Las organizaciones criminales son una constante universal. Ahí donde se decreta una norma para regular una conducta, brotan quienes dedican sus energías a idear modos de ignorarla o, en su defecto, a lucrar con su “cumplimiento”. El ingenio humano se antoja infinito cuando se trata de cuestionar los mecanismos de la ley. Debido a su capacidad para adaptarse a cualquier medio, la mafia italiana ha ganado renombre al punto de considerarse una de las más “exitosas” desde el punto de vista de sobrevivencia y longevidad. En especial, la siciliana se ha convertido en un modelo a seguir por la solidez en el modelo de negocio (llamémoslo de algún modo), y por lo que D. Gambetta denominó “el negocio de la protección privada” (Cfr. La mafia siciliana, FCE, 2007).

El cine y la televisión han hecho una aportación significativa en este proceso de popularización. Las tres películas de El padrino se volvieron un punto de referencia para la estilización del crimen como una forma de vida. No obstante lo anterior, las acciones criminales de la mafia italiana en cualquiera de sus tres vertientes más sólidas —Cosa Nostra (Sicilia), Camorra (Campania) y ‘Ndrangheta (Calabria)—, cuestan a Italia millones de euros, gastados lo mismo en reforzar el aparato del Estado y evitar la corrupción de sus funcionarios, que en acciones para debilitar un sistema delictivo que orbita alrededor de la extorsión, prostitución, tráfico de drogas y el juego ilegal, además del consecuente lavado de dinero.

Por su parte, la aparición reiterada de la mafia en el cine ha trivializado su naturaleza de lastre social y económico, al grado de romantizarla. Italia, Estados Unidos y ahora ya otros países, europeos y americanos, libran costosas batallas legales para diezmar a estas organizaciones, que carcomen a las naciones que las padecen. La idealización de los “mafiosi” es un legado del cine de Hollywood en especial y esto ha percudido la percepción que se tiene de los italianos fuera de Italia. Maria Laurino (tercera generación de italoamericanos, nacida en New Jersey) hace un análisis de este fenómeno, a partir de los estudios culturales, en The Italian-Americans (W. W. Norton & Company, 2014), libro que acompaña a la serie de cuatro episodios producido por PBS, dirigida por John Di Maggio. Laurino ha dedicado parte de su labor como periodista y escritora a rastrear el legado de los italianos que llegaron a Estados Unidos, así como a diezmar los clichés respecto a la identidad, uno de ellos: la mafia. Este cáncer deja huellas en el tejido social y se presenta como una hidra de mil cabezas, imposible de controlar por cualquier medio imaginable. La indignación ante el asesinato del juez Giovanni Falcone, en 1992, muerto en una detonación de explosivos colocados debajo la autopista que lleva al aeropuerto de Palermo, aún se recuerda como un hito respecto a la presencia de la mafia en los asuntos de Italia. Falcone había dedicado parte de su vida a luchar contra la mafia y su homicidio fue un mensaje para las autoridades.

Laurino hace un relato de la llegada de los italianos a Estados Unidos, en una época en la que no fueron bien recibidos. Años más tarde, los hechos de la segunda guerra mundial harían de ellos el enemigo número uno debido a las acciones militares de Mussolini. Así que el proceso de adaptación no fue fácil. El país de la diversidad ética no se construyó en una noche. El libro hace un recuento de sus aportaciones a la cultura norteamericana, como la música popular o la cinematografía. La divinización de la mafia es un hecho colectivo y no es difícil entender su magnetismo. Ante situaciones extremas (perder la vida o la libertad), el ser humano reacciona de modos inesperados y no es inusual poner a prueba la amistad, lealtad o astucia que se exige para formar parte de una organización delictiva.

La lista de libros sobre la identidad italiana fuera de Italia, crece. Sin embargo, Laurino destaca por su claridad para subrayar las virtudes, lo mismo que para condenar el provincialismo y raigambre a ultranza. Si la mafia es un asunto que es inherente al “ser italiano” no se resuelve fácil. El propio Luigi Barzini Jr. (1908-1984) en su libro The Italians (1964), dedica un capítulo entero a este fenómeno: “Sicily and the mafia”. Libro que lleva un subtítulo ambicioso: “A Full-Length Portrait Featuring Their Manners and Morals”.

