Si aún es posible referirse a un director de cine con el apelativo “de culto”, lejos de falsear o ceder a los excesos del entusiasmo, ese apelativo corresponde a la obra fílmica de Andrzej Zulawski (1940-2016), fallecido en días pasados.

Su filme Possession (1981) se ha vuelto una cita para quienes disfrutan las cinematografías sórdidas con figuras de primer orden. No es para menos. La actuaciones de Isabelle Adjani y Sam Neill son sobresalientes y la aparición de una perturbadora creatura informe, arroja un binomio que no se resuelve más que en las oscilaciones propias del onirismo, o en el desgajamiento del horror como posibilidad de una vida diaria anclada en la extrañeza. Pese al impacto que genera el filme, debido a su textura metafísica y endemoniada, está lejos de ser uno de los más cerebrales de Zulawski.

En otra órbita de sus preocupaciones, L’important c’est d’aimer (1975), L’Amour braque (1985) o Szamanka (1996), derivan en excesos emotivos en donde la obsesión ocupa un lugar de privilegio y detona las acciones menos esperadas. La voluntad del autor polaco por lograr un frenesí en pantalla que lo distinguiera se transformó en una búsqueda personal que lo alejó de sus contemporáneos. A la distancia, su filmografía es relativamente corta si se compara con la de algunos de sus contemporáneos, ya que no habría sido fácil obtener financiamiento para llevar a cabo sus proyectos. Se ha subrayado la influencia del cine francés en su proyecto, así como la presencia central de la mujer en cada una de sus entregas, lo que parece cierto.

La entrevista que concedió a la televisión francesa de una hora de duración — Zulawski par Zulawski — se ha vuelto necesaria para vislumbrar parte de sus preocupaciones y, en especial, sus motivos para abandonar Polonia e instalarse en Francia, en donde llevó a cabo la mayor parte de su tarea como cineasta. La persecución del régimen polaco era menos condescendiente de lo que se imagina. Zulawski se manejó con hermetismo y discreción y no era fácil que se presentara en festivales y eventos de la industria, menos aún después de la separación definitiva de Sophie Marceau.

Regreso a sus filmes porque ese sentido de la extrañeza, al que hago referencia, no es fácil de conquistar. Nadie corre ningún riesgo en el cine, al menos actualmente. Las auténticas entregas de auteur son cada vez más escasas, incluso de cineastas que llevan la batuta y sus películas son esperadas por audiencias informadas. Zulawski fue un discreto y esta elección arrinconó su labor. Esto, no obstante que lograba convocar talentos como Romy Schneider o Lambert Wilson, por entonces apenas conocido y más que nada en el teatro. Triunfa, incluso, en servirse de moldes gastados, como la película dentro de la película, ya que logra transformar el escenario en una consagración báquica de sensaciones y tonalidades nutricias (La femme publique, 1984).

El sello del cine francés —de la nouvelle vague, en especial— es marcada, como no podría ser de otro modo. Sin embargo, según pasan los años, se distancia de contratar actores improvisados y criticar a la sociedad, para concentrarse en generar tramas enloquecidas en donde todos corren en círculos mientras destruyen lo que encuentran a su paso. Es una pena que En el globo de oro (1988) haya quedado inconclusa, ya que la Trilogía Lunar de Jerzy Zulawski es un hito de la ciencia ficción y las escenas que se filmaron auguraban un título necesario.

La muerte de Zulawski nos devuelve a la pregunta que no admite una sola respuesta: ¿aún es posible el cine de autor o, al ser el cine una industria, los creadores se encuentran obligados a las concesiones del mercado? La sensación generalizada en la prensa internacional es que nos adelanta un grande, a pesar de que sus películas eran revisitadas sólo por un público con un nivel alto de exigencia. Por otra parte, la producción fílmica no se detiene y las cifras que alcanza al año, tan sólo en Hollywood, son escandalosas. La segregación de contenidos se impone ya no cómo un mero criterio de selección estética, sino como un asunto de sobrevivencia. En la mañana se produce, a mediodía se proyecta, en la tarde se pone a la venta el DVD y por la noche ya se puede visualizar en un servicio de televisión por internet.

Una de las lecciones de Zulawski, de las tantas, es que se dirige sin premura y las películas se miran idénticas porque son una ventana.