La mesa de novedades siempre ha sido un espacio cotizado: es pequeña (casi minúscula, en proporción al tamaño de algunas librerías), iluminada y exigente con las fechas del calendario. Ningún libro duerme ahí más de lo debido. Es un espacio escrutado de manera permanente, lo mismo por los visitantes que por los libreros, acosados por los representantes de los sellos editoriales, que esperan ver sus títulos más recientes desfilar por esa alfombra roja. Difícil pensar que exista una librería que no cuente con ella. Es el punto de entrada —las más de las veces— y la bienvenida más exclusiva al hic et nunc de la industria editorial. Quien desfila por esa pasarela existe, tiene sustancia, es citable, se transforma en el cuerpo de Cristo.

Así, es un espacio que se reserva para las novedades de alto impacto, con números de venta esperados. Difícil hallar novedades académicas, poemarios de escasa circulación o lecturas de largo aliento, a precio elevado. Por lo regular, es una geografía dispuesta para el libro de consumo inmediato, ese que se comenta por su incidencia en la agenda pública del momento; o aquel cuya adaptación al cine lo rescató del olvido y, de pronto, se vuelve material transformable en dinero (alquimia fílmica). El boom actual de sellos independientes y, por lo mismo, de autores de todas las edades en casi todos los géneros, ha modificado la percepción de este breviario de actualidades, ya que al lado de esas novedades, en las redes sociales se pueden visualizar otras más de escasa o nula circulación, o los catálogos de los programas editoriales de universidades y otros centros de estudio (algunos con venta directa al público, a través de las respectivas páginas de internet).

La elección monosilábica del dúo libreros/editores —si/no— pierde fuerza debido a la movilidad de las redes sociales. El concierto de voces “reconocidas” anda hacia la extinción debido a los esfuerzos de iniciativas ciudadanas y entidades públicas y privadas sin acceso a esos espacios. Si tal o cual libro merece o no la pena ser leído, ya es un derecho que pueden ejercer los lectores y no sólo quienes reciben los catálogos de las editoriales para resolver sobre la pertinencia de dar entrada a ciertos títulos a la librería. Por lo demás, los medios de comunicación ya no determinan en exclusiva el contenido de la denominada “agenda pública”, pues los usuarios de las redes “viralizan” contenidos y aquellos terminan por hacer notas sobre lo compartido en las redes, cifras en mano. Ahora cualquier teléfono es un arma para grabar cualquier conducta denunciable.

Difícil que una librería cambie sus prácticas por lo que sucede en las redes. Son modelos de negocio que han funcionado por décadas e introducir nuevas variables podría afectar la relación con los involucrados. No obstante, el lector tiene una gama gigantesca de posibilidades para elegir el producto más cercano a sus preferencias. Es fácil pasarse un día entero explorando los catálogos de novedades que circulan en la red, incluso por mera curiosidad. El libro aún es el artefacto comunicativo más certero desarrollado por la humanidad, a pesar de sus fallas, de los precios prohibitivos, ocupar espacio físico, etc.

Las redes sociales son la nueva mesa de novedades editoriales. Entiendo que cada vez se visitará menos la librería. Una vez que se perfeccione el comercio electrónico de libros, los pedidos saldrán directo de una bodega y llegarán al domicilio de los lectores —como ya sucede aunque no es una práctica generalizada. La experiencia del supermercado de la cultura que parecía llegar, pierde fuerza. No habrá book parks, como se pensó décadas atrás. Todo indicaba que a mayor número de metros cuadrados dispuestos para la librería, la experiencia libresca crecería exponencialmente, lo que atraería a nuevos e infinitos lectores. Por el contrario, triunfa la experiencia minimalista de la librería, en donde se leer mejor cuando se enfocan las energías. El cerebro humano sólo puede procesar cierta cantidad de información o termina por desbordarse. Así que al tener al frente conocimiento infinito, es posible que no capte nada o casi nada, como no sea una experiencia descomunal de información.

La librería como espacio físico y ritual —ahí suceden hallazgos fundamentales, casi a cualquier edad— igualmente se modifica por las nuevas prácticas digitales. Ahora es posible conocer el programa editorial de universidades europeas o norteamericanas con sólo apretar algunos botones. La figura del librero se antoja rezagada, a esta velocidad de avance. Quizá en la librería de barrio, a la que acuden algunos vecinos o conocedores, aún exista ese librero que conoce a sus parroquianos y les acerca las últimas novedades como refiere Cortázar en Casa tomada: “Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa”. Ahora ya no sería necesario salir de casa, a menos que fuera por otro motivo. Ya es posible saber qué se publica en Canadá, Gabón o Mónaco, sin necesidad de que alguien viaje y nos traiga fuego providencial.