[La novela se muestra incapaz de renunciar a sus cualidades de organismo. Sus mutaciones son tan variadas como sus aciertos. Casi podría afirmarse que se funda en cada entrega, no obstante las fallas de quien la escriba. Lo que para algunos es un naufragio, para otros es una oportunidad para entrever una forma insólita. “Actualidad de la novela” es una ventana para asomarse a la escritura actual de ese género literario. Gabriel Rodríguez Liceaga (Ciudad de México, 1980) es autor de Balas en los ojos (2011) y El siglo de las mujeres (2012).]

 

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—¿Cuál es la actualidad de la novela?

No poseo el don de la ubicuidad, pero noto que se escriben muchas novelas. Todos los días uno se entera de que alguien publicó la suya o ganó un premio de novela. Se ha trivializado mucho esto de escribir libros. No es una cifra precisa, pero me da la impresión de que el conjunto de guionistas asalariados que unánimemente llamamos Murakami, saca tres novelas al año. Bolaño sigue escribiendo novelas desde el más allá y ahora que las editoriales grandes son todas la misma editorial, tienen que comportarse como industria y poner cada dos meses a un novelista de moda.

Si la máquina detectora de metal en los Zara Home sonara cada que pasa alguien que tiene una novela en la cabeza, visitar esas tiendas sería como viajar en un microbús  —por los timbrazos constantes, vaya—. Qué comparación tan forzada. Pensemos que Noticias del Imperio, a mi parecer la mejor novela mexicana de los últimos tiempos, fue escrita hace casi 30 años. Es decir: ayer. Ese libro nos justifica a todos los escritores mediocres que queremos formarnos en esta inmensa fila de ecos que es la literatura. Del Paso nos da aire puro a lectores y escritores de novelas. La literatura mexicana puede darse el lujo de tener escritores malones un rato largo.

 

—Su versatilidad parece ilimitada, pero ¿cuál sería un límite razonable respecto al dictum respecto a que “todo cabe en una novela”?

Pies de páginas falsos, sueños en forma de comic, poemarios metiches, recortes de periódico, guiones de comerciales de televisión, correspondencia apócrifa… ¿Todo cabe en una novela? Sí. Tan estoy de acuerdo con esa sentencia que creo que más bien los límites son los que tenga el autor. Recordemos que escribir no es sino darte cuenta cuáles son tus limitaciones emocionales, humanas, espirituales e incluso literarias. Es importante saber que no existe la originalidad. Después de, precisamente, el pecado original, no hay nada nuevo bajo el sol. Nada. Nothing.

Hay un luminoso pie de página en Rojo y Negro en el que básicamente Stendhal consigue lo que todos los que nos las damos de vanguardistas jamás lograremos. Pienso en la dedicatoria de las Memorias Póstumas de Blas Cubas. Pienso en Pabellón de Reposo de Camilo José Cela. Pienso en El loro de Flaubert de Julión Álvarez. ¡Digo, de Julian Barnes! Todos ejemplos de novelas en las que “cabe todo”. Al final, Sterne es el grito originario. ¿Es la Ilíada una novela o un poema? El conteo de las naves es la cosa más imaginativa y novedosa posible. Todo mexicano que quiera escribir novelas tiene que leer El libro vacío de Josefina Vicens, El Rey viejo de Fernando Benítez y Poemas de un oficinista de Eusebio Ruvalcaba.

Por ejemplo Una historia de la humanidad en diez capítulos y medio del antes referido Barnes es una novela hecha a base de testimonios, ensayos, relatos y hasta cuentos que se unen casi accidentalmente. Se dice que Borges jamás escribió una novela. Yo digo que sus Cuentos Completos son una novela y para como van las cosas nadie podría contradecirme. Espero ser claro.

 

Las series de televisión generan historias de largo aliento, no pocas de ellas con aspiraciones estéticas. ¿Cómo podría afectar/ayudar a la novela este boom televisivo?

Odio las series de televisión. No las consumo ni por accidente. No descarto que haya productos geniales pero la narrativa en las series casi siempre está diseñada para mantener cautivo a un público de ociosos que quieren anestesiar la vida con Dr. House o Daredevil. Cuando salió Lost estábamos todos excitados y ahora la pasan en español a las ocho de la mañana. Ese fue su destino último. Ese es el destino final de las series. Me choca la sobre intelectualización de las series, es todavía peor que la crítica de restaurantes. ¿Qué es eso que la gente está perdiendo entre temporada y temporada de su serie favorita? Oh, la juventud.

Somos parte de una generación de escritores que idean sus tramas con la convicción de que estas podrían ser filmadas. Esto nos está volviendo perezosos. Hay que asomarse a Chejov para ver la forma como narra los espacios físicos y temporales en los que sus personajes existen. Hay que aspirar a escribir cosas que no puedan ser llevadas al cine. Vaya idiotas los que quieren llevar Los detectives salvajes al cine. La literatura no es una antesala a ninguna otra disciplina artística, aunque las mesas de novedades en los aeropuertos opinen lo contrario.

