[La novela se muestra incapaz de renunciar a sus cualidades de organismo. Sus mutaciones son tan variadas como sus aciertos. Casi podría afirmarse que se funda en cada entrega, no obstante las fallas de quien la escriba. Lo que para algunos es un naufragio, para otros es una oportunidad para entrever una forma insólita. “Actualidad de la novela” es una ventana para asomarse a la escritura actual de ese género literario. Carlos Bortoni (Ciudad de México, 1979) es autor de Perro viejo y cansado (2014) y Dar las gracias no es suficiente (2015).]

 

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―¿Cuál es el estado actual de la novela?

No estoy seguro de que exista algo como el “estado actual de la novela”. Si existe, lo hace en la medida que los lectores lo construyen. Y eso es un volado porque depende de cada lector y mi punto lleva a un subjetivismo absurdo. Así que quizá convenga contradecirme y afirmar que la novela está en crisis y esto es bueno. Porque sólo estando al borde de la sinrazón se puede escribir algo que vaga la pena tantito.

Me explico, no tiene sentido escribir una novela, no cuando por todos lados se tiene la competencia perdida. La novela no tiene nada que hacer contra el cine, la televisión, las redes sociales, los dispositivos móviles, la vida en la calle, dentro de una casa o en cualquier otro lugar. Pero esto no es nuevo, la literatura nunca ha podido competir con la existencia y no tiene caso que intente hacerlo. La literatura, la novela puede hacer dos cosas y nada más: encubrir la realidad o revelarla. Es asunto de los lectores buscar lo uno o lo otro. El estado de la novela es ese: el estado de la realidad.

La particularidad en nuestros días es la híper producción, esta publicación desmedida de libros, este combate por la mesa de novedades, esta rotación de títulos que atenta contra la memoria. Es algo que afecta a los escritores, mete al novelista en una lógica donde asume su texto como una marca registrada que no puede estar mucho tiempo fuera de imaginario colectivo, que necesita mantenerse fresco en la mente de los compradores. La novela en tiempos de híper producción es una novela a la que le hace falta reposar, una novela que quizá nunca debió haber sido escrita, una novela que se escribió porque su autor no pudo renunciar a la vorágine productiva y no tuvo posibilidad de entregarse a la pereza creativa, a la postergación selectiva, al filtro de la desidia que tanta falta hace hoy en día.

 

―Su versatilidad parece ilimitada, pero ¿cuál sería un límite razonable respecto al dictum respecto a que “todo cabe en una novela”?

El límite lo impone el texto mismo. Todo cabe siempre y cuando tenga sentido dentro del universo que se está creando. Me molesta más una línea que no aporta nada a la historia, que sólo distrae, a una inserción experimental que contribuye al texto. No sé si soy claro. Da igual si el autor mete palabras a un archivo de audio a la mitad de su novela. Si la lógica del texto lo exige, al lector no le estorbará, pero si la inserción es ajena al texto, no importa si es un monosílabo o un performance que escapa de libro, al lector le va a saltar de inmediato, lo va a distraer y quizá incluso lo pierda al obligarlo a preguntarse el porqué de aquello. Todo texto es un universo y todo universo tienes reglas que deben respetarse, de lo contrario se acelera la entropía y el universo revienta. Es decir, el libro se cae de las manos del lector.

 

―Las series de televisión generan historias de largo aliento, no pocas de ellas con aspiraciones estéticas. ¿Cómo podría afectar/ayudar a la novela este boom televisivo?

La televisión tiene un discurso distinto al del texto escrito. Entendiendo texto escrito como aquel que piensa en su espectador como un sujeto que habrá de leerlo, no de escucharlo o atender a él a través de la dramatización que otros hagan del mismo. Sin embargo, la televisión suele tener la virtud de la brevedad y eso es una gran lección.

