[Una conversación sobre el ensayo con Marcos Daniel Aguilar, autor de La terquedad de la esperanza (2015) y con Héctor Iván González, autor de Menos constante que el viento (2015).]

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Luis Bugarini: ¿Por qué escriben ensayo?

Héctor Iván González: Por una necesidad personal de fijar por escrito lo que pienso durante mis lecturas, así como por una búsqueda de idear una poética propia.

LB: En mi caso, he llegado a la conclusión de que ensayo para explicarme un aspecto específico de alguna lectura. Es un proceso clarificador que me permite fijar un andamio para continuar. ¿Hacia dónde? No lo sé. Parte de la aventura de ensayar —se ha dicho tanto—, es tantear para ir hacia un punto desconocido. Mi forma ideal sería plastificar un objeto definido, así sea reconocible sólo por mí.

HIG: Yo comparto con Luis la búsqueda de explicación, lo cual nos remite a la familiaridad del ensayo con la filosofía, una disciplina joven, porque no podemos olvidar que a lo que le llamamos filosofía fue practicada por pensadores que creían que hacían “Metafísica”. La filosofía se volvió la versión laica de aquella, y considero que el ensayo no está muy lejos de esta búsqueda personal.

Marcos Daniel Aguilar: El ensayo para mí es una exploración hacia lo que no conozco o hacia donde están mis lagunas. Sin embargo, son lagunas llenas de misterios y mi intuición me guía para descubrir ideas que no había imaginado. Entonces para mí el ensayo es una acumulación de preguntas que no siempre encaminan a respuestas, pero que en el trayecto hacia ellas hay un proceso creativo y de reflexión sumamente rico para el pensamiento.

LB: Hay una coincidencia, entonces, en la búsqueda personal. Sin embargo, en algún punto debe trenzarse con la experiencia colectiva. Días atrás leía a Joseph Campbell y él parte de algún acto general (digamos visitar una plaza comercial) y lo deriva hacia la misión del héroe. Quizá tenga que ver con que Campbell ya tiene un sistema predefinido de coordenadas para orientar su pensamiento. No es mi caso aún, ya que la experiencia misma de la escritura aún es el eje rector del ejercicio. ¿Cuál es su experiencia de este asunto?

HIG: A mí me recuerda esta cuestión, acerca de lo colectivo, una idea de Maurice Blanchot en L’espace littéraire, en donde se habla de que el ensayista debe ser disculpado para que una razón mayor que él se exprese (être congé). Al momento de que el ensayista se expresa encuentra un sentido transfenoménico, es decir, que habla y es entendido por sus pares. Por eso el ensayo, aunque no lo reconozca, apela a la pertinencia o a lo concluyente, el ensayista no se puede perder en un soliloquio disparatado. Por eso, como ensayista, me interesa tanto Descartes como Montaigne. Ordenar, elegir y sopesar las ideas nunca está demás en el ensayo. A veces, en los ensayos que me apasionan siento que yo podría haberlo escrito o puedo continuarlo, por la emoción de empatía que me generó.

MDA: Creo que el ensayista es capaz de hablar de lo que sea. Dice el intelectual uruguayo Carlos Real de Azúa que el ensayo es el género sin fronteras, con límites flexibles, por ello el tema colectivo o el tema particular tienen cabida en él. Recordemos cómo Montaigne podía reflexionar con la misma agudeza sobre su naturaleza individual y así trasladarse al fenómeno social. En mi caso, un sentimiento o una idea personal, la explico a través de un hecho histórico-social que me llama la atención. La historia de las ideas y de las emociones como motores de la reflexión y el cambio colectivo. Esto no me aleja de lo individual, aunque no lo evidencie. Hay una voz narrativa particular que va guiando mis ensayos de mis dudas a las respuestas que no sé si llegarán.

LB: Eso que mencionas de la “voz narrativa”, Marcos Daniel, me interesa especialmente. No es novedad en la tradición mexicana la hibridación del discurso narrativo, salvo que ahora parece normalizado, lo cual es fabuloso. El registro entretejido gana terreno frente a las tentativas monolíticas de los géneros canónicos. Sergio Pitol alcanzó líneas altísimas con ese juego, que perfeccionó hasta que las fronteras resultan imposibles de rastrear. ¿Les interesa la hibridación o prefieren utilizar la forma ensayística de una manera conservadora?

