[La novela se muestra incapaz de renunciar a sus cualidades de organismo. Sus mutaciones son tan variadas como sus aciertos. Casi podría afirmarse que se funda en cada entrega, no obstante las fallas de quien la escriba. Lo que para algunos es un naufragio, para otros es una oportunidad para entrever una forma insólita. “Actualidad de la novela” es una ventana para asomarse a la escritura actual de ese género literario. Omar Nieto (Puebla, 1975) es autor de Las mujeres matan mejor (2013).]

 

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―¿Cuál es el estado actual de la novela?

Como siempre: en crisis. Y así debe mantenerse. En el arte de la novela no hay formas acabadas. Cuando aparece una, emerge la disidencia. Es un género proteico: cambiar de forma o temas, de manera constante, y esto le permite sobrevivir.

 

―Su versatilidad parece ilimitada, pero ¿cuál sería un límite razonable respecto al dictum respecto a que “todo cabe en una novela”?

No creo adecuado hablar de límites en la estética posmoderna. Señalar qué temas o formas debería asumir la novela es verla todavía como producto de la modernidad, y no como experiencia posmoderna donde no existe un universo central ni una realidad única, sino una infinitud de realidades. Disfruto así Todo se desmorona de Chinua Achebe, que poco tiene que ver con los temas occidentales, que la obra de Cormac McCarthy, con su universo apocalíptico, desértico. Los que sí me aburren son los circunloquios autorreferenciales de quien reduce el Universo al drama del confort citadino.

Y eso es porque sigo entendiendo a la novela como isotopía de la transgresión y no como una expresión del Yo genérico. La novela actual tiende a ser cada vez más moral, aséptica, políticamente correcta, intrascendente. Lo real es más transgresor. Así, no me atrae la posmodernidad en su vertiente nihilista que la ha reducido a una estética del vacío y a la imposibilidad de la representación; incluso a la imposibilidad de dotar al lenguaje de algún significado. Creo en la posmodernidad como cruce de fronteras, como simulacro de géneros, como territorio de hibridación.

Cuando pienso en lo posmoderno, se me viene a la mente La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz. Si Díaz creyera que el vacío, el aburrimiento o que un ideograma puede sustituir a la palabra, entonces no habría escrito una sola línea de ese portento, una de las mejores novelas del siglo XXI. También creo en la ruralidad, pero no a la Rubín o a la Rulfo, sino como choque de fuerzas entre lo ancestral y lo global.

 

―Las series de televisión generan historias de largo aliento, no pocas de ellas con aspiraciones estéticas. ¿Cómo podría afectar/ayudar a la novela este boom televisivo?

En sus talleres, Daniel Sada decía que, en efecto, la novela tenía enormes retos en el siglo XXI. El internet, la multimedia, la televisión por cable o el cine estaban narrando mejor el mundo de lo que lo está haciendo la literatura. Sada creía que la única posibilidad de sobrevivencia era adaptarse a lectores más inteligentes, veloces y demandantes. Es curioso: lo decía alguien que creó un lenguaje propio para poder habitar el México contemporáneo. Para mí, ese es el reto. Y eso se hace asumiéndose. Nada de circunloquios, nada de novelas que arrancan en la página 70. Eso sí: lenguaje. Un lenguaje poderoso.

Si Tolstoi, Dovstoievski, Dickens, Flaubert, Dumas o Balzac crearon novelas por entregas pensando en el público de aquella época, ¿por qué la novela del nuevo milenio no iba ajustarse a un nuevo tipo de lector? Hay un error cuando se piensa en que el lector literario sólo ama la prosa. Ninguna persona instruida soslayaría aparatos narrativos como “Los Soprano” o “Breaking Bad”. El problema quizá, es que el concepto de literatura tradicional, culta, autorreferencial, está siendo desplazado de nuevo por lo popular, el periodismo narrativo, la música regional e incluso, la narrativa virtual del 7D o la tecnología del internet 360 que confinará a los seres humanos aún más a la esfera de lo privado.

En un mundo cada vez más enajenado, ¿por qué no habría de existir el hiperrealismo? ¿Qué puede aportar una novelística cuyas tramas transcurren dentro de una habitación o desde una ventana cuando el mundo entero arde en llamas? La tendencia de que las tramas literarias no refieran al mundo está empobreciendo a la novela más que enriqueciéndola. La literatura más ambiciosa nunca se ha conformado con verse solo a sí misma. No creo en los juicios absolutos, los gustos cambian según la época.

 

―Al menos en la novelística actual en México, el realismo parece imponerse frente a los ejercicios de imaginación. ¿Es correcta esta apreciación y, de serlo, cómo podría reconfigurar nuestro panorama novelístico?