En lo personal, el sitcom ha sido un gran maestro para construir historias. La lógica de sitcom permite que uno se familiarice con una dinámica de la cual solo se tienen vistazos, instantáneas de escasos minutos que permiten crear una historia fragmentaria sin necesidad de largas descripciones ni viajes a la profundidad de las situaciones o personajes. El sitcom se acerca al teatro de Brecht, crea escenarios donde la vida acontece y en los cuales el espectador puede insertarse y colaborar. Desde luego que me refiero a cierto tipo de sitcom, no todo lo que aparece en la televisión, o muy poco de ello, cumple con esto.

Pienso en Seinfeld como paradigma.

 

―Al menos en la novelística actual en México, el realismo parece imponerse frente a los ejercicios de imaginación. ¿Es correcta esta apreciación y, de serlo, cómo podría reconfigurar nuestro panorama novelístico?

No estoy seguro de que sea el realismo lo que impera. Me parece más que somos víctimas de un realismo fantasioso. Lo que sucede con el alud de textos sobre la “realidad nacional”, sobre narcotráfico, o de “novelas históricas” es que se apuesta por una supuesta realidad periodística que justifica a priori la existencia del texto. Me parece que somos víctimas de un fantaseo sobre la realidad más que de un realismo, lo que dudo que modifique o reconfigure nuestra tradición narrativa pues son modas del mercado, en todo caso es el mercado el que la ha modificado al grado de someterla a su voluntad.

 

―Se pierde aspiración experimental por acomodarse a las necesidades del “lector”, esto es, del mercado. ¿Cómo impacta esta elección de la mayor parte de los novelistas, si fuera el caso, a la tradición literaria mexicana?

No la impacta. Las novelas escritas para satisfacer las necesidades de “lector”, como bien señalas, del mercado, son harina de otro costal, son manufacturas que tienen un grado de complejidad nada despreciable, pero manufacturas al final del día. Productos confeccionados bajo demanda, con un caso de negocio detrás de ellos que garantiza que habrán de funcionar, vender, tener un retorno de inversión que justifique el lanzamiento. Estamos hablando de un hibrido entre el producto comercial y la artesanía, pero no de literatura, no de arte.

La literatura es otra cosa y está en otro lugar. La literatura no se consume, por el contrario, es ella la que consume al lector, lo confronta y pocas veces permite que el lector salga bien librado de dicha confrontación. No sé si me explico, son cosas distintas, lógicas diferentes. Las novelas escritas desde y para el mercado están diseñadas para tener éxito, a nadie le importa que trasciendan e impacten tradición alguna. Las novelas escritas desde aquel lugar desde donde se escribe la literatura, aquel lugar que descansa en las obsesiones de algún sujeto desadaptado, se escriben como un esfuerzo por atrapar un poco de aire cuando nos estamos ahogando, como un asidero artificial que le permite al escritor resistir un poco más. Sin importar si triunfan o no.

 

―El novelista tiene una libertad amplísima en su terreno de trabajo y pareciera que el lenguaje se encuentra desplazado de las preocupaciones estéticas actuales. ¿Qué tan verídica esta apreciación?

En lo particular, estoy convencido de que menos es más, de que la frase breve, certera, es más efectiva estéticamente, si cabe el concepto, que una frase rebuscada y extensa. Jugar con el lenguaje me parece menos atractivo que reducirlo, casi eliminarlo. Resulta irónico, pero al ser el lenguaje lo único con lo que contamos, el silencio cobra una importancia extraordinaria. A diferencia de otras especies, somos incapaces de aullar e irrumpir en la nada con un sonido que haga vibrar nuestro entorno. No podemos más que recurrir al silencio, administrar las veces que violentamos la nada. El lenguaje debe priorizar los silencios sobre los sonidos. Decir solo lo que resulte absolutamente necesario, parafraseando a Ockham.

 

―Pareciera que modificar la forma de la novela ha pasado a segundo término, por debajo de construir una historia “entrañable” o incluso didáctica. ¿Hacia dónde va el género?

Sí. Los “ismos” están fuera de nuestro imaginario, quizá porque lo colectivo, lo grupal, también lo está. La idea de construir historias entrañables y didácticas me parecen un dictado de mercado. Conmover de forma maniquea, facilona. Escribir la historia de un niño que es víctima de abuso sexual y a pesar de ello consigue salir adelante, es escribir una historia que le gustará al lector incuso si no llega a leerla. Lo mismo sucede con estas historias repletas de personajes extraordinarios, personajes reales, pero minoritarios.

