La imagen convencional del moralista es la de un neurótico que impone su credo a sangre y fuego. Torquemada ayuda a la reconstrucción de esta figura, ya que también se entregó a las felicidades de la praxis. Parte de esta certeza radica en elegir un sistema de pensamiento y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Estos sistemas son estáticos, por lo regular. Un movimiento milimétrico de la norma puede ser interpretado como falta de solidez. El moralista se apoya en un andamiaje para tocar el cielo. Producir contenidos es tan impensable como interpretar los existentes. Nada tan seguro como caminar por una vereda asfaltada. Ante la falta de certeza, debido a la muerte y la angustia consecuente, el sistema de normas es el asidero más fiable de todos los concebibles. No hay margen de error en la aplicación de aquello ratificado por la tradición o la costumbre. La fiereza de un apostolado, además, se mide por el número de feligreses integrados a la causa verdadera. El moralista es un integrista.

No sería difícil que el crítico compartiera ciertos aspectos con el moralista. La acumulación de conocimiento podría hacerle imaginar que posee el sentido auténtico de la verdad —en este caso del arte y/o sus accidentes. Es una forma particular de indigestión. Este posicionamiento no es infrecuente y abunda el engreimiento y la presunción. La tentación de la praxis es irreductible. Pero el crítico no debe integrar sino exponer un criterio fundado. Defenderlo, si fuere el caso. También aceptar que ha cometido un error. Quizá comparten la vena de compartir sus criterios sin ser invitados a ello. El crítico toma la pluma y publica una nota sobre un contenido que llamó su atención o que, imagina, contiene ciertos valores que ameritan ser conocidos. De igual manera, el moralista reparte su verdad universal a quien tenga la paciencia de escucharlo. No es difícil que el credo de un crítico pase a ser un dogma o, al menos, líneas para ser conservadas en la vitrina. Sin embargo, lo que escribe el crítico debe ser motivo de debate —incluso estas líneas que lo enuncian—, ya que de otro modo el entendimiento de los objetos se cosifica hasta quedar intransitable.

Los usos de un credo son infinitos. Dan lo mismo para quemar a una persona viva que para acciones de caridad. El crítico no puede permitirse estas bondades y, no obstante, la frontera entre su tarea y la del moralista apenas es distinguible. Tiene rigor lógico y ánimo de dialogar, pero lo vence su pasión por descubrir. En este aspecto es inquisitorial —o debería serlo. Cualquier obstáculo a la construcción de nuevos contenidos debe ser neutralizado. Aunque no se lo proponga, el crítico fluye hacia un modelo de interpretación del hecho creativo. Hay actos que no lograrán un espacio en su atención y, por tanto, quedarán lejos de sus motivaciones esenciales. No lograrán un espacio en el marco de su construcción crítica, lo cual es entendible —nadie puede leerlo todo— y hasta deseable —hacen falta críticos que se propongan el oficio y lo miren a los ojos.

El fundamentalismo es perceptible hasta en las manifestaciones más libres de la cultura pop. El discurso hegemónico se impone a través del uso controlado de los medios de comunicación. La exposición es el tesoro más apreciado en tiempos en que ya no hay un discurso esencialmente novedoso. El montaje, el collage y otras alternativas experimentales organizan lo existente e intentan dotarlo de autonomía. Una aspiración que pocas veces se logra y, no obstante, se intenta con más frecuencia que legitimidad. No es fácil escapar de estos martillazos aunque tampoco imposible. El espacio de acción del moralista se reduce más y más debido a que todos se imaginan poseedores legítimos de la libertad y la mejor manera de emplearla. En la época de la conectividad más inmediata, buscar cualquier contenido y familiarizarse con él puede tomar apenas algunos minutos. Los expertos instantáneos abundan y se reproducen con una velocidad envidiable.

Hacer la crítica de la sociedad actual nos obliga a caminar por la cuerda floja. Son demasiadas las voces, los criterios de argumentación, las vacilaciones y el sonsonete de cantina. Es tan legítimo aspirar a ser un crítico moralista como despreciarlo y optar por comentar los libros y conversar con ellos sin más objetivo que clarificar una intuición. El moralista, por su parte, se expone a la rechifla pero también a las adhesiones. El riesgo que corre quien ignore referirse a las prácticas colectivas es quedar confinado a ser un especialista. Que sabe de literatura francesa, china, rusa o guatemalteca… pero sólo eso. Al extraerlo de su coordenada preferida, tiembla ante la posibilidad de hablar de más, no ordenar el discurso y, al final, suscitar la risa discreta de los colegas.

Cualquier actividad representa un riesgo y el oftalmólogo con treinta años de práctica puede enfrentar una sintomatología que no se le había presentado. Es un asunto de probabilidades y exposición a los elementos. El caso del crítico es más riesgoso. Ignora siempre a qué se enfrenta. Es un descubrimiento permanente de nombres, autores, lugares, sucesos, referentes múltiples. ¿En qué momento, por ejemplo, se relaciona una pintura con un bailarín que escribía poemas y además actuaba en obras de teatro? El organismo del crítico no puede sucumbir ante la multiplicidad de la historia creativa, menos aún ante su presente. El moralista interesa al crítico por su descaro para presentar un modelo de conducta. Hacer listas o elaborar un canon es un acto moralista que refiere: “esto es lo que deben leer” y no, como acaso debería ser —aunque esto bien puede ser otro aullido de moralista—: “esto es lo que hallé y quizá podría interesarles porque expresa de mejor manera las aristas y claroscuros de la condición humana”. Torquemada no recomendaría la lectura de la Biblia. La lee en voz alta a quien está atado al potro, listo para ser devorado por las llamas, entre carcajadas de incredulidad.

El ejercicio moralista transcurre a todo lo largo de una vida. Al ser padres, lo ejercemos; como hijos, lo sufrimos; como alumnos, lo toleramos y como ciudadanos no queda sino cerrar la boca y obedecer a los dictados de la autoridad. Nos movemos de un lado a otro con intranquilidad porque ignoramos en qué momento seremos objeto de una corrección de parte de quien ejerce las facultades de fiscalización y control. La crítica ofrece vías de escape a la tiranía del discurso único, si bien también puede fabricarlos. Marx era un crítico implacable y nos heredó ideas para construir jaulas para otros seres humanos. Algunos expertos de la reingeniería social son partidarios de la beatificación o la condena sin apenas argumentos. De ahí que la frontera entre ambas figuras resulte tan ambigua y, a la par, tan atrayente.

La elección de un modelo crítico no está separada del ser humano que lo ejercerá. Influye la educación, la infancia, la vida que se lleva y la actividad que se realiza a diario para abastecerse de lo mínimo indispensable. Como en cualquier otra actividad humana, se instala en el epicentro esa mentalidad que habrá de ejercer los engranajes necesarios. Según se aleja en el tiempo, el moralista deja de ser una molestia producto de la pedantería sin fundamento, y termina por ser otro registro fiable de aquello que se tenía por legítimo o soez. Logra su objetivo al ser considerado una radiografía de su tiempo y no cuando algún despistado lo elige como modelo a seguir. Todo se parcializa cuando se desatan las visiones sepulcrales de un porvenir deseado. La crítica intenta conversar con el mundo aunque éste se tape los oídos dando gritos sin control. Cumple su objetivo al pronunciarse ante el escenario, cualquiera que sea. El consabido “salto” de la crítica es mostrar la historia de los afectos y asimismo sus misterios. ¿Por qué se llega a un objeto y no a otro? ¿Qué hay de particular en aquello que se valora por encima de lo demás? Las interrogantes se reproducen al igual que, esperemos, los críticos y sus lectores.