[La novela se muestra incapaz de renunciar a sus cualidades de organismo. Sus mutaciones son tan variadas como sus aciertos. Casi podría afirmarse que se funda en cada entrega, no obstante las fallas de quien la escriba. Lo que para algunos es un naufragio, para otros es una oportunidad para entrever una forma insólita. “Actualidad de la novela” será una ventana para asomarse a la escritura actual de ese género literario. Se abre el ciclo con Isaí Moreno (Ciudad de México, 1967) autor de Pisot (1999), Adicción (2004) y El suicidio de una mariposa (2012).]

 

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—¿Cuál es el estado actual de la novela?

La novela pasa por un estado fascinante, porque el siglo XXI ya está bien encaminado y nos obliga a la pregunta: ¿qué vamos a hacer ahora? Ante nosotros se despliega un panorama borroso: lo incierto se hará nítido sólo con la misma escritura de novelas. Antes de lo que imaginemos, empezaremos a ver plasmado en ellas el espíritu de esta época. Sé que la buena novela sigue abrevando de la tradición. También que empieza a fundar una nueva. Lo interesante por ahora es ese panorama en blur, del que apenas distinguimos contornos en sus nuevas conformaciones. Para diagnosticar el estado en que se halla la novela debemos indagar si en este siglo ya nos plantea preguntas distintas a las del anterior.

 

—Su versatilidad parece ilimitada, pero ¿cuál sería un límite razonable respecto al dictum de que todo cabe en una novela?

Soy de la idea de que por más total y experimental que sea una novela, su material debe estar hecho de la misma sustancia. Conseguir esa homogeneidad en un artefacto de largo aliento es todo un arte, un arte no inclusivo, sino excluyente. La novela no es democrática para que cualquier cosa pueda entrar en ella, por más que se le desee acomodar. Pensemos en esas novelas de totalidad por excelencia como Los hermanos Karamazov, Moby Dick o La montaña mágica: en las cerca de mil páginas que tiene cada una de ellas, apenas da tiempo de explorar a cabalidad unas cuantas obsesiones. Sin embargo, el buen novelista puede volver un acontecimiento de alcance universal un hecho simple, como ir a la esquina por un café.

 

—Las series de televisión generan historias de largo aliento, no pocas de ellas con aspiraciones estéticas. ¿Cómo podría afectar/ayudar a la novela este boom televisivo?

Las mejores series que vienen a mi cabeza me han impulsado a preguntarme lo mismo. ¿Qué va a escribir un novelista después de ver True Detective, Breaking Bad, Los Soprano o The Wire? Sin duda, las series de televisión se caracterizan por conseguir un supertejido de elementos para hacer emerger un universo exponenciado. Quizá sólo Balzac ha conseguido algo semejante en la novela, y en solitario, puesto que, en su mayoría, los buenos guiones de las series se hacen en equipo, son revisados en mesas de brainstorming atendiendo siempre al hallazgo de la perfección. Ello nos lleva a la pregunta de si la novela exponenciada, herencia de una serie de televisión, será escrita desde un escritorio individual o una mesa redonda con varios autores. Notemos otra cosa: las series de televisión suelen tener una trama de largo aliento y muchas subtramas. En cada episodio se suele resolver un conflicto menor, de nivel inferior al gran conflicto narrativo de la historia completa. En literatura esto podría conducir a experimentos, en su mayoría fallidos y ya agotados, de obras donde cada capítulo es cuento o relato y leídos en conjunto hacen brotar una novela. Si deseamos que las series televisivas incidan en la creación de novelas originales y absolutas, deberemos actuar con más inteligencia.

No sé si sea verdad, pero escuché una ocasión que el fenómeno generado por Karl Ove Knausgård en Noruega, se debió en parte a que en su país las entregas de Mi lucha pudieron adquirirse en una caja con todos los tomos, a modo de temporadas de una serie.

 

—Al menos en la novelística actual en México, el realismo parece imponerse frente a los ejercicios de imaginación. ¿Es correcta esta apreciación y, de serlo, cómo podría reconfigurar nuestro panorama novelístico?

Se trata de una apreciación, en todo caso debatible. La misma ha causado roces entre varios autores. Para responder con brevedad a esto quiero mencionar a un matemático que dirigió mi formación académica. Los matemáticos discuten algo semejante a la pregunta formulada arriba. Hay matemáticas puras, que atienden al mundo platónico bello y perfecto, y matemáticas aplicadas, cuyo campo de acción es el del mundo bursátil, la industria, las ingenierías. Estas matemáticas son feas, se prostituyen, mientras las primeras rozan la plenitud de lo sublime. El debate se parece bastante al de la imaginación contra la realidad en la novela. Mi tutor decía que el buen matemático hace matemáticas serias, formales, incluso bellas, y los investigadores puros o aplicados sólo se diferencian por el ámbito del que extraen sus problemas. Eso mismo aplicaría a los novelistas.

Me cuesta imaginar el cómo de una reconfiguracion de la novelística nacional a partir de la preferencia por el realismo. En todo caso me pregunto qué pasaría si se optase por el hiperrealismo, y aquí aparece otra vez el ejemplo de Karl Ove Knausgård. ¿O qué tal si se intentase el anhelo de Flaubert, escribir una novela a partir de la nada?

 

—Se pierde aspiración experimental por acomodarse a las necesidades del lector, esto es, del mercado. ¿Cómo impacta esta elección de la mayor parte de los novelistas, si fuera el caso, a la tradición literaria mexicana?