MDA: El ensayo es el género híbrido por excelencia. Alfonso Reyes no en vano llevó a sus terrenos el concepto de Centauro, tanto Liliana Weinberg como yo hemos escrito que se trata de la unión no sólo de géneros que recaen en el ensayo, sino que es la fusión de tradiciones que, al menos, los hispanoamericanos gozamos. A los hispanoamericanos, como dijo José Gaos, se nos da el ensayo porque ahí podemos arrojar nuestra larga tradición poética con reflexiones históricas y de identidad, y además, podemos aventurarnos a hacer lo que hace el mundo moderno: narrar. No es casualidad que Reyes haya formado un texto tan anómalo como Visión de Anáhuac en plena crisis de la modernidad o que Paz haya escrito ese largo poema llamado El laberinto de la soledad. Ha sido en nuestra tradición un género más libertario que conservador y yo me inclino por esos fueros. Esto me lleva a una pregunta, nuestro ensayo, ¿en qué momentos se ha visto conservador?

HIG: A mí me gusta la pregunta de Luis porque uno de los ensayos que más admiro es “Turismo aconsejable”, de Cortázar, en éste hace una panorámica de la India desde dentro. Yo acababa de leer Vislumbres de la India de Paz, y me fascinó el tratamiento diferente que le dio Cortázar, incluso añadiendo una fuerte crítica. Me atraen los ensayos que son algo más que disertaciones, como “La política y la lengua inglesa”, de Orwell. Ahora bien, respondiendo a Marcos Daniel, creo que te refieres al ensayo mexicano, aunque yo también siento al latinoamericano como propio. El ensayo es conservador en el momento que se basa en frases cajoneras, en que sabes cómo tal autor empezará (citando un coloquio en Estados Unidos, autocitándose o a un colega, o en el momento que usa frases trilladas y abusa de la fraseología). Al escribir de esa forma se mata al ensayo y su carácter de exploración.

LB: No debería entenderse al conservadurismo al que me refiero como un lastre, en exclusiva, sino como otro síntoma de su tradicionalismo. A mi modo de ver, se escribe ensayo desde una perspectiva “conservadora” al dar por hecho que es un género permeable a cualquier registro (parte de su tradición) o que se persigue el sentido a través de su ejercicio. Pensaría que, en la comodidad de imaginarlo una forma libérrima, imposible de asir, dejó de mutar, al grado de que casi cualquier pieza prosística podría ser considerada “ensayo”. Es inusual que alguien se proponga ensayar para destruir el “sentido” de un objeto en el ensayo, o incluso del propio ensayo como vehículo. Nuestros grandes libros de ensayo construyen sentido, sea el ensayo de Paz sobre Sor Juana, o Blanco sobre Vasconcelos. El conservadurismo al que me refiero deriva de que se estima que el ensayo debe “aportar” a la cultura, hacer peldaño, andamio, bisagra. Las piezas sueltas son detritus y no ameritan la atención de los especialistas.

HIG: En cierto modo, el ensayo hace historiografía, sin necesidad de presentar pruebas que lo sustenten; es una de sus virtudes, la libertad. Como pasa con los ensayos de Reyes o de Paz, sus síntesis tienen un objetivo poético, pero es ingenuo creer que ellos no buscaran una validez aunque fuese teórica o poética. Borges se parece más a ese ensayo fragmentado sobre la literatura o la cultura argentina. Hay una secuencia desde Inquisiciones hasta textos no recuperados sino hasta hace poco. A mí me atraen las summas, las síntesis, la obra total y totalizante, quizá desde ahí escribo, a sabiendas que es una ilusión. Porque a final de cuentas todo es fragmento, desde la Estética de Hegel hasta los ensayos de Benjamin son pinceladas al cuadro que crearon a la distancia temporal.