 

Al menos en la novelística actual en México, el realismo parece imponerse frente a los ejercicios de imaginación, ¿es correcta esta apreciación y, de serlo, como podría reconfigurar nuestro panorama novelístico?

Yo creo que ambas están de moda, ambas son ignoradas y ninguna de las dos compite entre sí. El buscador de cabezas de Antonio Ortuño es una evidente crítica a la violencia que vivimos diario en este país pero se desarrolla en un sitio tan fantástico como el mundo de Oz. El cuento Señor de Señores de Miguel Tapia mezcla la brutalidad del narco con el compendio de imaginaria más grande de todos los tiempos: el Antiguo testamento.

 

Se pierde aspiración experimental por acomodarse a las necesidades del “lector”, esto es, del mercado. ¿Cómo impacta esta elección de la mayor parte de los novelistas, si fuera el caso, a la tradición literaria mexicana?

Es muy doloroso que las editoriales traten a los libros como si fueran productos: chicles o detergentes o vuelos redondos a Acapulco. Hay departamentos de mercadotecnia eligiendo qué se publica y qué no. Esto ha motivado que muchos autores desatiendan la historia que realmente está enterrada en sus corazones para suscribir su trabajo en lo que se está vendiendo en ese momento. Ahora bien, estas son chaquetas mentales. ¿Qué estaba de moda cuando Sergio Galindo escribió Otilia Rauda? Sabrá dios. Y la novela es intensísima, preciosa. No olvidemos que seremos juzgados por árbitros sin rostro. Las listas de los mejores diez del año son una aberración, sabremos qué libro del 2016 valió la pena y cuáles son material de bodega dentro de unos 40 años, aproximadamente. Todos seremos olvidados en vida.

 

El novelista tiene una libertad amplísima en su terreno de trabajo y pareciera que el lenguaje se encuentra desplazado de las preocupaciones estéticas actuales ¿Qué tan verídica es esta apreciación?

No estoy de acuerdo. Esta jovencita de 19 años que escribió Campeón Gabacho, Aura Xilonen, consiguió una novela muy interesante nada más rescatando en Word la forma como su abuelo hablaba. Llueve Lluvia de Ángel Trejo es un homenaje primoroso al uso del idioma más barriobajero que te puedas imaginar. Lo que pasa es que hay que tener cuidado con los escritores que abusan del clic izquierdo de la computadora. La función de sinónimos en el ordenador nos vuelve a todos vates.

 

Pareciera que modificar la forma de la novela ha pasado a segundo término por debajo de construir una historia “entrañable” o incluso didáctica. ¿Hacia dónde va el género?

Estoy de acuerdo con que necesitamos más novelistas cuyo objetivo final no sea ver su nombre en la portada con barniz y relieve, sino conmover el alma de un lector. Lo dice muy padre el mega prosista Vicente Quirarte en su obra de teatro Melville en Mazatlán: “hay que escribir de lo que duele, de manera que la herida sea tan honda que termine doliéndole a todo mundo”. Traduzco con la memoria, no es una cita literal. No sé hacia dónde va el género. Me late más escribir cuentos, ciertamente.

 

¿Aún es posible pensar en una novelística del compromiso?

Sí, pero no.

 

¿Cómo inicias una novela? ¿Cuál es el proceso?

No lo tengo tan claro. De repente, una trama me emociona y ya valí. Cuando empiezo a escribir una novela pongo todo lo que me rodea al servicio de esta. Las noticias que leo, los detalles amorosos de mi novia, las frases resplandecientes del autor a quien estoy leyendo en ese momento. Todo suma y debe incidir en el trabajo propio. Te puedo decir que si me muero antes de escribir la novela de Medusa que tengo en mente no habrá valido la pena mi paso en la Tierra. De ese libro tengo escritas: cero palabras. No estoy listo aun. De alguna manera ahora trabajo en una novela que no estaba agendada. Apareció de repente en mi wallpaper y ahora suma sesenta cuartillas. Renuncié a mi empleo para poder enfocarme en ella. Es sobre el rapero Pitbull.

 

¿Cuáles son los novelistas que frecuentas y por qué?

El hallazgo de lo que va de este año es Evelyn Waugh. El del año pasado fue John Cheever (Crónica de los Wapshot es una maldita lección de vida). El del año antes que ese fue El Gatopardo de Lampedusa. En cada una de mis sonrisas está implícito Víctor Hugo, Los trabajadores de la mar específicamente. Está en mis manos que los escritores del circuito Roma-Condesa no conozcan nunca el trabajo de Richard Wright y lo pongan de moda. Los Pichiciegos (de Fogwill), es formidable. La Plata Quemada (de Ricardo Piglia), es padrísima. No sé. Sólo he mencionado autores extranjeros. En mis otras respuestas me enfoqué en varios miembros de mi clan nacional. Agregaría El testigo de Juan Villoro. Siempre que estoy necesitado de religión leo a Stefan Zweig.