La novela prosperó necesariamente por ser un producto del mercado. Esa fue su naturaleza a partir del siglo XIX. Walter Benjamin cuestionó en su momento que la novela pasase por la imprenta, vista ésta no sólo como un instrumento de alienación, sino por la posibilidad que daba para reproducir novelas en serie y con ello convertirse en un asunto del mercado. Mentiríamos si dijésemos que la novela no es un producto burgués, y ello lo sugiere el mismo Benjamin. Corresponde al autor elegir si piensa en las exigencias de un bloque masivo de lectores, o en aquéllos que son leales a lo que podríamos llamar una ética. En arte, ética y estética van de la mano.

Respecto a un tipo de impacto, es factible pensar que adaptarse a las necesidades de un lector caprichoso conduciría a fiascos, obras desiguales en la traza del tiempo, porque esas necesidades cambian. García Márquez, no mexicano pero afincado en México, decía que Cien años de soledad devino en un fenómeno en que los lectores demandaban un retorno a Macondo. Quizá éstos se habían creado la necesidad de más realismo mágico, o era consecuencia de un mecanismo perverso, pero García Márquez ya había cerrado ese capítulo para siempre. Sabedor de que iba a perder lectores se arriesgó a El otoño del patriarca en lugar de continuar en la magia de las mariposas amarillas. Como todo arte que se precie, es el artista auténtico quien al final logra salirse con la suya: escribir para lectores como él.

 

—El novelista tiene una libertad amplísima en su terreno de trabajo y pareciera que el lenguaje se encuentra desplazado de las preocupaciones estéticas actuales. ¿Qué tan verídica esta apreciación?

Es certera. Muchas de las novelas publicadas actualmente obedecen a la búsqueda de un tema a discutir, ideas, más que lenguaje. A Odysséas Ellytis le preocupó lo mismo en su momento: las juventudes europeas estaban anonadadas por lo que discutía Camus en sus obras, trascendental, filosófico, pero desatendían el modo en que se expresaban esas grandes verdades mediante el lenguaje: el verdadero secreto de su eficacia.

 

—Pareciera que modificar la forma de la novela ha pasado a segundo término, por debajo de construir una historia entrañable” o incluso didáctica. ¿Hacia dónde va el género?

El siglo XX llevó a su culminación experimentos de todo tipo en una búsqueda fanática de originalidad. El tiempo de la novela no es el tiempo del hombre. Para la novela, este laboratorio de experimentaciones en aras de renovarse dura el lapso de un parpadeo, aunque para nosotros haya sido un siglo. Lo que venga en nuestra época no podrá eludir ese tamiz. Narrar, por supuesto, es algo más que sólo relatar. He visto a mucha gente decantándose por el experimento porque no sabe construir bien una historia. Es muy difícil contar una buena historia. Y bien.

La novela pasó por una etapa didáctica, cuando se escribían milagros de santos y se vendían con gran éxito. Luego se descubrió que es posible narrar, también, la vida de un ciudadano de a pie, en lugar de un beato vencedor de dragones, y ese fue, posiblemente, el gran milagro de la novela.

 

—¿n es posible pensar en una novelística del compromiso?

Sí. Si el compromiso es con la moral estética del arte. Cuando éste es con una ideología, se delata de inmediato la impostura y el buen lector abandona una novela así, a menos que tenga la fuerza avasalladora (y moral) de Émile Zola, Victor Hugo, André Malraux, Albert Camus, franceses por alguna razón. Aunque están también Antonio Tabucchi y Nadine Gordimer, autores de novelas políticas sin intromisión política en sus páginas.

 

—¿Cómo inicias una novela? ¿Cuál es el proceso, si lo hay?

Trato de proveerme de una buena brújula para no perderme. Soy de ésos a los que un esquema a guisa de mapa no les sirve, incluso la estructura a priori inhibe mi capacidad para escribir. Al iniciar una novela tengo en mente lo que deseo y busco en el género. Me importa entramar sus elementos para obtener mi propio gadget de conocimiento, pues al cabo eso es la novela desde mi ángulo de visión. A últimas fechas me resulta de utilidad escribir novela como si llenase paulatinamente una cuadrícula: colocando los elementos de una historia en la coordenada correspondiente, con la sola guía de la intuición. Este método me funciona para no forzarme a escribir en consecución lineal. Creo que la linealidad también aniquila a la novela.

Adoraría ser un estilista como Carpentier, Sada o Yuri Herrera. Mi carencia me obliga a procurar, como mínimo posible, precisión en cada frase antes del punto y, algo importantísimo, que suene bien. Pretendo ser un autor de oído afinado, mismo que exijo a quienes leo.

 

—¿Cuáles son los novelistas que frecuentas, nacionales o extranjeros? ¿Cuál sería la razón?

Por el número de frecuencia, Marguerite Yourcenar. De sus obras, Memorias de Adriano es un libro oráculo: en cualquier página que se abra se hallarán sorpresas, revelaciones. Yourcenar tuvo la sabiduría para construir con perseverancia, erudición, sensibilidad, al menos dos obras maestras que le llevaron media vida. Supo apostar su única pieza verdadera, la vida, al arte de la novela, apostando a que llegaría a la edad avanzada para concretarla, o abandonarla.

Otros novelistas a los que acudo con recurrencia: Juan Rulfo, Hermann Broch, Cormac McCarthy.