Al cumplir veinte años, en una celebración insólita, me hice un primer tatuaje. Hablo del año 1998 y los vaticinios me auguraban la imposibilidad virtual de obtener un empleo, ya que sólo se tatuaban los “criminales” —en su acepción más amplia para contener a toda categoría de lo ruin—, y la “peor gente”, lo que sea que esto signifique, según el contexto familiar o social. Aún con todo me lo hice y no ha sucedido una sola vez en que me mire en el espejo y quiera regresar el tiempo para no hacérmelo, o para buscar algún dermatólogo experto en técnicas de abrasión para removerlo. Sería el primero de varios que me haría.

La normalización del tatuaje es un hecho incontrovertible en la sociedad mexicana, lo cual refiere un avance hacia la modernización de un país de rostro grave, próximo a las prácticas rígidas del catolicismo más rancio, en donde la tensión social se encarna en la escasa circulación entre sus clases sociales. Se ha vuelto más común encontrar personas con marcas en la piel, entre ellas, los tatuajes, coloridos y envidiables. Las leyes contra la discriminación marcaron un hito en esta relación de elecciones respecto al propio cuerpo, y ya no es fácil desechar a la fuerza laboral que eligió insertarse tinta en la piel como medio de expresión o, sencillamente, como una forma decorativa.

Camino en la plaza comercial y me encuentro con una marca trasnacional de tenis para correr que contrata a modelos tatuados para su campaña publicitaria, lo cual no había sucedido. Es la época en que los hombres y mujeres de la ultramodernidad cuidan su cuerpo, se alimentan con una dieta balanceada y acuden al gimnasio y, entre otras elecciones vitales, optan por marcar su cuerpo. Organismo biológico que, por lo demás, es suyo y los contiene, lo habitan con la fugacidad del espacio de una vida y, por lo mismo, lo atesoran hasta el punto de personalizarlo con un diseño elegido debido a las circunstancias más diversas, que no tienen siquiera que ser “importantes”. Ya no es necesario inventar una historia de tres generaciones para explicar por qué se eligió un diseño a quienes no los tienen o aprecian, bendito dios. Basta con decir “porque me gustó” o “porque es mi cuerpo” para escapar del trance; o no responder nada y pasar de largo ante la posibilidad de exponerse a los perjuicios que persisten en ciertos sectores de la sociedad.

Además del anuncio al que hago referencia, en el café de una plaza comercial, de cadena multinacional, una chica con “rastas”, perforaciones y tatuajes, prepara mi bebida y me desea un buen día, lo cual no deja de asombrarme y parece maravilloso. (Imagino que esto ya es la normalidad, pero no siempre fue así y es necesario subrayarlo). En otra órbita de acciones en la misma frecuencia, modelos, futbolistas y actrices se tatúan como una forma de apropiarse de su cuerpo. Imposible negar que esto impacta la mentalidad del grueso de la población, que mira a estas personas como una forma idealizada de vida a imitar.

Felizmente, el tatuaje abandona su condición como subproducto del rock y de los marineros para instalarse como una práctica decorativa, al igual que lo es en diferentes culturas milenarias, como sucede en la japonesa o con los maoríes de Nueva Zelanda. En una sociedad que se aleja de la espiritualidad socializada, el ritualismo primitivo o la meditación zen se imponen como una manera de religiosidad unipersonal, lejos de la verticalidad o las organizaciones piramidales. Ahí cabe el tatuaje como forma de expresión irrefutable. Una persona tatuada observa con mayor atención la piel de los otros. Se vuelve un punto de encuentro, antes que un motivo para quitar la mirada y las personas que no los aprueban o no los desean en su cuerpo (la distancia entre ambos es abismal), se alejan de la condena y esta elección pasa a ser como cualquier otra: utilizar un labial carmesí, pantalones de mezclilla o una gorra aunque no haya sol.

En este camino hacia la normalización, la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) emite disposiciones de control para que el riesgo de enfermedades contagiosas se disminuya al máximo. La regulación ayuda a normalizar una situación de facto que puede tener impacto negativo en la población, como es el caso de los tatuajes. Si una persona debe o no tatuarse es una elección que debe meditarse debido a las consecuencias a largo plazo, sin embargo, las nuevas generaciones batallarán menos contra los estigmas del pasado, que se desvanecen a causa de la democratización de esta práctica decorativa.