La novela no termina de reconfigurarse. Por el contrario, acelera el paso de sus transformaciones. Evita la movilidad y todo funciona para sacudirla con la intención de llevarla hacia un terreno inexplorado. Los moldes anodinos se vuelven objetos de consumo desechable, apenas nutricios y jamás indispensables. La cascada de novelas parece no tener fin. Es un holograma que se reproduce de manera infinita y, según lo requiera el lector, cambia de silueta para ajustarse a las necesidades de la actualidad. Cada vez se antojan más remotas las tentativas de otras autores.

Don Julián o Terra Nostra carecerían de público en la actualidad (quizá nunca lo tuvieron), ya que sus preocupaciones eran otras: la identidad, el lenguaje, crear un objeto verbal con el cual desafiar la inteligencia de los lectores. Aquel elogio de la “literatura difícil” se aleja en el tiempo y deja paso a lo que denominan “trasparencia de estilo”, como si fuese un valor en sí mismo, lo que equivale, en esencia, a narrar una secuencia de hechos fácilmente reconstruible con una imaginación de escasa exigencia. Esta modalidad de escritura desdeña los hallazgos de Lezama Lima, Alejo Carpentier, Severo Sarduy y otros escritores dentro de la tradición del libro críptico que requiere herramientas conceptuales para su desciframiento y disfrute. La ligereza impone su falsa delicadeza y lo fácil se vuelve eje rector de la producción editorial de largo alcance.

La aspiración catedralicia de aquellas novelas contrasta con la forma de las que se publican en la actualidad. Perseguir la “eficacia” (término de naturaleza empresarial) es un objetivo a toda prueba, porque hay que preparar el libro siguiente y no se escriben solos. La antigua sonoridad del lenguaje deja de ser una preocupación. Ahora bien, si esto demerita la forma actual de la novela, o si carece de relevancia, no interesa, porque así es y los criterios editoriales de los grandes grupos se alinean con una precisión de estrellas. Sólo de pronto, en alguna editorial pequeña, es posible leer tentativas que despiertan interés por lo que podría ser el futuro de la novela. Las actuales premiaciones de los consorcios privilegian la venta fácil de títulos que, nada más retirados de la mesa de novedades, corren hacia el olvido o la guillotina.

No obstante lo anterior, encuentro que Patria o muerte (2015) de Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960), ordena un relato que intenta una mirada de conjunto al pasado reciente de Venezuela y el régimen chavista, el cual lesionó (lesiona) de gravedad el tejido social y aquella nación habita en el estrés permanente a causa de una clase política la cual, con más despotismo que participación ciudadana, elige el camino a seguir y en donde la oposición se persigue hasta el último rastro. El autor venezolano, en principio, narra la vida de un oncólogo que oscila por situaciones familiares entre el antichavismo y el culto bolivariano. Parte del enredo se teje cuando un familiar le pide que guarde un teléfono con algunas grabaciones comprometedoras del expresidente venezolano. Después, el mapa narrativo se amplifica y se incluyen otras historias para registrar la desolación provocada por el chavismo.

La elección del ocaso del dictador para hacer una aportación a la tradición literaria construida alrededor de las figuras políticas unipersonales, da un giro de tuerca no sólo por la propia personalidad de Chávez, sino porque su desaparición física se volvió un umbral para esa nación y para el resto de América Latina, pues se abrió una pinza que parecía soldada con el entusiasmo de otros países sudamericanos, trenzados alrededor del caudillo mediático. La novela logra un retrato feroz del chavismo y esto es motivo de celebración, no sólo por la cercanía histórica del régimen sino porque no deja de ser un proyecto vivo, que mutó sólo parcialmente con la muerte del caudillo, esa obsesión hispanoamericana.

La obra narrativa de Barrera Tyszka se transforma en una geografía abierta para adentrarse a la actualidad novelística en América Latina, articulada por la obsesión con el pasado reciente, la viveza que ofrece el individuo que no deja de actuar el drama comunitario e, igualmente, por el anhelo de reconstruir la forma específica de un tiempo no se detiene y además fluye caótico.