Difiero totalmente. La mayor cantidad de novelas que he leído en el país intentan ser poética del vacío, narrativa del aburrimiento, soliloquio del lenguaje, refrito de la metaficción, imposibilidad de la escritura. Incluso, imaginación sin verosimilitud. Pareciera que existe de la crítica un discurso contra el realismo. Pero, en ello, no hay rigor. Es como si “realismo” significara forzosamente simple realismo mimético, cuando el realismo en literatura siempre fue representación creativa. Ni siquiera el naturalismo o el periodismo plasman trozos de la realidad, tal cual. Eso no existe. Cuando leo a Pedro Juan Gutiérrez, Emmanuel Carrère o Svetlana Alexievich, no veo “realismo”, observo tratamientos de realidad.

Quizá en México se tiene un conflicto con el realismo porque nuestra realidad es brutal, inequitativa, violenta, indeseable. Pero para un extranjero es una realidad tan descoyunturada como la pérdida de la razón misma. A veces creo que la crítica se quedó en los primeros semestres de la carrera de Letras pensando en la mímesis, a la manera griega. Gente con mayor visión sabe que cualquier representación mimética contemporánea implica la complejidad de un mundo convulso. Con respecto a la “literatura de la imaginación” debo decir que hay un abuso del término. No es casualidad que en su conferencia “Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días”, Philip K. Dick, afirmara que siempre tuvo “la esperanza de escribir novelas que plantearan la pregunta: ´¿qué es la realidad?´, para de algún modo, obtener alguna respuesta”. Ni siquiera un Borges, creador de mundos paralelos prescindió de ello. Para él, la mayor de las construcciones imaginarias no podía abandonar los conceptos de tiempo, espacio, causalidad y gravedad. Lo contrario es inasible.

Para construir lo fantástico es necesario confrontar los conceptos de “realidad” e “irrealidad”, como epistemología. Cuando un autor fantástico no entiende el primer plano difícilmente puede hacer chocar ambos conceptos. De ahí que tantos cuentos y novelas “fantásticas” nos parezcan fallidas. La razón es que el autor, rico en imaginerías, es pobre en verosimilitud, cuando ambos polos son inseparables. Las obras maestras fantásticas glosan la realidad. Incluso Los viajes de Gulliver o La Divina Comedia, en su momento, fueron sátiras o alegorías sociales, íntimamente ligadas a lo real. Lo que sucede es que en México nos manejamos mediante filias y fobias. Y hoy está de moda la fobia a todo lo que suene “real”. Y coincido: la realidad apabulla, pero de ninguna manera es una repetición platónica. Ya lo decía Foster Wallace: “Eso de que la verdad es más extraña que la ficción es un mito. En realidad son igual de extrañas las dos. Las cosas más extrañas tienden a suceder”.

 

―Se pierde aspiración experimental por acomodarse a las necesidades del “lector”, esto es, del mercado. ¿Cómo impacta esta elección de la mayor parte de los novelistas, si fuera el caso, a la tradición literaria mexicana?

No en los novelistas que me interesan. No comprendo la preocupación de que existan mercados para obras literarias. Percibo en la pregunta una idea de que vender un libro es igual a prostituirse. Pero ya no estamos en la Rusia comunista donde el Estado asumía la función de instructor del pueblo. Hoy cada quien se informa como puede. Con excepción de los grandes best sellers, el escritor literario percibe sólo el 10% de su trabajo por una obra a la que le ha dedicado años enteros. A razón de un dólar por libro vendido. ¿En qué sentido eso puede considerarse “negocio”? Si existiera tal relación (mercado=prostitución), El laberinto de la soledad de Octavio Paz sería nuestra puta mayor al ser el libro más vendido de la historia del FCE, a razón de más de un millón de ejemplares. Cuando me hablan de “mercado” pienso más en mercados simbólicos que en monetarios. Y más con tirajes de 5 mil libros para un país como México de 120 millones de personas. Seré sincero: pensar en el “mercado” en un mundo donde el capitalismo gana terreno a zancos, me parece de una completa ociosidad.

 

―El novelista tiene una libertad amplísima en su terreno de trabajo y pareciera que el lenguaje se encuentra desplazado de las preocupaciones estéticas actuales. ¿Qué tan verídica es esta apreciación?

El tema es que el lenguaje no es un asunto de solo ponerle adjetivos a sustantivos sino de crear mundos mediante la palabra. No creo en la novela sin trama o que sólo se sostenga por la prosa. Es mucho más complejo pergeñar un universo interno o externo único, aun si se emplea unas pocas palabras de un caló regional o todos los vocablos de la lengua. Para mí, el lenguaje no significa inefabilidad, sino ensanchamiento del mundo. Robbe Grillet ya intentó la novela sin trama. Insistir en ello es, me parece, no comprender la historia de la novela. Creo que el lenguaje puede construir universos vastos como en Gran Sertón: Veredas de Guimaräes Rosa.

El tipo de novela que me interesa es el de los mundos colectivos y periféricos. ¿Qué corto se quedaría un análisis lingüístico de obras como El Dios de las pequeñas cosas de la hindú Arundhati Roy o Todo se desmorona del nigeriano Chinua Achebe, difíciles casos de traducción al español. Para traducir la Biblia cristiana al igbo hubo que reunir a seis líderes de varias regiones de Nigeria para lograr una traducción estándar, pero al final ésta no “cantaba”, porque el lenguaje occidental sonaba pesado, de madera. Y eso es porque el lenguaje es importante, pero el universo al que aluden ciertos textos, más.