MDA: Yo creo en el ensayo como un mural de la cultura. Ya sea en gran escala o a través de la minucia que pudiera significar un cuadro de caballete. Ni uno ni otro dejan de tener su grado de complejidad y de espejo del hecho social, político y de cultura. Se ensaya libremente. Hay quienes como Luigi Amara toman a la cabellera como sino de transformación y revolución cultural; o como Ernesto Sábato, que toma el hecho político como tema totalizante para ensayar. Hay divertimentos ensayísticos como el de Pepe Alvarado sobre las escaleras o el de Torri sobre el microensayo, los cuales me entretienen y juegan con el género para cortarle sus alas intelectualizadas. Ambas posturas son válidas de extremo a extremo. El error es creer que el ensayo debe ser exclusivamente de divertimento o “creativo” o “totalizante” sobre la cultura.

HIG: O como el de Hugo Hiriart sobre las dedicatorias…

LB: La mención de Benjamin me parece fundamental. El libro de los pasajes me parece un libro iluminador desde una perspectiva primigenia. Lo exploro, de modo desordenado, intuyendo la sugerencia de un orden secreto. En esas páginas, Benjamin se detiene en apuntes sobre la moda, el cigarro, las prácticas de las costureras, aspectos de la vida social sobre los que nadie había reparado, o que debido a su aparente irrelevancia, fueron menospreciados por la clase intelectual de su tiempo. Doy a ese libro de Benjamin una función oracular, y lo reviso en su condición selvática para extraer asuntos y llevarlos a un terreno ensayístico. Cada que pienso “¿qué podría importar tal o cual asunto?”, abro esas páginas para recordarme que Benjamin no habría tenido reparos en escribir sobre los botones de la camisa. En su caso, ¿tienen algún libro talismán para orientar su escritura?

HIG: Benjamin es crucial para el ensayista y para el filósofo, porque vincula el pensamiento complejo más elaborado y, como señalas, Luis, la cotidianidad. De hecho, para mi ensayo sobre Baudelaire (“El poeta y su imagen”, en Menos constante que el viento, [Ed. Abismos]) es fundamental. Su búsqueda de la modernidad y la fantasmagoría de ésta me atrae bastante. Creo que compartiría tu entusiasmo y agregaría a Broch, pero no con el clásico Muerte de Virgilio, sino con Los sonámbulos, trilogía que incluye narración, poesía y ensayo filosófico. Entre los ensayos esta una pieza genial, “Lógica para un mundo en ruinas”, donde Broch mezcla política con filosofía, y habla de las diferentes esferas de la vida y cómo el poder desea que éstas no se mezclen. Creo que esta trilogía sacia mucho de lo que busco como lector y estimula lo que me gustaría desarrollar en la escritura.

MDA: La presencia de Benjamin para el ensayo contemporáneo es fundamental. Creo que forjó una tradición en el género de hablar sobre la Modernidad. Sobre los que entraron a ella, los que no pudieron entrar a ella. Los que entraron y se salieron de la modernidad; las consecuencias de ésta. En esta gran revolución de la modernidad se puede entender, como dice Héctor Iván, no sólo a los ensayistas, sino a los poetas y narradores, ¿por qué escribieron lo que escribieron? Hay novelas y poemas que narran este proceso pues en su interior esconden un ensayo filosófico y sobre la historia del pensamiento.

HIG: En lo personal, me siento atraído hacia el fenómeno de la modernidad, desde Baudelaire y desde Benjamin, porque representa esa búsqueda por lo nuevo en todos los contextos. Para mí no existe tal cosa como la posmodernidad porque no ha habido un auténtico cambio en el pensamiento de Occidente, se sigue persiguiendo la renovación incesantemente, los medios de producción siguen siendo lo que marca diferencias en la escala de producción y, sobre todo, las luchas de equidad social siguen, o deben seguir, en la palestra. Pero sobre todo, desde Balzac o Baudelaire, vemos la forma en que lo anticuado es abandonado incesantemente. Para Baudelaire la novedad en las emociones suscitaba, o debía suscitar, nuevas formas poéticas. Así pasa en la novela del modernism angloamericano o anglosajón, de la cual se ha abrevado en Latinoamérica. Por eso, cuando alguien repite ad nauseam que hay que experimentar o renovar me parece un tic de cantamañanas. La modernidad es una neurosis de la que no nos podremos curar, una búsqueda, a veces estéril, por ir a lo nuevo, en el arte, en la moda o en los conceptos.

