—¿Cuál es el estado actual de la novela?

Creo que después de la discusión que se gestó a raíz de la afirmación de Roland Barthes sobre la muerte del autor, la narrativa ha tomado un rumbo que justo regresa a darle un lugar al autor, tanto que desde hace poco más de una década, la autoficción es uno de los formatos que mayor auge ha tenido, esto de la mano de exponentes grandiosos como A.M. Homes, Emmanuel Carrére, Javier Cercas o el propio Julián Herbert.

Si bien el concepto de autoficción se acuñó a finales de los setenta, lo cierto es que hay un gran número de escritores que hacen uso de esta herramienta literaria en la actualidad. La verosimilitud y el éxito radica, creo, en qué tanto de lo contado puede ser realmente parte de la vida del autor; qué tanto de eso es confesado al oído como si ese lector fuera único testigo de tales secretos. Qué tanto de la trama sería parte de lo que publica en las redes sociales ese escritor (que aunque no pertenece a mi círculo social, me hace pensar que somos amigos).

Creo que la literatura y la filosofía están aparejadas mucho más de lo que nos gusta aceptar y que esta tendencia de la autoficción tiene mucho que ver con el surgimiento del nuevo realismo, corriente filosófica abanderada por Markus Gabriel en donde, como él menciona: todo existe menos el mundo, todo —inclusive— el autor.

 

—Su versatilidad parece ilimitada, pero ¿cuál sería un límite razonable respecto al dictum respecto a que “todo cabe en una novela”?

No todo cabe en una novela. Las novelas dictan su ritmo, lo mismo que su extensión. Uno no se imagina que El túnel de Sábato puede ser un novelón a la Tolstoi porque el inicio es muy claro:
“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”. No veo cómo una premisa así pueda durar cientos de hojas. Lo mismo, por ejemplo, pienso en Los cien días de Joseph Roth, novela que trata sobre los últimos cien días de Napoleón en el trono.

Sabemos históricamente que el tipo fue un rompeculos y que hizo y deshizo al por mayor, pero ¿cabe todo ese anecdotario en una novela? La verdad es que no y creo que si Roth hubiese tomado toda la información que existe sobre las hazañas, los TOC y las aventuras amorosas del gobernante francés, muy probablemente uno dejaría el libro en las primeras treinta páginas mientras piensa que es más fácil ver que Jean-Claude Van Damme haga un padebure en su anuncio de Volvo a que un solo hombre haya tenido una vida taaaan (sic) compleja como la de Napoleón.

 

—Las series de televisión generan historias de largo aliento, no pocas de ellas con aspiraciones estéticas. ¿Cómo podría afectar/ayudar a la novela este boom televisivo?

Creo que las series de televisión tienen una gran conversación no sólo con la literatura, sino con el comic o la filosofía. Hoy se tocan temas extremadamente ajenos a lo que se consideraba apto para la tele como lo son las drogas sagradas o las costumbres religiosas de, digamos, los mormones. Ahora bien, no sé si las series afectan o ayudan directamente a las novelas.

Me gusta pensar en Pizzolato y su mediana Galvestone. True Detective o The Killing no dejan de ser grandiosas, a pesar de que su guionista no es lo que califica como un gran narrador. Pienso que moverse de un formato a otro es más un desdoblamiento del propio artista, una necesidad, que una influencia directa entre narrativa y guión. Recuerdo a Dexter y su primer temporada basada en una novela que no está nada mal y cómo la trama se fue deteroriando hasta que la serie se volvió insufrible, o Games of Thrones y su nueva temporada: nueva, nuevísima para geeks y para quienes no lo somos porque nada de lo que acontece actualmente ha sido plasmado en un libro. Creo que narrativa y guionismo son, otra vez, performativas literarias que muchas veces se despegan una de otra hasta casi hacerse ajenas.

 

—Al menos en la novelística actual en México, el realismo parece imponerse frente a los ejercicios de imaginación. ¿Es correcta esta apreciación y, de serlo, cómo podría reconfigurar nuestro panorama novelístico?

Espero que el realismo no se imponga como tema en la novelística mexicana. Supongo que hay autores que aspiran a tratar grandes temáticas y asuntos espinozos como Ayotzinapa o la devaluación del dólar. Bien por ellos. Lo único que espero es que esos tratamientos nunca más se aparejen a las florituras propias, por ejemplo, del realismo mágico, porque entonces sí habré perdido la fe en cuanto a lo que la escritura es capaz de lograr.

