El exceso de regulación confiesa ingobernabilidad: falta de control por parte de la autoridad. Se crea una selva de reglas cuando es necesario generar enredaderas normativas, capaces de enmarañar lo más evidente. Cuando se llega a ese escenario, ante la posibilidad de que un solo hecho pueda ser sancionado —personal, incontrovertible, fáctico— se opta por sancionar cualquier conducta. Es mejor no dejar lugar a dudas y menos aún resquicios que puedan motivar una exigencia de la ciudadanía. Limitar toda posible laguna con disposiciones inusuales y no pocas veces ridículas. Esto es: si la sanción de un acto puede resultar ser controvertida, se cuenta con diez disposiciones adicionales aplicables para sancionar al probable infractor.

El nuevo Reglamento de Tránsito del Distrito Federal es una oportunidad para atisbar lo poco que le interesa a la autoridad local crear normas sensatas. Los motociclistas que circulen en esta ciudad no sólo se enfrentarán (a partir del 15 de diciembre de 2015 y hasta que la cordura vuelva), a los riesgos de utilizar un vehículo esencialmente riesgoso, sino a disposiciones que sancionan prácticamente cualquier acto por parte del conductor. Este catálogo de conductas se prolonga por más de 140 páginas (en el ejemplar de obsequio del Gobierno del Distrito Federal), así que lo contiene casi todo. Un ejemplo al vuelo: el reglamento sitúa al mismo nivel de “prioridad en la utilización del espacio vial” a los automóviles y a las motocicletas [art. 2, fr. IV. f)]. ¿Era tan difícil abrir un inciso g) y enviar los automóviles al final de la lista de prioridades? ¿Una motocicleta de 125 c.c. y menos de 150 kilos de peso tiene la misma “prioridad” que un vehículo de lujo blindado nivel 5? ¿Parecen comparables en algún sentido? ¿Esta es la “cortesía” como principio “rector” a que se hace referencia en el reglamento (art. 2, fr. II.).

Otras grandes ciudades han entendido los beneficios del uso de la motocicleta. Cuesta trabajo entender que cada una de ellas que circula equivale a un automóvil menos en la vialidad. Elegir una motocicleta como medio de transporte libera tráfico, así de fácil. Utilizan menos espacio, gastan poca gasolina y, en especial, devuelven tiempo de vida a las personas que padecen el tráfico para trasladarse en una ciudad que crece en complejidad y en donde las oportunidades de crecimiento se esfuman. A pesar de lo anterior, el reglamento dispone que los motociclistas deben “utilizar un carril completo” para circular (art. 20, fr. I.), lo que convierte a las motocicletas en otro automóvil para efectos prácticos. ¿Pensaron acaso en los efectos de un alcance trasero por parte de otro vehículo? ¿A 30 o 40 kms/hr.? Y más aún, ya que se prohíbe (art. 21, fr. IV.):

IV. Circular entre carriles, salvo cuando el tránsito vehicular se encuentre detenido y busque colocarse en el área de espera para motocicletas o en un lugar visible para reiniciar la marcha, sin invadir los pasos peatonales;

¿Y si no hay un área de espera? Ojalá hubiera una de ellas en cada uno de los semáforos de la ciudad, pero no es así. Basta salir a cualquier avenida para comprobarlo. Pero, como es natural, los medios de comunicación y la ciudadanía sólo se detuvieron a comentar el aumento en el monto de las sanciones, la acumulación de “puntos” y la restricción de las velocidades máximas, sin detenerse en un aspecto central: ¿cuál es el beneficio directo o indirecto de esta regulación inoperante y excesiva? Imposible saberlo. Ahora bien, sería iluso suponer que toda colisión sucede por la impericia del conductor. Podría ser que la mala iluminación de una calle, una coladera destapada o el mal estado del asfalto, coadyuven al hecho. ¿Esta igualmente será responsabilidad de los usuarios de la vialidad? La “cortesía” y “racionalidad” son cualidades que deben cultivar los conductores, pero nunca la autoridad, parece decirnos este nuevo reglamento y ahora que casi cualquier sanción es motivo de “corralón”, la ciudadanía tiene derecho a sentir temor y mucho. Mejor no solicitar el apoyo de un agente de tránsito para encontrar una calle, pues ese podría ser el momento en que detecte que no vamos sentados como lo dispone el reglamento y aproveche para sancionarnos.

No se ignora el salvajismo (no hay otra palabra para describir esa forma de manejo) con la que algunos motociclistas utilizan su vehículo —más aún cuando es de la empresa. Pero la cultura vial de una ciudad se construye con educación y la satanización del motociclista (nada reciente, por lo demás) no ayuda en ese proceso. Sobrecargar de disposiciones lleva a los conductores a la ausencia de certeza jurídica. Lo que parece una paradoja ya es una realidad amarga, pues además pudo ser evitable. Nos detendrán y no sabremos si lo que refiere la autoridad es verídico o si, además, resulta aplicable al caso concreto. Hay tantas disposiciones que podría alegar cualquiera de ellas y no estar equivocada. Dudo que la modernización de una ciudad implique crear andamiajes normativos para asfixiar a sus pobladores, si bien refiere qué tanto es posible servirse de los mecanismos de la ley para generar incivilidad donde se esperaba impulso a la cultura vial. Nos alejamos de una ciudad digna para habitar en los próximos años y además con una boleta de infracción, ya que íbamos muy rápido, a decir de una máquina para tomar fotos.