LB: Entiendo. Borges decía que no había necesidad de buscar la condición de moderno, porque ya lo somos. Estar implica ser moderno. Sin embargo, no estaría de acuerdo en que no ha sucedido un cambio de paradigmas. Internet ha cambiado nuestra manera de relacionarnos con el entorno, incluido, en este caso, la escritura ensayística. Me entero que Gilles Lipovetsky ya habla de “hipermodernidad” y no puedo sino estar de acuerdo con la aproximación. La velocidad de lo que sucede nos obliga a replantear cada uno de los actos no sólo del escritor, sino del ser humano en su individualidad. En mi caso (para aterrizarlo al asunto que nos ocupa), escribo con más libertad al confirmar datos al instante que sólo recordaba vagamente. La escritura actual no queda aislada del vértigo que nos envuelve, si bien la literatura puede ser un refugio válido para guarescerse de la fugacidad más trivial.

MDA: Los ensayistas más lúcidos de nuestro tiempo, como Byung Chul Han, ya están hablando de una era fragmentada y desconfiada sin dejar de llamarle modernidad. Internet, para este coreano-alemán, significó la descolocación de valores y la inseguridad del individuo ante el ente nacional y local. Lo que dice Byung no se aleja de lo que decía Sábato a mediados del siglo XX en relación con la era de las máquinas, hoy utopía digital. Aunque la socialización ha cambiado, creo que los objetivos ideológicos que impone la modernidad no se han modificado.

HIG: Ahora leo Redes sociodigitales en México, compilado por Winocur Iparraguirre y Sánchez Martínez, me interesan algunos datos que aportan. Uno de estos datos es que la cifra de usuarios que usan redes en 2015 fue de 65 millones, en una país de 120 millones, creo que aún muestra una brecha importante. Por otro lado, considero que las redes aún no marcan esa diferencia social de la que uno no pueda prescindir. Pienso en algunos autores que admiro, ninguno usa redes sociodigitales como Facebook y uno de ellos ni siquiera tiene posibilidad de abrir su correo sin ayuda de un asistente. Sin embargo, son autores que en literatura son de los más destacados y más vigentes, me refiero a Guillermo Fadanelli –quien sí tiene twitter–, Pura López Colomé y Francisco Hernández. Creo que las nociones o las ideas con las que podemos dialogar aún están en una biblioteca, en un Chesterton, en un Orwell o en un Reyes. Quizá el tipo de ensayo que me interesa pueda prescindir de obsesionarse con lo hipermoderno y buscar algunos puntos esenciales del arte, de la cultura o de la realidad.

LB: Quizá lo que conviene subrayar, más allá de lo que cada autor asuma como un posible Geist de este tiempo, es que la permeabilidad del ensayo es asombrosa e internet modifica las formas de escribirlo. El exceso de información, por su parte, genera una sobrepoblación de escrituras en las que no es fácil orientarse. Ya no es fácil leer lo nuevo, creo, y tener la firmeza de la calidad de su manufactura. Son tiempos de relativismo radicalizado, a mi modo de ver. Siendo así, ¿hacia dónde intentar un ejercicio tan delicado como el ensayo? Es algo que me pregunto a menudo.

HIG: Personalmente, me considero un lector desconfiado, no me atrae seguir las figuras del momento, la literatura no es un producto de rápido consumo, prefiero ver muchas tradiciones, muchos tiempos a la vez. Acabo de descubrir El periodista deportivo de Richard Ford, y no tengo problema con que haya sido 30 años después de su publicación. Tampoco llegué a él por una reseña de sus nuevos libros, vamos, ni porque hubiera ejemplares con su firma en una librería, lo cual me parece lo más patético: comprar un libro ya firmado de alguien que no conoces. En fin, soy un lector que lleva su propio paso, lo cual se refleja en los temas que abordo en mis ensayos. Decía el actor Paul Newman que no hay que prestarle mucho caso a la estática, consejo que sigo a menudo. A mí me preocupa leer bien, leer despacio y leer críticamente, al menos es lo único que puedo defender ante la sobrealimentación de teorías y de neos. Creo que escribo ensayo desde el lugar de quien ama ese género y desde quien cree que el español tiene peculiaridades que no tienen otras lenguas. Estoy atento a que mi español no se contamine gramaticalmente con mis lecturas en otros idiomas, a eso presto bastante atención, porque la prosa no sólo se ve, también se escucha.

