Por la cruda sátira a la vida que transcurre en las oficinas, diera la impresión que es un modo de organización que se inaugura con el siglo, no obstante su longevidad. La clase social que carece de los medios de producción, en el seno de la teoría marxista más ortodoxa, empeña su fuerza de trabajo (lo que dure) para garantizar su subsistencia con un mínimo de dignidad. La clase media se ha estabilizado para confirmar que el capitalismo es generoso con quienes ayudan a prolongar su agonía. El “clasemediero” accede a los beneficios de la seguridad social y otras prebendas para olvidar que heredó y heredará su falta de medios de producción. Melville utilizó la oficina como escenario de Bartleby (1853) y Kafka en narraciones cortas. Así que el fenómeno está lejos de ser reciente.

Robert Walser (1878-1953) conoció las labores de la oficina y entendió que no podría escapar de ellas. En Desde la oficina (2016), se agruparon textos en los que aborda la vida del “oficinista” (como si fuese una especie diferente al ser humano), y que van de la ironía más enérgica a la compasión más irremediable. Hay ternura en el oficinista, en su aceptación de su destino miserable, al igual que rabia por su incapacidad para modificar el estado de cosas. El volumen confirma que no poca de la escritura walseriana se generó mientras su autor fingía interés en los papeles de un trabajo, cualquiera que haya sido. La pobreza impone un modo de vida —nadie lo niega—, pero no estorba al intentar una salida a la locura de estar encerrado en calidad de ser otro tornillo de una maquinaria que nunca se detiene.

Las burlas al actual “godinez” (para mala fortuna de quien así se apellida, en la realidad) no hacen sino consolidar el autoescarnio dirigido contra la fatalidad. Sin esto, los días serían más negros, lo cual, sin embargo, no debe ser leído como una justificación para la derrama inmisericorde de libros para caricaturizarlos. Hay ejercicios de ingenio y también de la idiotez más indisimulada; de éstos últimos, especialmente, están llenos las mesas de novedades. La oficina ofrece la posibilidad del “gran teatro del mundo” actuado frente a los ojos del oficinista y para disfrutarlo basta con focalizar su atención. O un poco de iniciativa para saltar de la calidad de espectador a la de actor en el desarrollo de los hechos. Ahí acontece el drama humano. Se conciben vidas (metafórica y literalmente), se trozan destinos, se fabrican ilusiones que son desechadas antes de veinticuatro horas, dentro de sus muros suceden tragedias, comedias, maldades insólitas motivadas por la avaricia y otras formas siniestras del egocentrismo.

Ahora que las modalidades épicas de vida se extinguen para quedar como registro en los libros, la oficina toma ese lugar como vientre providencial de anécdotas para las tardes de ocio. Se terminaron las expediciones al Kilimanjaro y el buceo sin mapa en cenotes desconocidos; en su lugar, queda la visita épica al área de recursos humanos para solicitar un aumento o para ser despedido, así como el chismorreo a partir de una noticia sin fundamento. La paranoia, la conspiración, las deslealtades en un solo lugar, escenario de la destrucción y de los saturnos infinitos que devoran a sus hijos. Walser elabora un retrato pormenorizado de esta modalidad de subsistencia y ratifica su incapacidad para la grandeza: el oficinista subsiste con miedo a ser despedido.

La vigencia de cada una de las piezas es tan walseriano como cada uno de los microgramas, escritura minúscula para consignar lo que llega a la mente con un detalle de asombro. No habrá salida para el oficinista y tampoco para quien no lo sea, ya que nadie escapa de la condición humana, ese corsé hecho a una medida que no ajusta al cuerpo, pues es de otro y, por lo mismo, se atraviesa la vida en la incomodidad de comprobar que lo que vivimos no está diseñalado para nosotros. Desde la oficina es un memento de glorias y fracasos, derrumbes y naufragios, aplicables a cualquiera que ante su irremediable condición de miseria (llámenle como quieran, da lo mismo), cruza la puerta de salida para confirmar que su lugar en el mundo es su manera de obtener los medios para subsistir. Lo demás que pueda decirse es otra ilusión generada por exceso de café.