[La novela se muestra incapaz de renunciar a sus cualidades de organismo. Sus mutaciones son tan variadas como sus aciertos. Casi podría afirmarse que se funda en cada entrega, no obstante las fallas de quien la escriba. Lo que para algunos es un naufragio, para otros es una oportunidad para entrever una forma insólita. “Actualidad de la novela” es una ventana para asomarse a la escritura actual de ese género literario. Karla Zárate (Ciudad de México, 1975) es autora de Rímel (2013).]

 

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―¿Cuál es el estado actual de la novela?

Han pasado cuatro siglos desde que Cervantes publicó el Quijote. Desde entonces han aparecido y siguen apareciendo cientos de obras diversas, con los más variados temas y estilos, cobijadas bajo la elástica denominación “novela”. En los últimos años, muchos críticos han querido anunciar la muerte de la novela, como si por convicción o decreto se pudiera liquidar una de las formas artísticas más ricas de la cultura universal. Parafraseando a Juan Ruiz de Alarcón, los muertos que vos matáis / gozan de buena salud.

La novela actual vive, crece, se transforma y reinventa permanentemente. Ya no cabe en una definición, porque está en constante proceso de cambio (su estado, para responder literalmente a la pregunta, es gaseoso). Hoy, la novela es un monstruo cuyas mil cabezas van tomando distintas formas cada vez que se manifiesta. Estas mutaciones la mantienen viva. No veo esa mutabilidad como algo negativo, sino como algo que la caracteriza.

 

―Su versatilidad parece ilimitada, pero ¿cuál sería un límite razonable respecto al dictum a que “todo cabe en una novela”?

No creo que existan límites en las novelas, porque ellas de algún modo reflejan la vida, y la vida de nuestro tiempo rechaza los límites impuestos. No hay temas intocables. Todo cabe en una novela siempre cuando tenga substancia. Lo más importante es que emerja a plenitud, en un chorro de géiser, la voz de las nuevas generaciones.

 

―Las series de televisión generan historias de largo aliento, no pocas de ellas con aspiraciones estéticas. ¿Cómo podría afectar/ayudar a la novela este boom televisivo?

Las series televisivas de hoy son las novelas por entregas de ayer. Aquella tradición folletinesca (cuyo campeón fue Dumas) se concentraba en tramas poderosas y condensadas, y dejaba al lector colgado de su propia curiosidad hasta una nueva entrega. Las series de hoy consiguen eso, e incluso los adictos que las ven de corrido (bingewatching) responden a ese tentador anzuelo que les dejaron los guionistas para no perder jamás su atención.

Las novelas de hoy no pueden ignorar ese fenómeno. Pueden no usar las herramientas narrativas de la televisión, pero no fingir demencia ante un nuevo género que, sin perder en calidad, ha conseguido capturar la atención de la gente de manera masiva. Al fin y al cabo, seguimos contándonos historias como lo hacíamos desde la Era de Piedra. Antes se narraban alrededor del fuego, y hoy se narran alrededor de esa nueva hoguera comunitaria llamada televisión.

 

―Al menos en la novelística actual en México, el realismo parece imponerse frente a los ejercicios de imaginación. ¿Es correcta esta apreciación y, de serlo, cómo podría reconfigurar nuestro panorama novelístico?

Desde la poética de Aristóteles se sabe que la mímesis no llega a copiar la realidad misma, sino que la recrea, y ese es el oficio del escritor. Los escritores recrean.

Mario Bellatin y Cristina Rivera Garza son un buen ejemplo de que no se está imponiendo ningún modelo realista; como ellos, otros escritores están dentro de las muchas corrientes en la novelística mexicana actual.

 

―Se pierde aspiración experimental por acomodarse a las necesidades del “lector”, esto es, del mercado. ¿Cómo impacta esta elección de la mayor parte de los novelistas, si fuera el caso, a la tradición literaria mexicana?

Al escribir, uno debe acomodarse a sí mismo. Hay referentes inevitables como el editor, el lector, las regalías, pero hay que tener cuidado de no escribir hacia afuera, para el otro, sino hacia adentro, para sí mismo. Debe importar más ser leído a que te compren, pero sería ingenuo ignorar al mercado, porque si no se atiende no se vende, y sin lectores no hay literatura.

 

―El novelista tiene una libertad amplísima en su terreno de trabajo y pareciera que el lenguaje se encuentra desplazado de las preocupaciones estéticas actuales. ¿Qué tan verídica esta apreciación?

Siempre habrá relación entre estética y lenguaje, ya que el lenguaje mismo tiene una estética. Pienso en James Joyce, en el Ulises, y la preocupación que tenía por la palabra y sus posibilidades. En su obsesión, inventó neologismos e introdujo términos en otros idiomas.Sin lenguaje no hay historia ni cultura. El escritor es una especie de titiritero que maneja las palabras a su antojo, y eso demuestra que el lenguaje no está desplazado, sino lo contrario. En la estética actual, me parece que lo importante es que el autor domine su propio lenguaje y lo haga su territorio.

 

―Pareciera que modificar la forma de la novela ha pasado a segundo término, por debajo de construir una historia “entrañable” o incluso didáctica. ¿Hacia dónde va el género?

La novela no tiene una forma estática. Bajtín dice que la novela es el único género en proceso de formación, todavía no cristalizado, y que se adapta a nuevas formas de recepción. Es un género inacabado cuyo objetivo es transmitir la experiencia humana en todas sus dimensiones, es también contar historias memorables.

 

―¿Aún es posible pensar en una novelística del “compromiso”?

El autor no debería sentirse obligado a defender o presentar concepciones ideológicas o políticas. El compromiso de un escritor es consigo mismo y su arte.

 

―¿Cómo inicias una novela? ¿Cuál es el proceso, si lo hay?

Siempre hay un proceso. Yo soy muy desordenada al empezar a escribir una novela. Si bien tengo esbozada una historia, no tengo del todo claro hacia dónde va, no la tengo trazada. Soy ese tipo de escritor “brújula” que va tanteando el terreno y guiándose, a veces, sólo por el instinto. La novela me lleva de la mano, más que yo a ella. Comienzo a escribir sin poner mucha atención en la secuencia o temporalidad, incluso mis personajes, casi como si tuvieran vida propia, son quienes se me van descubriendo. Esto tiene una trabajosa consecuencia porque luego viene el trabajo duro de “acomodarla”, y ahí es cuando sufro. Para mí, escribir una novela es como armar un rompecabezas, pero sin ver previamente la figura o imagen modelo. Mi proceso, más que nada, es una exploración sin mapa de mí misma.

 

―¿Cuáles son los novelistas que frecuentas, nacionales o extranjeros, y cuál sería la razón?

Para contestar esta pregunta de una forma más sencilla, voy a mencionar a los que se encuentran, ahora mismo, en mi cabecera. Me interesan tanto como por el placer de la lectura como por la apertura a diferentes territorios de la imaginación:

Ian McEwan.

César Aira.

Margaret Atwood.

Enrique Serna.

Clarice Lispector.

Virginia Woolf.