La memoria es privilegio de los hombres aunque para el artista es una materia prima de valor incalculable. Podría ser lo único que tiene incluso. Resulta casi imposible el acto de crear sin un vínculo con el pasado. La creación desde un presente incesante es una fabulación antes que una posibilidad. Se genera la forma a partir de la experiencia, a pesar de quienes puedan señalar algo distinto.

El balance moral del siglo XX está lejos de terminar y prueba de ello es el torbellino de publicaciones, lo mismo memorias, análisis de periodos, historia de las ideas. Su turbulencia nos alcanza y los vestigios de su pasión política aún gobiernan la vida de millones de personas. Las revoluciones china y cubana, por ejemplo, se retuercen en la reinvención de una forma que ya no encaja en el tiempo actual. Faltan años de distancia para entrever lo que sucedió en la construcción de ambos proyectos políticos, sin embargo, ya es posible entrever un cálculo aproximado de daños.

Sandor Marai (1900-1989) autor húngaro dueño de una copiosa obra polifacética, padeció en carne propia el destino tormentoso de un siglo que nunca encontró su rostro, embebido en ideas de mejoramiento social. A pesar de ello, ante sus libros siempre se tiene la impresión de que le faltó detallar más aún lo que significó ser testigo de la llegada de los soviets al poder, las dos guerras mundiales y la guerra fría. Lo que no quise decir (2016) es un rescate de tres capítulos que no se incluyeron en ¡Tierra! ¡tierra!, segundo libro de memorias después de las Confesiones de un burgués. El volumen da cuenta de lo sucedido en un periodo de diez años: desde que Alemania se anexionó Austria (1938) hasta su partida de Hungría (1948), a la que jamás regresaría.

El ciclo autobiográfico se completa con esta entrega, que no hace sino amplificar las tribulaciones de un individuo en medio de una tormenta que dejaría millones de muertos. A partir de la lectura, resulta entendible porqué Marai eliminó los capítulos de Lo que no quise decir de las memorias. El juicio sobre los húngaros es devastador y la crítica a su inmovilidad concluye imposible de salvar. El rol que jugaba Hungría en la segunda guerra mundial no era menor, pero los hechos llevaron al país a terminar como satélite de la Unión Soviética. El asunto de la responsabilidad aún no alcanza su punto definitivo. ¿Debe culparse únicamente a la cúpula de las atrocidades? ¿Y después de ellos, a quiénes?

El libro de Marai vuelve sobre aspectos que serán definitorios en la evaluación global que se haga del siglo XX, pero no sólo para los dirigentes sino igualmente para los ciudadanos. Se ha vuelto lugar común señalar como un defecto moral su partida hacia los Estados Unidos, en donde pudo gozar de los beneficios del mundo libre. Sin embargo, permanecer en la zona de influencia soviética le habría costado la vida o la libertad. Su perspectiva de lo sucedido en Europa se lee como si fuese una novela policial o de intriga internacional, pero la secuencia de hechos definió la vida de naciones enteras.

Marai se reconoce conservador y pasa de largo ante los discursos radicalizados, que no aportan sino odio y segregación partidaria. Pone en lo alto al individuo en su acepción más amplia. El disfrute de la humanidad no puede quedar en manos de algunos, pues las consecuencias resultan fatales. Como sucede con el autor húngaro, líneas de Lo que no quise decir tienen aplicación a la situación actual, presa de vaivenes que no admiten simplificaciones. De manera especial, la responsabilidad del individuo frente al juego de la historia concluye de primera importancia. Entonces, la participación ciudadana se impone como un llamado ineludible a la construcción de un proyecto compartido. De otro modo, el poder que no se fiscaliza y no se atomiza para evitar que unas pocas manos lo ejerzan, termina decidiendo por la mayoría y entonces se regresa a escenarios de terror.

Ahora bien, la izquierda gozó de oportunidades doradas a lo largo del siglo XX. Ninguna fructificó y terminaron en padecimiento para la población en contraste con los excesos del aparato burocrático. La puesta en marcha del “socialismo real” dejó un rastro de sangre que aún despide un aroma fétido. Los “mea culpa” por parte de quienes se entregaron con entusiasmo a la celebración de este modelo de organización, así como a la consigna de ciertas “diferencias irreconciliables” —cuando hacerlo era leído como una declaración llana de enemistad—, no han dejado de salir a la luz. El célebre Regreso de la URSS (1936) de André Gide cumplió a fecha reciente sus primeros 80 años de encarnar cómo el intelectual no debe callarse cuando la realidad está lejos de ser aquello que presumen a los incautos.

Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929) tuvo la suerte (¿?) de ser uno de esos intelectuales que los funcionarios del “socialismo real” invitaban para comprobar que el colectivismo podía ser una realidad. Congresos de escritores, cenas en embajadas, circuitos de promoción editorial, visitas a la Unión Soviética, Cuba o Praga, son algunas de las ocasiones que sirven al autor alemán para preguntarse si es posible escapar al deseo humano de riqueza y confort; o si aún es viable idear un modo más justo de repartición en los bienes de la sociedad. Su vida larga y fructífera le permitió estar en sitios emblemáticos de la construcción de la historia en el siglo XX, a lado de los personajes que la actuaron con las consecuencias de todos conocidas.

Crónicas de aquellos días se leen en Tumulto (2015), un volumen memorialístico y confesional, a caballo entre el reportaje y la autobiografía, que permite otear al lector que no hay otra palabra tan adecuada como ese título para describir lo que fue la “fiesta roja”, aquella mascarada de intereses en la sombra con una vitrina al frente de falsa preocupación por el destino de la clase menos favorecida. Los textos del librohuelen a nostalgia por los sueños que ya no son y que jamás serán. También por aquellos que creyeron en el proyecto del socialismo, en realidad, al grado de dedicar el libro “a los desaparecidos”, sin diferencia de facciones, credos o tendencias.

El balance concluye en una declaración de fervores e igualmente de lutos. En ese tumulto se perdieron vidas de hombres y mujeres que dedicaron sus energías a implementar una idea. Un régimen no duda en utilizar cualquier estrategia para neutralizar elementos adversos, en la consabida aplicación de la “razón de Estado”. Podría decirse que la narrativa del siglo XX es de logros (exploración espacial, tecnología de punta, construcción democrática en la parte occidental del mundo, etc.), no obstante, las victorias son menos que los éxitos. Basta con hacer un balance de la primera década del nuevo siglo.

La necesaria redefinición de la izquierda aún no toca puerto. El pragmatismo se impone con firmeza y los principios de bienestar social se olvidan con un viraje de timón. Los líderes carecen de magnetismo y se muestran incapaces de lograr un discurso inclusivo en el cual no se detecte un sesgo revanchista, en el cual todos estarían en peligro. Por otro lado, la rigidez de las fórmulas del pasado ya mostraron su ineficacia y el revisionismo ortodoxo se confiesa abúlico ante la posibilidad de lograr otro sistema de pensamiento capaz de dar respuesta a los nuevos retos, (además de los que ya se arrastran del pasado): terrorismo global, asuntos de género, (in)migración, distribución equitativa de los recursos sociales, tecnología y comunicaciones ultrarrápidas, entre otros delicados filamentos de la agenda actual.

Enzensberger aporta un testimonio invaluable de un siglo atribulado y febril. Las virtudes del cronista se trenzan con aquellas del retratista y el producto es un recuento de pérdidas y ganancias como enseñanza (velada) para los que se integran a la Historia, sea como actores o testigos. En un balance, no obstante, las pérdidas fueron mayores que los beneficios y nadie podría afirmar lo contrario, a menos que su juicio sea parcial debido a compromisos ideológicos. Se extinguieron, una tras otra, las posibilidades de implementar una reorganización social con fundamento en principios de justicia social que se traduzcan en acciones reales de mejoramiento. Así que Enzensberger atina: todo quedó en tumulto, sonrisas y viajes muy disfrutables.

Ahora que cualquiera se declara de “izquierda” al primer brote de mezcal, conviene revisar la historia del siglo pasado para identificar en qué momento se tiene un proyecto definido, para contrastarlo con los recurrentes palos de ciego, en donde predomina el griterío y las sentencias condenatorias, tan gratuitas como escandalosas. Marai y Enzensberger aportan dos testimonios tan necesarios como sombríos.