Temo que el género rehúye de lo cotidiano, buscando refugio en lo extraordinario. Considero que es obligación del novelista hundirse en la realidad, en lo más burdo del día a día, y regresar de ese chapoteo impregnado de ella para contar las historias que ahí acontecen. Las historias cotidianas que abundan en la calle, en los trabajos, en todas partes. Historias plagadas de gente mediana que no busca más que concluir otra jornada, terminar un día anhelando que nada suceda en él.

 

―¿Aún es posible pensar en una novelística del “compromiso”?

Jajajajaja. Es posible… sí. Todo es posible. Lo paradójico es que el “compromiso” es impensable. Vivimos en una realidad tercerizada. Un mundo que delega todo en otros. A lo mucho, el compromiso de los sujetos contemporáneos es el de cumplir con aquello que se les ha delegado. Vivimos tiempos de compromiso chapucero, compromiso buena onda, políticamente correcto. Y eso se refleja en la literatura “comprometida”. Es un compromiso que no busca incidir en la realidad, un compromiso que deja las cosas intactas y que delega las responsabilidades para que los individuos en lo general puedan mirarse sin culpa al espejo. Vaya, en un mundo deslactosado y libre de gluten, el compromiso es innocuo, se reduce a no tirar basura en la calle. El único compromiso que tiene la novela es con la novela misma, con la congruencia de la historia. Nada más.

 

―¿Cómo inicias una novela? ¿Cuál es el proceso, si lo hay?

Inicio con un escenario. El lugar donde acontecerá la historia. Estoy convencido que los sujetos son su circunstancia. Cuando lo tengo, planteo una hipótesis que habrá de estar presente a lo largo del texto, una hipótesis que puede ser o no explicita, que podrá aparecer escrita de forma reiterativa o que bien podrá nunca enunciarse. Luego busco a un personaje propio de ese escenario, un personaje que habite ese contexto, nada fuera de lugar. Entonces desarrollo un listado de situaciones que el personaje vive en el escenario, situaciones que nacen de la rutina que tiene. Nada más.

Por lo general, intento no ir más allá, no acosar al personaje fuera del contexto que he establecido para la historia. Respetar su privacidad… cosa importante en tiempos donde como espectadores estamos acostumbrados a las narrativas de los reality shows. Una vez que tengo la lista, trabajo sin orden, abordo una por una las situaciones, sin una lógica lineal detrás de ello, pensando en la primera frase con la que puedo contar cada situación. Después, busco acomodar los textos en relación con el todo de forma que tenga algo de coherencia: pero, en lo general, apuesto a que al haber trabajado un solo tema bajo una hipótesis dominante, el lector será capaz de encontrar el eje de la historia o de bridárselo él mismo, independientemente de cómo acomode los pasajes de la novela.

 

―¿Cuáles son los novelistas que frecuentas, nacionales o extranjeros, y cuál sería la razón?

Vaya. Esta es una pregunta incomoda. Cada vez leo menos literatura. Me cansa lo mediocre de nuestro panorama. Bukowski es mi gran referente, aunque hace mucho que no regreso a sus novelas. No el Bukowski briago y mujeriego, sino el Bukowski de la sentencia breve y la rutina humana. Fuera de él, disfruto de los estadounidenses del siglo XX.

Y Coetzee, quizá él sea el único autor contemporáneo con el que aún me aventuro sin miedo, a pesar de lo decepcionante que resultó intentar la lectura de “Hombre lento”. Leo a pocos autores vivos, estoy consciente de la ironía que hay en ello. Prefiero leer diarios, cartas y biografías, últimamente me atraen las biografías. La literatura contemporánea no es lo mío.

Por otro lado, no soy un buen lector. Tengo demasiados prejuicios y no suelo tomar riesgos. Cuando tomo una novela leo la primera y la última frase. Si ninguna de ellas me convence, dejo el libro. Quizá no sea el mejor de los métodos, pero a mí me funciona.