LB: ¿Podrías ampliar esa idea de la contaminación?

HIG: Proviene de una observación de la escritura como vehículo de ideas, el cual se puede alterar por la influencia de otras gramáticas u otras sintaxis. Recuerdo que a muchos compañeros de Letras Francesas, en la UNAM, les encantaba hacer o decir frases en frañol (una mezcla entre español y francés) para exhibir una suerte de abandono del idioma, como si fuera algo inconsciente. Mientras que yo trataba de redactar mis ensayos en francés teniendo muy claro que no iba seguir con esas estructuras al escribir en español. Introducir algo como “Siendo dado” (que viene de étant donné) o “Hace sentido” (proveniente del make sense) no sólo me parecía fatuo, sino que exhibía un desconocimiento del español. Siento que al ser escritor, porque no soy otra cosa, no cobro por cortar carne ni por cotizar en la Bolsa, debo conocer las íntimas rarezas de mi materia de trabajo y desarrollarlas a mi capacidad. Siempre pongo cuidado en esos detalles que hacen del español una lengua y no una traducción de otras. Una suerte de abandono.

LB: Ese punto, me parece, amerita un ensayo largo, ya que los préstamos y la posibilidad de permearse de otras tradiciones, lejos de empobrecer una literatura, le aportan nuevos elementos para nutrirse. Pienso, por ejemplo, en la obra de Juan Goytisolo o de Cabrera Infante. Por otra parte, a raíz de esta conversación, reviso el estante y me encuentro apenas con algunos volúmenes de ensayo “canónico”, por llamarle de algún modo improvisado. Abundan, eso sí, libros con notas sueltas, arrancadas a la premura de las horas, en las cuales no es posible el fingimiento o el regodeo con la erudicion. ¿Cuál sería la forma reconocible de su biblioteca ensayística, sea real o imaginada?

HIG: Ese tema da para un ensayo y para una nota en el diario personal donde diga: Una vez más me di el tiempo de pensar si alguna frase se podía decir en español o no. Hace algunos años reseñé el libro que Hernán Lara Zavala antologó de V.S. Pritchett, el crítico inglés coetáneo de E. Wilson, que se dio a la tarea de escribir de autores tan disímiles como Conrad o García Márquez. Para mí, Pritchett es un maestro porque tenía una obsesión con la claridad, igual que Orwell, Steiner o el mismo Wilson. Porque, de algún modo, creo que les interesaba esforzarse para poner en términos sencillos (que no simples) sus criterios. Reyes decía que era un lector de libros que escribía para lectores de periódicos, con lo cual da una lección de tener la cabeza muy bien amueblada, pues sabía que no hay concepto, por denso que éste sea, que no se pueda explicar al lector de a pie. El asunto es que en lo jergoso, en lo intrincado, algunos se escudan, se parapetan para mencionar cosas que no entienden ni ellos mismos. Incluso volvería a Orwell y ese ensayo al que anteriormente me he referido, “La política y la lengua inglesa”. De tal manera que mi biblioteca estaría habitada por Steiner, quien es uno de los mejores ejemplos de claridad, y que cuando no lo es en la traducción es por culpa del traductor; Reyes, desde luego por su alcance y su perspectiva, porque Reyes no era un estilo, era un pensamiento; Pritchett, ya dije por qué; Benjamin y otros muchos que tomen en cuenta que el ensayo implica cosas desde la técnica, el reconocimiento de una “punchline” (frase contundente) y un sincero respeto por el lector y por su inteligencia.

MDA: Mi biblioteca ensayística posee textos de casi todas las tradiciones. Aunque la novedad ensayística es la de menor cantidad. Los ensayistas ingleses y estadounidenses están ahí, Stevenson, Huxley, Sontag, Lopate. Pero, cómo negar a los hispanoamericanos, objeto de mis obsesiones. Creo que una columna vertebral es el espíritu de todos ellos por revelar una pregunta, una incomodidad, una curiosidad, un misterio. Venga de donde venga el ensayo, del lugar y tiempo que fuere.

LB: Entonces quedan muchas ideas para ensayar, de las cuales cada uno dará cuenta, según pase el tiempo.