En la necesaria puesta a la vista de la mafia como centro desestabilizador de las sociedades que la padecen, Mafia export de Francesco Forgione (Catanzaro, 1960) ofrece un análisis pormenorizado del fenómeno, en especial a partir de un seguimiento puntual a la Cosa Nostra, la Camorra (Campania) y la ‘Ndrangheta. La tesis de Forgione, soportada con datos duros, es que estas organizaciones han ampliado su perímetro de acción al resto del mundo, porque la globalización del crimen ha existido antes incluso de aquella promovida por las multinacionales. El contrabando es uno de los delitos más viejos del mundo. Por otra parte, la necesidad mundial de los estupefacientes, obliga a que la circulación jamás se interrumpa: el dinero no tiene nacionalidad. No hay divisa que no pueda ser convertida en verdes, eventualmente. Siempre habrá quien esté dispuesto a pagar por productos que no se consiguen en el mercado local.

En el caso norteamericano, las acciones de las “Cinco Familias” de Nueva York —Bonanno, Colombo, Gambino, Genovese y Lucchese—han contribuido en gran medida al imaginario de Hollywood. El asesinato de Paul Castellano, por órdenes de John Gotti en coordinación con Sammy “the bull” Gravano, llevó a los gambino a ser venerados hasta el ridículo.

La última entrega de ese proceso mediatizante sin límites es Mob wives, serial televisivo en donde participan en un formato de reality show, entre otras: Renee Graziano, hija de Anthony Graziano (cumpliendo sentencia) y Karen Gravano, hija de Sammy (cumpliendo sentencia), uno de los mafiosos más conocidos debido a que aceptó un trato de las autoridades federales para delatar y, con ello, acceder al “Witness protection program”, lo que resultó en la caída de John Gotti y de su primera línea de mando.

La serie de programas se transmite por VH1, propiedad de Viacom Music and Entertainment Group, y trata sobre el impacto del encarcelamiento en las familias de los individuos en prisión. Asimismo, de cómo su modo de vida no puede ser como el de los demás. Relacionarse con un individuo que pertenece a la mafia se vuelve una marca. Laurino se manifiesta en contra de lo que se presenta en Mob wives yaque, al igual que Jersey Shore y otros programas sobre descendientes de italianos en Estados Unidos, no hace sino ayudar en la satanización del fenómeno antes que a sopesar una posible aportación cultural. Cita una prevención social, muy extendida: “¿Tiene dinero? ¿Es italiano? Mafia…”

Difícil no estar de acuerdo con Laurino, ya que Mob wives, como la mayoría de los reality show, termina en una secuencia de excesos. Uno a uno, los capítulos presentan situaciones ridículas que, debido al grado de esmero en la producción de televisión norteamericana actual, da la impresión de que tienen un cuerpo narrativo, pero esto no es así. La capacidad trivializadora de la televisión carece de límites. Al lado del cerro de muertos que cada año se contabiliza como resultado del crimen organizado, las productoras de televisión escarban cada vez más profundo. Todo es comercializable y todo puede hallar un espectador. No hay un show lo suficientemente bizarro como para no generar audiencia.

Mob wives ha generado spin offs, como la versión de Chicago o Miami Monkey. Es claro que esta no es ni será la primera vez que la vida criminal se transforma en un producto para consumo masivo. La vida al margen tiene el atractivo de la exclusividad y el peligro, ambos tan lejos de la vida actual. Empero, aquí el factor identitario juega un factor clave, pues el énfasis sobre Italia y sus usos se impone con carácter hegemónico. La identificación entre ese modo de vida y el que cualquier otro descendiente de italianos, se asimila de manera natural, lo que implicaría una criminalización de un sector de la sociedad por el solo hecho de ser originario de un lugar.

Así que el escenario de ruinas que deja la mafia cada año en algunos países del mundo (no sólo en Italia), se compensa con la felicidad de atestiguar en televisión cómo Karen Gravano escribe sus memorias de infancia, en donde uno de los hombres más repudiados por haber sido un delator (“rat”), tiene un lugar de privilegio; además de peleas en el bar, confesiones de infidelidad y otras perlas que enganchan al televidente al asiento. Triste consuelo mientras lo demás se consume entre las llamas.