[La novela se muestra incapaz de renunciar a sus cualidades de organismo. Sus mutaciones son tan variadas como sus aciertos. Casi podría afirmarse que se funda en cada entrega, no obstante las fallas de quien la escriba. Lo que para algunos es un naufragio, para otros es una oportunidad para entrever una forma insólita. “Actualidad de la novela” es una ventana para asomarse a la escritura actual de ese género literario. Rogelio Flores es autor de Un millón de gusanos (2015).]

 

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―¿Cuál es el estado actual de la novela?

La novela sigue siendo el género más comercial, sin duda.

En apariencia vive un gran momento, pero también muchas de las novelas exitosas están subordinadas a éxitos del cine y la televisión, o bien, a temas de coyuntura periodística. Esto no necesariamente es malo, pero trivializa un poco al género. Sin embargo, siguen siendo editadas obras que mueven las percepciones, las mentes y las conciencias de los lectores. Siempre hay voces interesantes, siempre hay libros con los que uno se conecta, hay que buscarlos.

 

―Su versatilidad parece ilimitada, pero ¿cuál sería un límite razonable respecto al dictum respecto a que “todo cabe en una novela”?

No creo que todo quepa, pretenderlo me parece un despropósito y una gran ingenuidad. Una novela es un microcosmos, un pequeño universo. Los elementos que conforman ese pequeño universo deben ser tan sólidos como para no necesitar otros. Y con ello me refiero a personajes, conflictos, atmósferas. Sí, se agradecen la ambición y los riesgos, pero como dice el canon de la moda, menos es más. En lo personal prefiero novelas redondas y sólidas.

 

―Las series de televisión generan historias de largo aliento, no pocas de ellas con aspiraciones estéticas. ¿Cómo podría afectar/ayudar a la novela este boom televisivo?

Durante años la televisión fue satanizada, sus contenidos eran descalificados por el simple hecho de ser contenidos televisivos “hechos para las masas“. Creo que eso permitió a sus creativos una gran libertad que terminó en lo que vemos ahora: producciones ambiciosas que se han emacipado del cine y sus limitantes. Hoy día hay series más ambiciosas que muchas películas y muchos libros. Por supuesto siguen produciendose programas malos y series mediocres. Pero hay sagas que son sumamente interesantes y sólidas. Sus creadores no sólo entendieron su lenguaje, sino que lo explotaron al máximo, le dieron la vuelta y generaron su propia tradición. The Wire, True Detective, Lost, Breaking Bad y The Sopranos, por poner unos ejemplos. Yo no veo con escándalo si alguien prefiere una buena serie por encima de una mala novela.

 

―Al menos en la novelística actual en México, el realismo parece imponerse frente a los ejercicios de imaginación. ¿Es correcta esta apreciación y, de serlo, cómo podría reconfigurar nuestro panorama novelístico?

Es correcta en tanto existe una fascinación por nuestra problemática, no sé si sea por una necesidad de entender el entorno, o por una especie de morbo. Pero es difícil no pensar en lo que sucede alrededor. Además, el mercado impone modas y tendencias, y esta aseveración no es una figura retórica. Nuestro panorama novelístico ya está reconfigurado desde hace tiempo. Hace unos años era difícil publicar si no escribías novela histórica, después pasó lo mismo con novelas con el narcotráfico como objeto de estudio, análisis, denuncia o incluso culto. En lo personal, esto no me asusta. Al mismo tiempo que esto pasa, hay editoriales que se la juegan, aprovechan la situación y apuestan para explorar otros temas. El peor escenario para mí es que se dejen de publicar novelas. Para que la industria editorial sea indutria de verdad se deben vender muchos libros, buenos y malos. Ojalá fueran más buenos que malos.

 

―Se pierde aspiración experimental por acomodarse a las necesidades del “lector”, esto es, del mercado. ¿Cómo impacta esta elección de la mayor parte de los novelistas, si fuera el caso, a la tradición literaria mexicana?