No deseo que se vuelva a escribir otro Cien años de soledad; la original, gestada en esa época y bajo ese contexto fue necesaria para sacudir el mundo, ahora hay que explorar otras formas, otros puertos. Al respecto de los grandes temas, no tengo las herramientas ni el afán de hacerlos parte de mi escritura; no me interesan las imágenes de una realidad verificable, sino las de las pequeñas cosas; lo intrascendente y nimio de la vida.

 

—Se pierde aspiración experimental por acomodarse a las necesidades del “lector”, esto es, del mercado. ¿Cómo impacta esta elección de la mayor parte de los novelistas, si fuera el caso, a la tradición literaria mexicana?

Cuando un corpus se circunscribe a las necesidades del mercado, en la mayoría de los casos, se producen novelas que no tienen ninguna trascendencia. Ahí están el montón de premios con tirajes obscenos que terminan en el remate de libros del Auditorio. Creo que un autor debe escribir lo que le venga en gana, se ajuste a lo que dicta el mercado o no. Y si a las grandes editoriales no les interesa tu trabajo, a la mierda que para eso están las independientes. Si a ellas tampoco les interesa tu temática, no hay que caer en pánico: Don José Revueltas publicó casi toda su obra en ediciones de autor pagadas por sus amigochos.

 

—El novelista tiene una libertad amplísima en su terreno de trabajo y pareciera que el lenguaje se encuentra desplazado de las preocupaciones estéticas actuales. ¿Qué tan verídica esta apreciación?

Sin duda, la novela tiene un margen muy amplio de acción. Puede hacer uso de los distintos géneros y subgéneros literarios para hilar la trama; intervienen paratextos, metatextos, epitextos, etcétera, etcétera, etcétera. Sin embargo, no creo que el lenguaje esté desplazado de la estética, de hecho, me parece quelos hallazgos o el discurso del escritor suelen tener repercusiones en el modo como la realidad es percibida y vivida, lo cual no significa que esa exploración le vaya a gustar a los demás.

Recordemos el recibimiento que tuvo Altazor o Naranja Mecánica y lo que hoy significan para la literatura mundial. Claro que también podemos pensar en algunos textos de la llamada literatura norteña, que apuestan por una búsqueda estética desde el lenguaje (dicen), y que en lo absoluto me gustan. En resumen, lenguaje y estética son filos de una misma navaja.

 

—Pareciera que modificar la forma de la novela ha pasado a segundo término, por debajo de construir una historia “entrañable” o incluso didáctica. ¿Hacia dónde va el género?

No tengo la más remota idea de hacia dónde va la novela. Sé que hay temas inevitables: las relaciones humanas y las redes sociales, la migración, las crisis económicas de corte mundial, la reconfiguración del concepto binomial hombre-mujer. Sin embargo, estoy convencida de que los buenos escritores, o por lo menos los que yo admiro, no están en la búsqueda de una historia, ante todo, “entrañable”. Ahí está Houllebecq y su detestable personaje-escritor que, cada vez y con más ahínco (a la Lars Von Trier), busca un tema polémico tras otro. Se tenga o no la pretensión de que te partan la cara cada vez que apareces en público, lo cierto es que no veo motivo suficiente para supeditar una obra a una intensión didáctica.

 

—¿Aún es posible pensar en una novelística del “compromiso”?

Supongo que hay un cúmulo de escritores interesados en la denuncia, en esa premisa que dicta que todo arte es político, que la escritura es un artefacto y un vehículo para cambiar al mundo. Y supongo que está bien que existan… supongo.

 

—¿Cómo inicias una novela? ¿Cuál es el proceso, si lo hay?

La verdad es que soy una persona muy desordenada en cuanto el inicio de una obra. Ahorita tengo empezados, al mismo tiempo, dos ensayos, un poema de largo aliento y una obra de teatro. Estoy dedicándole más tiempo al poema. Por supuesto, jamás he escrito uno y no me auguro un gran futuro en ese subgénero, pero ¡qué más da!

 

—¿Cuáles son los novelistas que frecuentas, nacionales o extranjeros, y cuál sería la razón?

Me encanta la generación de Medio Siglo, sobre todo, Juan García Ponce. El desencanto y la violencia de Joyce Carol Oates, lo etéreo y sobrehumano de Carson McCuller, lo descarnado de A.M. Homes. Me fascina ese trío de franceses hiperoccidentalizados al estilo gringo: Carrére, Houllebecq y Beigebeder. Pero, por el momento, estoy leyendo mucha poesía. En fin, lo que hace el amor.