Las formas breves de la autoficción vuelven a paso lento aunque con fuerza al flujo de la literatura actual. Diversas causas influyen en este fenómeno, aunque acaso tenga que ver (i) con la “muerte de los grandes relatos”, a la que hizo referencia Lyotard, y; (ii) con las formas narrativas del cine y la televisión, capaces de estructurar un mosaico argumental en poco más de dos horas, en el caso de un filme, o en diez o más, si es la temporada completa de un serial televisivo. Ahí abundan los personajes magnéticos, principales y secundarios, las tramas circulares, deshiladas, conservadoras o de aire clásico, incluso. Se ha vuelto menos usual que una persona dedique sus energías a leer una novela de más de quinientas páginas, a menos que sea un lector ejemplar y tenga un interés específico o un académico que perciba un salario por esa tarea. Los novelones se alejan en el tiempo, como recuerdo de cuando no había otra forma de entretenimiento. Además, productores y directores han adaptado la mayoría de las novelas largas de relevancia (Guerra y Paz, La montaña mágica, Berlin AlexanderPlatz, etc.), y la peor adaptación aporta un atisbo, así sea mínimo, de lo que es posible hallar en esas páginas.

Así que el lector oscila entre el vértigo de la producción sin límites y la oferta de novedades editoriales, siempre interminable y, por lo mismo, inhóspita. Celebro que los autores acudan a la vivencia individual para buscar un aporte de valor, a pesar de que no lleven una vida ejemplar, menos aún envidiable. Ahí hay espacio para la ficción, esto es, para la autoficción. No hay escritor capaz de fabular año con año una trama providencial, en la que se ponga de relieve la consistencia del espíritu humano. Estos son libros que toman años para gestarse. Ahora bien, ¿debería experimentarse un viaje al espacio para escribir sobre las emociones que podrían provocar? La respuesta de la imaginación: no.

En el panorama actual de la literatura hispanoamericana, sobresale Mario Bellatin (Ciudad de México, 1962) en su tratamiento de la novela corta, misma que interpela su propia definición al crear moldes expansivos que admitirían un proceso de construcción infinita. Sus novelas se cortan de tajo y se abandonan antes que emplear una salida de cierre clásico. ¿No podríamos saber más de la nariz de Shiki Nagaoka o del protagonista de Perros héroes? Es indudable que sí. El abandono del acto trascedente como fundamento de la situación narrada admite que destapar una botella de agua pueda derivar en una meditación de carácter metafísico. Al igual que César Aira, que opta por dar a la imprenta pequeños títulos individuales antes que reunirlos en un solo volumen, Bellatin elige la especificidad de cada uno de sus trabajos, lo cual ha generado diversos títulos en los cuales sobresale la autoficción en formato breve a la que aquí se hace referencia. No obstante, cada una de sus entregas es una construcción a partir de nada en donde el propio estilo sufre una refundación esencial. De sus últimas entregas, destacan El libro uruguayo de los muertos (2012), Gallinas de madera y El hombre dinero, ambas aparecidas en 2013.

Bellatin ha ganado notoriedad fuera de México por pasar de largo ante la posibilidad de construir una novelística a partir de la realidad más inmediata. Los problemas sociales no tienen espacio en su proyecto y las ficciones carecen de un sello nacionalista que las vincule a un escenario trágico de inseguridad o violencia, lo que abre la posibilidad de ser leídas fuera de contexto a partir del hecho narrado, en exclusiva. No pocos títulos exageran la aspiración experimental y derivan hacia un terreno menos reconocible para el lector. Es el caso de Lecciones para una liebre muerta (2005) o El gran vidrio (2007). Años después, en Disecado (2011) vuelve con maestría a la novela corta y entrega un volumen con dos historias que funcionan como un aparador único desde el cual vislumbrar los ejes de ese proyecto en construcción.