No lo sé. No sé qué tan vigente sea un concepto como “tradición literaria mexicana” en la actualidad. El posmodernismo y la globalización han cambiado todo y los narradores a veces parecemos no habernos dado cuenta de eso. El mercado impone temas, estilos, tendencias. Creo que hay un reto mayor en seguir escribiendo a pesar de estas imposiciones, o sumarse a ellas de manera voluntaria buscando hacer algo de calidad. Lo comercial no es malo porque sea comercial, ni es comercial porque sea malo.

 

―El novelista tiene una libertad amplísima en su terreno de trabajo y pareciera que el lenguaje se encuentra desplazado de las preocupaciones estéticas actuales. ¿Qué tan verídica esta apreciación?

El lenguaje es una preocupación estética también. En general, yo creo que quienes hemos decidido dedicarnos a esto lo hicimos justo por la libertad del oficio. Uno puede escribir lo que quiere y como quiere. En eso hay que concentrarse. Si publicarlo es difícil, pues ni modo, hay que intentarlo. O ceder. Cada quien lo decide y asume el riesgo y el costo.

 

―Pareciera que modificar la forma de la novela ha pasado a segundo término, por debajo de construir una historia “entrañable” o incluso didáctica. ¿Hacia dónde va el género?

Siendo muy joven leí una frase de Henry Miller en la que advertía que el futuro de la novela es la autobiografía. En parte creo que hacia allá vamos, incluso aunque juguemos con la ficción y los géneros. La novela es el escenario en donde se representa el universo mental de un autor, ya de manera tácita, ya de manera poética o alegórica.

 

―¿Aún es posible pensar en una novelística del “compromiso”?

Sí. Cualquier novela lo es. Desde el momento en que un escritor firma sus textos, se está comprometiendo a un estilo, un tema, un trabajo estético. No creo que alguien que escribe basura, no se de cuenta que escribe basura y que si esa basura se edita con su nombre en la portada, no se esté arriesgando. Ahora bien, si nos referimos a un compromiso político o ideológico, yo soy de quienes piensan que todo es político. Escribir de otros mundos y otras realidades no sólo es un ejercicio imaginativo, también es una oposición al mundo en que vivimos. Hablar de la realidad y señalar lo que uno considera injusto es un acto político, guardar silencio es un acto político e ignorar los problemas alrededor también lo es.

 

―¿Cómo inicias una novela? ¿Cuál es el proceso, si lo hay?

Me es difícil explicarlo. Empezar un proyecto es lanzarse al vacío, o sumergirse en un océano oscuro, intuyendo un punto de llegada. Este punto de llegada puede ser una idea, una atmósfera, una imagen. En mis procesos de escritura comienzo desmedidamente, escribo mucho, con la plena consciencia de que gran parte de lo vertido en ese momento, sino es que todo, puede ser desechado. A veces creo que escribir narrativa se parece a esculpir, tallar algo hasta que la obra se vaya develando. No lo sé.

 

―¿Cuáles son los novelistas que frecuentas, nacionales o extranjeros, y cuál sería la razón?

José Revueltas por cómo manipula las emociones de sus lectores y por cómo construye esos universos tan sórdidos como fascinantes. Enrique Serna, por su humor corrosivo y la poca piedad que tiene para los personajes y los lectores, yo siempre que lo leo me siento un poco avergonzado y me rio de mí mismo. F. Scott Fitzgerald por la sencillez, la belleza, la pulcritud y la manera en que anuncia desde el principio que todo acabará mal, sin vender nada de la trama y con personajes que son hermosos y malditos, como el título de una de sus novelas. Irvine Welsh, por los límites que cruza y su inteligencia, por la manera en que convence al lector de que todo es posible sin importar cuan absurdo, sórdido y demencial sea todo. Raymond Chandler por la pulcritud de su prosa, por sus frases tan cortas y tan poderosas, por la nostalgia y el humor que pone en todo detalle. Gustave Falubert alguna vez dijo que Dios está en los detalles, y bueno, a mi me gustan los autores que ponen atención en los detalles.