Nunca como en estos días —al menos en la historia reciente del país— había sido tan perceptible una caída en espiral que parece no tener fin. Se agudiza la crisis económica y lo mismo especialistas que autoridades del sector financiero, auguraron una caída significativa en el poder adquisitivo de los mexicanos, lo que sucedió y avanza hacia un deterioro más profundo, finalmente. Ya no es el narco, la falta de seguridad pública o corrupción en la administración pública: es una galopante pérdida del valor en la moneda que, al día de hoy, alcanza cifras escandalosas.

Si este fenómeno se debe a falta de pericia en la actuación de las instancias correspondientes, o a factores externos (el precio del petróleo, la dinámica de economías más poderosas, otros factores a nivel macro), a nadie le queda claro. Los días se transformaron en un permanente amanecer a la sorpresa. Es entendible que la economía sea tan compleja como la mística; que no sea sencillo explicar una pérdida de valor en ciertos productos; que las simplificaciones resulten perjudiciales a largo plazo y más. Pero esto genera la impresión de que sus “leyes”, a las que se tenían como invulnerables y de aplicación universal, pierden fuerza hasta la caricatura (plusvalía, la del valor, etc.) y, por lo mismo, los modelos ideados sobre sus certezas generan una pérdida de equilibrio y confianza.

En cuanto el dólar alcance los veinte pesos mexicanos, sonará una alarma para hacer un llamado a repensar hacia dónde orientar la maquinaria productiva del país. Las entidades que llevan el timón de la política económica y financiera (Banco de México y Hacienda, principalmente) deberán trazar, a partir del necesario recuento de daños, otro camino posible para hacer frente a contingencias semejantes. El país se debilita ante las economías que tienen el control sobre la circulación de los grandes flujos de capital. El mercado financiero, en algún tiempo un bastión de certeza y financiamiento, se muestra extrañado ante la imposibilidad de explicar lo que sucede o, en el peor de los casos, de ofrecer soluciones a corto plazo para detener la caída en el poder adquisitivo de la moneda. Jamás hemos tenido una moneda fuerte, pero el espectáculo de su anemia es demoledor para el bolsillo de los ciudadanos.

Nunca ha sido fácil ser vecino de los Estados Unidos, si bien ahora resulta más pesado que nunca. Se requieren soluciones a corto plazo en el país que todo se mueve a paso lento. En medio del desastre vuelven las preguntas que no se han respondido: ¿debe el Estado tener una participación más activa en el mercado? ¿O debe soltarlo al canibalismo que demuestra cada que se libera de las ataduras? Las entidades reguladoras se crean para normar la actuación de quienes asisten en calidad de inversionistas. ¿Cuándo empezamos a navegar a la deriva, al capricho de una moneda que no detendrá su avance frente a ninguna otra? El reinado actual del especialista numérico nos ha llevado a la ruina. Su devoción es el rendimiento, lejos de cualquier expresión de mesura o aspiración social. Su tendencia es acumularse a sí mismo, lo cual agrava las diferencias sociales. Puesto en libertad genera las concentraciones capitalistas usuales en perjuicio de las mayorías. Ahí estamos, ante un espectro que se materializa y logra preservar los beneficios de quienes nunca los perderán y, a un tiempo, mantener en su miseria a quienes carecen de los medios necesarios para subsistir.

La barrera de los veinte pesos se había presentido como una frontera remota, y ya es una realidad, lo que implica un alza de precios, pues el precio de algunos insumos se encuentra en proporción con el dólar. Nadie está exento de figurar en esta puesta en escena. Los ahorros terminarán por diluirse y los administradores de pensiones no generarán los rendimientos necesarios para hacer frente al detrimento de la situación financiera del país. Nuestra economía pone a la vista su debilidad frente a otras, motivo de preocupación a todos los niveles. La incertidumbre se ha vuelto el santo y seña de la sociedad mexicana. Se vuelve más difícil sobrevivir en un entorno en el cual ya no era fácil hacerlo. Siempre se puede ir hacia peor, terreno cada vez más familiar.