, que se realice una compilación de notas periodísticas. De igual modo, no vendría mal una iconografía in extenso de su vida y obra. Esto es: es el momento de intuir el sentido de su proyecto literario. La celebridad de Noticias del Imperio (1987) debería ser la ocasión para acercarse con más ahínco a una obra de bordes inusitados. Sería una pena resumir una tarea dilatada, de amor al lenguaje y sus posibilidades, a la figura de Carlota y a la elaboración literaria de un episodio de nuestra historia. Porque Fernando del Paso es oceánico sin petulancia y exquisito sin esnobismo, una ecuación de cualidades que es inusual no sólo en la literatura nacional, sino en el concierto de escrituras en el mundo. Por lo regular, las tentativas de largo aliento terminan disociadas del lector, que las asocia a una “gran obra” aunque sin mayor contacto. Es el caso de Berlin Alexanderplatz, La muerte de Virgilio y Manhattan Transfer, por utilizar obras de gran reverencia y escasa lectura. El lector promedio sabe que existen y que son grandes obras de la modernidad, y sanseacabó.

Será difícil hallar una voz en el desierto que no comulgue con la actual celebración por la concesión del premio a Fernando del Paso. Es un consenso (una rareza en las letras mexicanas) derivado de los méritos de un escritor, más bien discreto y dedicado, abstruso por elección voluntaria y apenas condescendiente con el mercado, que eligió un trayecto personal y lo llevó hasta el borde del acantilado. Y de llegar a manifestarse, bastará con recomendarle una lectura minuciosa de su novelística para iluminarle sobre la justicia del premio Cervantes. Sus libros, por lo demás, admiten ser leídos por cualquier hispanoparlante sin apenas consideraciones de fronteras, ya que el objetivo es el tratamiento del lenguaje y este es un río de cauces amplios. Fernando del Paso se enfila al lugar que le corresponde en nuestras letras y que nadie podría escamotearle. Es un premio al trabajo tesonero de amor a las palabras y de lo que puede hacerse con ellas.

Así, las letras nacionales se atizan. Los escritores mexicanos son leídos en el exterior, incluso sin el apoyo de las instancias federales a través de ferias y foros de índole internacional. Hay entusiasmo y curiosidad por lo que se escribe en el país, más allá de los sarampiones que genera la “literatura del narco”. Que circulen los libros de este autor mexicano es una noticia sin par en el actual panorama de sinsentidos a los que amanecemos a diario. La literatura es capaz de interactuar con la realidad y modificarla en algún sentido. Quizá su tarea primaria sea dar una explicación de lo que sucede en el entorno, no obstante lo evidente que pueda parecer a los “expertos”. Después, ampliar la experiencia posible con escenarios que puedan ser llevados a la práctica, lejos del pragmatismo que tanto ha dañado al país. Queda leer más para averiguar cómo hacerlo.