La fascinación del escritor francés por la literatura norteamericana se vuelve tradicional. Baudelaire leyó con atención a Edgar Allan Poe y, más recientemente, Michel Houellebecq escribió un ensayo sobre H. P. Lovecraft, mientras Emmanuel Carrère publicó una biografía novelada sobre Philip K. Dick. Los motivos son diversos aunque parten de una lectura apasionada.

Toca su turno a Frédéric Beigbeder (Neuilly-sur-Seine, 1965), “big fan of American Literature” —(escrito así: en inglés y con mayúsculas), según él mismo se califica—, quien merodea la figura vuelta legendaria de J.D. Salinger (1919-2010) en Oona y Salinger (2016), su entrega más reciente. El libro triunfa por su desparpajo y fuerza motriz para intentar una indagación sobre un segmento de la vida del autor norteamericano, durante el periodo aproximado de 1940 y 1953.

Oona O’Neill, hija de Eugene, el dramaturgo norteamericano, se enredó sentimentalmente con Salinger en la adolescencia, no obstante que los accidentes de la vida la llevaron a casarse con Charles Chaplin. Como se sabe, los hechos de vida de Salinger están rodeados de misterio y la mayor parte de lo que pueda decirse de él, casi resulta conjetural. Beigbeder se entrega a un ejercicio de imaginación en el cual capitaliza lo poco que se sabe de la pareja para novelar lo que pudo haber sido. Por su parte, la vida de Oona es igualmente difícil de explicar debido a la (no) relación con su padre, quien la abandonó durante la primera infancia, y a la que no volvió a ver debido a su vida atribulada y dispersa. Beigbeder arriesga conjeturas a lo largo del libro. Refiere, por ejemplo, que Largo viaje hacia la noche (1941) es un cuadro familiar en la que Oona debía figurar, y no aparece, lo dio al traste con cualquier posibilidad de un reencuentro entre padre e hija.

Es la primera ocasión en que Beigbeder publica una novela que no es una ligereza olvidable (El amor dura tres años); que aborde de manera parcial o explícita el mundo de la publicidad, en la que trabajó durante años (13’99 euros y Socorro, perdón, la secuela); o que, ante la posibilidad de arrojarse a construir una novela de gran calado, dilapide la oportunidad con una autoficción hilarante que no alcanza la temperatura de una denuncia social, y por lo mismo, no deriva en una reelaboración decimonónica sobre la libertad personal (Una novela francesa). Oona y Salinger es una narrativa conjetural, que él denomina “faction” (fact and fiction, hecho y ficción), y parte de una lectura obsesiva del autor norteamericano para instalarse en el segmento nada fácil de la reconstrucción con apenas elementos. Estaríamos ante una novela de imaginación, a pesar de algunos referentes externos verídicos. Es la novela de un fan que se adentra en un periodo de la vida de sus ídolos, resuelta con oficio y que, en sus líneas más logradas, amplía su galaxia novelística.

Es el propio Beigbeder quien celebra esta ausencia de elementos para la reconstrucción, y refiere que solicitó permiso a los herederos para leer una correspondencia inédita entre Oona y Salinger, mismo que le fue negado y esa resolución lo obliga al ejercicio de reconstrucción. Hechos como estos, orientan la escritura del libro hacia un terreno de sensaciones de las que no queda evidencia, pero que podrían haber sucedido y esta fisura de probabilidad germinal es una hoja en blanco para elaborar una mirada personal a la vida sentimental de una célebre pareja.

La aportación del libro, entonces, es insuficiente para los estudiosos. Es una novela que utiliza una zona de claroscuros para edificar una historia posible. Se agradece la honestidad de Beigbeder, que hace un balance de estos alcances y él mismo los cerca. El ethos de la reconstrucción figura guiado por una vivencia generacional, antes que por sacar a la luz nuevos elementos de valoración. En Último inventario antes de liquidación (2001), volumen en el que comenta “los 50 mejores libros del siglo XX” según los seis mil lectores que respondieron a una encuesta de Le Monde y la FNAC, y en el cual, no se incluyó El guardián en el centeno, Beigbeder refiere que si él hubiera armado una lista semejante, no habría olvidado a Salinger. Cada generación tiene sus amuletos y el autor norteamericano es una figura tutelar para Beigbeder y otros autores de la misma generación y de las siguientes.