La posibilidad de manipular catálogos de objetos, de intervenir la realidad más simple a la vista o de liberarse de las “preocupaciones de su generación”, lo destaca y lo reafirma como un punto de referencia para los lectores/autores más jóvenes, quienes ven en su tentativa la posibilidad de explorar desde la brevedad y la impostura con intenciones estéticas, un brillo diferenciador en un horizonte unificado de literatura de carácter social. En México, al menos, se vuelve al debate que se vivió en la década de los treinta entre los integrantes del grupo Contemporáneos y entre quienes el ejercicio de la escritura era indisociable del activismo social. El “hombre de letras” vuelve a imaginarse paladín de la reivindicación social y su tentativa estética se transforma en un cuerno gigantesco para llamar a las masas, dispersas y extraviadas en lo alto de la serranía. El retratismo mal enfocado y las formas apenas entendidas del naturalismo, los dotan de estandartes borrosos para encabezar la lucha por el entendimiento de la problemática social, que sólo ellos pueden interpretar a partir de la lectura atenta de los diarios. Entonces, la búsqueda de ficciones capaces de replantear las temáticas o su forma de transmitirlas, cae sepultada bajo la loza de perseguir un “mundo mejor” y se aplaza hasta un momento más “estable” del país, como si fuese a llegar en algún futuro próximo. La obra en construcción de Bellatin alerta sobre la posibilidad permanente de avanzar sobre el terreno de la ficción, abierta casi a cualquier forma de acercamiento, siempre que la imaginación sea quien lleve la batuta y no la sed de mejoramiento social.

Por su parte, Amélie Nothomb (Kobe, 1967) igualmente ha escrito algunas novelas a partir de su propia vida. Algunas terminan redundantes y otras se vuelven familiares debido a su transparencia y desparpajo. La épica de una vida nada tiene que ver con la secuencia cansina de los días, parece decirnos esta novelística, que lleva el acto más trivial hacia un territorio de ficción que sin ser ni estrambótico ni desorbitado, deriva hacia una geografía de asombro en la que el lector aspira a la continuidad antes que a la terminación del relato.

La novela corta, en algún momento entendida como forma de aprendizaje en el escritor, cobra fuerza y vigencia en el escenario contemporáneo. Es posible hacer una condensación de sentido en pocas páginas y ya no se estima necesario hacer un perfil psicológico abundante de los personajes. Basta con que actúen para poner al descubierto sus miserias o aciertos. A la par, los lectores pierden la paciencia ante los desvaríos y pifias de escritores que se imaginan forzados a robustecer sus novelas con gramos de escritura. He seguido la obra de Nothomb y aunque no todas las entregas han sido memorables, La nostalgia feliz me confirma que es posible narrar a partir de la propia vida sin la tentación de escribir fragmentos de una autobiografía apresurada. El libro cuenta un viaje que hace la autora a Japón, seguida por personal de una televisora para filmar un documental, en el cual se reencuentra con una expareja, misma que aparece en una novela anterior de Nothomb. El viaje y la nostalgia “no dolorosa” trenzan la narración. Los episodios están lejos de aspirar a la trascendencia, más aún de entregarse a la sacralización del pasado. Es un relato clásico de inspiración japonesa.

Así que las virtudes de la novela corta no cambian con el tiempo, salvo que en la actualidad se vuelven imprescindibles. La escritura transparente y sin afectaciones llega al lector y lo permea. Nos alejamos de los experimentos con el lenguaje y acaso sea lo mejor. Al parecer, no seremos testigos en el corto plazo de una convulsión en el plano creativo, pues se optan por los “remixes”, las “apropiaciones” y las reescrituras. No es que la originalidad haya perdido la oportunidad de ser, más bien se ha renunciado a ir tras ella. O, peor aún, se tergiversa el sentido y se terminan disparando redundancias apocalípticas de corto alcance. Ante ese escenario, descorazonador y sombrío, queda la seguridad de una historia bien contada, sin fuegos de artificio y capaz de amasar la plastilina de la vida. Acaso llegó la hora de abandonar la pena de escribir sobre lo que sucede en la vida diaria, pues quizá no se cuenta con más.