Habría sido difícil predecir que la identidad, entendida como un conjunto de signos para determinar una procedencia, terminaría por ser una de las claves para entender el siglo XX. Las expectativas generadas alrededor de la masificación en el uso de la máquina, así como importantes descubrimientos científicos, auguraban un amanecer luminoso a finales del siglo XIX. Nadie habría imaginado los horrores que se avecinaban no sólo debido a las dos grandes guerras, sino igualmente por lo que se padeció después de 1945. Por lo que hace a la literatura —aunque también sucedió con otras artes—, la lengua se volvió el único equipaje posible cuando fue necesario huir de un lugar por una amenaza real e inminente.

El caso de Herta Müller (Rumania, 1953) se vuelve paradigmático. Los ensayos reunidos en El rey se inclina y mata (2003) ofrecen una panorámica para distinguir en qué momento la lengua y ciertas prácticas culturales se pueden transformar en un elemento de sobrevivencia. Es conocido que la forma específica de la dictadura rumana es uno de sus intereses principales, al igual que la disolución de la individualidad bajo el régimen comunista de Nicolae Ceausescu (1918-1989), quien murió ejecutado con su esposa después de un juicio sumarísimo. Es natural que Müller cite a Jorge Semprún para subrayar que bajo las condiciones más adversas, la lengua (y la literatura, en consecuencia) se transforma en un talismán para flotar cuando el peso de la circunstancia resulta sobrehumano.

Son ensayos que poseen el estilo encabalgado y lírico que caracteriza su narrativa, sin embargo, es posible extraer de ellos una idea central: la colectividad existe y se configura a través de una lengua, que no es un asunto de segundo orden, no obstante las fantasmagorías que genera el mercado y sus secuaces. Los textos oscilan entre la crónica, el recuerdo familiar y la narrativa y ese movimiento pendular que confirma el tratamiento libérrimo que da Müller a su escritura. No estamos ante un testamento conceptual sobre la identidad bajo el peso de una dictadura, sino ante una confesión sobre los daños causados a una vida, en este caso, la de la autora. Las ensoñaciones y el recuerdo de una infancia llena de privaciones, son leña para generar más escritura. Aún con todo, Müller no es una idealista de la palabra y revela sus temores: “A veces, lo decisivo es aquello de lo que ya no puede decirse nada, y el impulso de hablar no resulta problemático porque uno no se detiene en ello”.

No es difícil hallar el silencio como respuesta válida a un permanente amanecer a un horizonte de miseria. De todos los regímenes comunistas, el de Ceausescu ganó notoriedad debido a sus excesos. El Palacio del Parlamento Rumano es de los edificios más costosos edificados en Rumanía, a pesar de las carencias elementales de la población. La adopción de la lengua alemana por parte de Müller la obliga a meditar sobre la identidad, lo que enlaza sus preocupaciones con las de no pocos autores que se vieron obligados al exilio. Los ensayos del volumen dan firmeza a su proyecto literario, al menos respecto a la meditación sobre cómo la lengua alemana le dio cobijo después del desplazamiento.

Las desigualdades se agravan y el siglo XXI experimenta sus primeras convulsiones, lo mismo económicas que de migraciones forzosas. Los migrantes sirios y otros grupos humanos huyen de la hambruna, la falta de oportunidades y medios para subsistir. La inequitativa distribución de la riqueza obliga a pensar sobre la realidad que ya existe y pronto será el futuro. Cada uno de esos migrantes vivirá, como Müller, un proceso de adaptación cultural y lingüística. El mundo, diverso en sí mismo, se transforma desde la raíz. Los ensayos de Müller son un testimonio —doloroso, abrasivo, múltiple— de los daños que genera el ejercicio del poder público para favorecer intereses individuales. Escribe: “Escurrirse de la propia piel para caer en el vacío es exponerse del todo”.

Aparecen ollas de presión en diversas partes del mundo y no hay manera de contenerlas. Las economías desarrolladas funcionan como magnetos y la historia confirma que parte de sus riquezas se logró a través del expolio de naciones más pobres. No hay imperialismo sin una estafa al más pobre. Los foros internacionales generan más preguntas que soluciones a corto plazo y las naciones primeras no dan la espalda a estos problemas (no conviene), pero tampoco articulan una política de movilidad para integrarlos a su economía. El rey se inclina y mata, diría Müller.