La dimensión moral de la literatura compete más al sociólogo que al crítico, al historiador de las ideas que al lector ocasional, si bien no puede ignorarse como producto humano destinado a motivar pautas de comportamiento. El siglo XX fue próspero en vanguardias e innovadoras modalidades para generar discursividad, pero ninguna concluye tan necesaria de ser preservada como la denominada “literatura concentracionaria”, esto es, aquella que se produjo para dar testimonio de la experiencia en los campos de concentración alemanes, escrita por protagonistas de primera mano.

En esa constelación de escrituras, pocas resultan tan próximas como la de Jorge Semprún (1923-2011), quien en libros autobiográficos como La escritura o la vida (1994) o Viviré con su nombré, morirá con el mío (2001), relató con franqueza y sin intenciones de agregar hechos negativos a los alemanes (ya no era necesario), el cúmulo de infamias a que era sometida la población de los campos para lograr su exterminación en el menor tiempo posible, con la menor cantidad de recursos. Aritmética del horror al servicio de la muerte. Nadie como Semprún encarna la trayectoria del intelectual de izquierda en el siglo XX. Desde aquella militancia temprana que lo lleva a militar en el Partido Comunista, pasando por la clandestinidad que debió padecer, hasta llegar a la estadía en los campos para, finalmente, reintegrarse a la sociedad española como parte del gabinete de Felipe González, como Ministro de Cultura.

Cinco años después de su muerte, se imprime Ejercicios de supervivencia (2016), dos fragmentos de prosa en los cuales vuelve a los días de los campos para detenerse, de manera especial, en meditaciones respecto al uso de la tortura para deshumanizar a través del dolor. ¿Cuánto sufrimiento soporta un hombre antes de caer hecho un bulto? ¿Es posible la lealtad o la persecución de ideales, cuando el cuerpo es implosionado hasta estallar? Mucho se criticó a Semprún la incapacidad de escribir fuera de la experiencia concentracionaria, ya que su obra orbita alrededor de esa experiencia, pero esta consideración es parcial. En sus primeras entregas, por ejemplo Autobiografía de Federico Sánchez (1977) o Netchaiev ha vuelto (1987), la posibilidad de derribar un régimen y construir un orden nuevo, sirve como materia novelística y la épica de la evasión adquiere una dimensión central. ¿Por qué importaría vivir si no fuera para mejorar las condiciones materiales de vida de los demás? Su obra es una forma abreviada de la experiencia secular orientada a la construcción de la utopía. En sus páginas duerme entero el siglo XX, listo para ser descubierto por las nuevas generaciones para quienes “pasar a la clandestinidad” implica borrar sus cuentas de las redes sociales o peor: utilizar un seudónimo para actuar con impunidad.

En estos Ejercicios de supervivencia, el Semprún más próximo, abre la gaveta para recoger aspectos que no figuran en sus pasados libros. Y, nuevamente, la experiencia termina desgarradora. Pareciera que no hay otra manera de acercarse a aquellos días amoratados, violentos e inexplicables, como no sea a través del registro de acciones infamantes. La romantización del espionaje que sucedería a partir de la década de los sesenta, en los días de Semprún significaba la vida o la muerte, en verdad. Un mal informe, un sesgo malinterpretado, un beso dado en la mejilla equivocada, podría tener consecuencias fatales para familias enteras. El actual París, centro del turismo infinito, igualmente fue una ciudad sombría de cafés y esquinas humeantes, en donde se tramaban atentados, explosiones y redadas.

El abismo de la experiencia de los campos revela que es más hondo de lo estimado. La muerte de los sobrevivientes no será el cierre de la reflexión, sino un inicio diferente a partir de otra perspectiva de tiempo y distancia. Si la sobrevivencia es un ejercicio, Semprún se revela cálido aunque astilloso. Pasa de largo ante el fárrago porque las expresiones del dolor se rehúsan al retruécano. Acaso por esto sus libros resultan translúcidos a la primera vista, a diferencia de lo que sucede con otros autores de literatura concentracionaria —con excepción de Primo Levi.