La historia admite reformulaciones por ser un hecho humano en dos sentidos, al menos: es actuada por hombres y es escrita por ellos. Hoy podría redactarse otra historia de Roma y no estaría en desigualdad de circunstancias frente a las monumentales que escribieron Gibbon o Mommsen. Es una escritura que, no obstante su aspiración de objetividad, admite un garbo de ingenio personalísimo y, por lo mismo, resulta plastificable.

Así lo estimó Svetlana Alexievich (Ucrania, 1948) al reunir voces alrededor del desastre nuclear sucedido en Chernóbil, en 1986, el cual apenas se había considerado como un despropósito más actuado por ese leviatán que fue la Unión Soviética, sin que hubiera un intento de entendimiento a fondo. Voces de Chernóbil (1997) es un acercamiento polifónico a las víctimas, muchas de las cuales murieron poco después de ofrecer su testimonio para la escritura del libro. Las autoridades rusas mostraron hermetismo con lo ocurrido —muy al estilo de ellos— y la prensa internacional se mostró perpleja. Aún faltaban tres años para que Gorbachov anunciara la perestroika y la glásnost y el desastre se atendió a puerta de cerrada, no obstante las proporciones internacionales que generó el viaje de la nube radioactiva (daños en China, Japón o Finlandia, entre otros).

La estructura coral del libro integra un testimonio múltiple a partir de los testigos y otros participantes del desastre. Este accidente, así como el de Fukushima, subraya la incapacidad humana para contener una fuerza incontrolable, como la radioactiva. Parece claro que la ciencia debe replantear sus alcances, ya que el riesgo de borrar al género humano en la persecución de la rentabilidad por encima de la sustentabilidad, es muy alto. De manera paradójica, el libro admite una lectura a partir de la ciencia ficción, en la vertiente clásica de una hecatombe de proporciones bíblicas. La secuencia de hechos sucedió tan lejos de lo habitual y mesurable, que pasaron semanas antes de sopesar la proporción del desastre. Incluso, es posible que aún se desconozca en su totalidad. Quizá no haya otro desastre similar en el siglo XX —incluido el horror de lo sucedido en los campos de concentración alemanes.

La construcción de Voces de Chernóbil, por su parte, es un ejemplo para la crónica y la narrativa de altos vuelos. De modo camaleónico, la autora rusa se ajusta al aliento, respiración y forma de hablar de aquellos a quienes encarna (soldados, amas de casa, bomberos, policías) y logra que el lector reviva con esos ojos, húmedos de llanto e impotencia, el filo de la tragedia. Así, el libro deriva en una radiografía crítica del régimen soviético, los excesos de la burocracia de Bielorrusia y, finalmente, en una elegía a los voluntarios que dieron su vida para ayudar sin saber que la muerte esperaba nada más cruzar la puerta. No hace falta conocer demasiado de química para intuir que la falla, en realidad, fue de naturaleza humana y que es necesario modular el anhelo de manipular las fuerzas de la naturaleza para elevar el confort o la amenaza del uso de la fuerza, en su vertiente nuclear. Desde sus primeras manifestaciones, la energía nuclear ha sido irresistible por su capacidad para generar energía, con lo que la falta de petróleo pasaría a segundo término. En su vertiente menos feliz, también funciona para crear armas de gran poder destructivo.

El desastre nuclear de Chernóbil es una herida que aún mana sangre y supura material radioactivo (sin metáfora). Alexievich ironiza la sed turística de occidente, que visita Prípiat y sus alrededores para experimentar lo que es un pueblo fantasma, así como los efectos perniciosos de aquella destrucción. La academia sueca otorgó a Alexievich el premio Nobel de literatura 2015 y es una de las decisiones más afortunadas de las últimas ediciones. No sólo por el hecho de ser mujer o por ejercer el periodismo, como se ha reiterado. En principio, sobresale su olfato para detectar que un hecho de enorme significación permanecía sin clarificarse desde el punto de vista escritural, y que ella podía hacer una aportación de primer orden, la cual ya se tiene a la vista.