 

―Pareciera que modificar la forma de la novela ha pasado a segundo término, por debajo de construir una historia “entrañable” o incluso didáctica. ¿Hacia dónde va el género?

El discurso crítico contemporáneo prevé su desgaste al ubicar como únicas posibilidades, la metaficción y la autorreferencialidad, de las que el propio David Foster Wallace se burló al señalar que el relato metanarrativo “es una invención posmoderna obligatoria encaminada a llamar la atención y las emociones del pobre lector acerca del hecho de que la narración que ha adquirido…es… fabricado(a)”. En otras palabras, quizá, un juego que se ha convertido en aburrido de tanto jugarlo. He ahí la razón de los peores fracasos de la historia reciente de la novela en México. En cambio, el secreto de su longevidad en otras latitudes, sigue siendo el equilibrio entre contenido y continente.

 

―¿Aún es posible pensar en una novelística del “compromiso”?

Ya se ha dicho: el único compromiso que tiene el escritor es con su obra. El “compromiso” político por sí mismo no crea una literatura relevante, como se puede comprobar en la Antología latinoamericana de poesía de protesta en el Siglo XX, compilada por Otto-Raúl González, en la que se incluyen textos del “Che” Guevara. Hay que tener bien claro que una cosa es el activismo social de un escritor como ciudadano, y otra, su labor como novelista. Sin embargo, me pregunto si la idea de que la literatura tiene que ser nihilista, enajenada o antisocial, no es un proyecto bien definido desde las universidades y escuelas de escritura creativa estadounidenses. ¿O es que el “yo” es la única posibilidad de experimentar el mundo?

Calificar de “comprometido” a todo lo que tenga referente mimético tachándolo de “denuncia” o “periodismo”, me parece absurdo. Si fuera así, Dovstoievski, Chéjov, Dante, Faulkner o Joyce serían autores de “denuncia”. Y habría de calificar de “periodismo” a las novelas sobre el Holocausto o la Guerra Civil Española, incluida, Soldados de Salamina de Cercas. Por fortuna, el disparate es más local que universal. Por ese prejuicio, tremendas obras narrativas como Guerra en el Paraíso de Carlos Montemayor han sido olvidadas para impulsar minimalismos que nos han borrado del mundo literario hispanohablante de los últimos años. Si la literatura de la realidad es “denuncia” entonces habría que reprobar la obra de Svetlana Alexievich, de quien me queda claro, nunca habría recibido el Nobel de haber publicado en México, donde la crítica la tachó de hacer “denuncia” y “periodismo”. Así de reduccionistas somos.

 

―¿Cómo inicias una novela? ¿Cuál es el proceso, si lo hay?

Soy de lenta escritura. Procuro no escribir ni una sola línea antes de que la historia esté completa en mi cabeza. No puedo sentarme ante la “hoja en blanco” y hacer aparecer una trama que antes no existía. Tengo, como Daniel Sada, la manía de construir personajes de los que procuro conocer todo: cuáles son sus aficiones, qué les gusta o aterra, cómo vivieron sus infancias y cuáles son sus fobias. Paso meses hablando conmigo mismo, anotando en mi celular o en papelitos, epígrafes, frases o diálogos de mis personajes. Si ven un hombre en la calle anotando en su mano letras irreconocibles, ese puedo ser yo, escribiendo mi nueva novela.

 

―¿Cuáles son los novelistas que frecuentas, nacionales o extranjeros, y cuál sería la razón?

Como ya dije, estoy más interesado en la novela del “nosotros”, que de la del “yo”. Me interesa el tratamiento que cualquier narrador (o poeta) da a la violencia social como estructura del mal. Me apasionan las historias colectivas, las que atañen no solo a quien las escribe. Leo a autores que tienen en la experiencia colectiva la razón de su narrativa: Dos Passos, Faulkner, Steinbeck, McCarthy, Roth, Ford, De Lillo, Achebe, Xingjian, Algren, Carrère, Guimaräes Rosa; o bien, quienes en su periplo personal enuncian el mundo como Fante, Pedro Juan Gutiérrez, Mishima o Kawabata. El único escritor del “yo” que me interesa es Pascal Quignard, pero aun en él, sus personajes contienen la historia de la humanidad. De los latinoamericanos de hoy me atraen Junot Díaz o Paz Soldán. En México, me han marcado Garibay, Rulfo, Arreola y Toscana. Sin duda, Sada, Crosthwaite y Parra, que fueron mis maestros de taller. Me interesa Ortuño, Yuri Herrera, Mesa y Monge, cuyo narrador hiperomnisciente en El cielo árido me sugiere un giro fuera de serie. Leo a la mayor parte de mis contemporáneos, los nacidos en los años setenta y ochenta, que ya comienzan a marcar diferencia.