Jheronimus Bosch, conocido como el Bosco (Bolduque c. 1450-1516) es uno de los escasos pintores con una expresión auténticamente germinal, de cuya obra no cesan de brotar nuevos significados para casi cualquier vertiente de las humanidades. Su obra pictórica, breve y de trazo exquisito —no sólo por el tratamiento de la miniatura sino igualmente por su colorido, imposible de imitar sin llamarlo—, es uno de los momentos más altos de la historia del arte universal y la mayor parte de ella se concentra en las colecciones reales del Museo del Prado. Para conmemorar el cumplimiento de quinientos años de su nacimiento, se montó una exposición en la cual es posible admirar casi la totalidad de su trabajo pictórico, además de una instalación digital de gran formato para los visitantes, en franco diálogo entre tradición y modernidad. Enhorabuena por esta iniciativa del Museo.

Cees Nooteboom (La Haya, 1933) se sumó a esta celebración multitudinaria con la publicación de El Bosco. Un oscuro presentimiento, en cuyas páginas un autor holandés observa la obra de un pintor holandés. Sus aptitudes para abordar la pintura están más que probadas. No sólo por su ensayo sobre un pintor español —Zurbarán. El pintor del misticismo—, sino igualmente por las páginas de El enigma de la luz, en las cuales medita sobre el eje primario de cualquier composición pictórica: la luz. En paralelo, sus cualidades viajeras personalizan cada uno de sus ensayos con la mirada inusual que desarrolló a lo largo de las décadas. Es un distintivo personalísimo que texturiza sus párrafos y los dota de ese magnetismo que mantiene a sus lectores ya ganados y atrae a las nuevas generaciones.

Por lo anterior, las expectativas respecto al ensayo sobre el Bosco eran altas. La ocasión era única. Sin embargo, cuando uno llega a sus páginas, se encuentra con un devaneo que no es ni crónica de viaje (Nooteboom visitó el lugar de nacimiento del Bosco, que no conocía, por ejemplo), ni paseo por sus pinturas, ni nada más que palabras arrojadas sobre la mesa a partir de un viaje a España y la exposición a la que se hace referencia párrafos arriba. La posibilidad de siquiera asomarse al misterio de un pintor de estas cualidades quedó trunca y de sus páginas —huecas de sentido y escasamente reveladoras para cualquiera que conozca someramente la obra pictórica— apenas queda congratularse con las ilustraciones que dan vida a la edición. El Nooteboom que frecuentamos no aparece y camina por sus páginas uno cansado ya de encargos y que optó por descartar la oportunidad de mostrarnos su relación con el pintor.

Ejemplo: en uno de los cinco Post scríptum (¿debería haberlos en un ensayo de intención unitaria sobre un asunto específico, en este caso, un pintor? En fin. “Es Nooteboom”, responderá el lector, como si lo hubiera escrito el Papa y no hubiera modo de inconformarse), el autor holandés consigna su indagación por el hallazgo del niño muerto en la costa turca (¡!). ¿Era necesario integrar ese texto al libro? ¿Relacionar el Bosco con la tragedia actual de los refugiados? El pintor, dicho por Nooteboom, nunca abandonó el territorio holandés, así que la derivación se intuye forzada. Mejor hubiera insertado una receta de cocina o la página de su diario. Estamos ante la historia en la que la pintura del Bosco queda relegada en espera de un comentador con más tiempo para abordarla. Así que pasen otros quinientos años.

De lado, con todo su fuste y aliento provocador, con su figura de brazos incontables para atrapar a sus espectadores, subsiste la obra de un pintor que es cien y mil y hasta millones, él mismo. El tríptico de El jardín de las delicias o Las tentaciones de San Antonio Abad serían suficientes para darle un lugar destacado en la historia del arte. Por suerte, el libro de Nooteboom es sólo uno de los actos celebratorios en este centenario. El ejemplar funciona de manera introductoria para adentrarse en la obra genial de un pintor fuera de serie, si bien pudo haber sido algo más. El resto es tan innecesario como olvidable y soy lector de años de Nooteboom.