Los cambios ultrarrápidos en las telecomunicaciones han obligado a los individuos a desarrollar habilidades, lo cual constituye el paradigma de cualquier modificación de hábitos a partir de cambios en el entorno. Las redes sociales son un ecosistema digital que motiva el tránsito de datos de manera permanente, no obstante, este camino de ida y vuelta nunca fue tan veloz a la par que tan intenso.

Dentro del espectro de herramientas que se requieren para la interacción, el lenguaje es uno de los más inmediatos, ya que casi cualquier manifestación humana se construye a partir de sus matices. La posibilidad de utilizar imágenes, música o hasta emoticones, no ha logrado sustituir la precisión del lenguaje, que reclama su lugar como la fuente más legítima para motivar sensaciones en los otros. Pero su uso requiere habilidades que se aprenden y perfeccionan en contacto con las formas más habilidosas para emplearlo, no sólo para fines de intención estética, sino incluso para utilizar las palabras con la delicadeza que se exige, según el entorno.

Las redes sociales impactaron especialmente la tarea del escritor, derivado de la aparición de miles de individuos que ya tenían o desarrollaron habilidades con la palabra —esto es: ya podían utilizarla con mediana pulcritud en la expresión—, aunado a las facilidades en la actualidad para editar libros (en papel o electrónicos). Con el uso de juegos de palabras —pueriles, enrevesados o a partir de lugares comunes, cursilones y hasta boberías planas—, pirotecnia que deslumbra por segundos, chisporroteo de palabras sueltas o hasta el uso de formatos digitales para poner el lenguaje al servicio de herramientas tecnológicas, estos usuarios del lenguaje en las redes se ha instalado en la producción actual como una permanencia y no siempre es fácil distinguir entre la escritura con aspiración estética, soportada por una lectura continuada de la tradición y esta balacera suelta con la esperanza de dar en el blanco por obra y gracia de un azar que no se entregará con facilidad.

Como nunca antes había sucedido, ahora la condición de escritor se otorga con apenas méritos. Parecería que ya no es necesaria una formación de años en el periodismo o en alguna vertiente de las humanidades, para instalarse en la producción cultural. Los años de aprendizaje del escritor (lecturas abundantes y apasionadas, experiencias múltiples, meditación sobre la escritura), en la actualidad se intentan sustituir con abrir una cuenta en las redes sociales, compartir memes sobre escritores y sus frases más gastadas, tomar algún curso exprés de escritura creativa —el de moda, no importa que sea de literatura fantástica, novela noir o de ensayo filosófico—, o con autojustificaciones inverosímiles arrojadas a la mesa con tanto candor como ociosidad: “yo siempre quise escribir”, “yo gané un concurso de poesía a los nueve años”, “mi padre escribió en el periódico de la asociación de vecinos”, etc.

Esta forma de turismo cultural existe en todas las disciplinas. El “llamado y el aprendizaje” del que escribió Octavio Paz, respecto a la actividad artística, es un proceso de largo aliento que empieza en la adolescencia o incluso antes. El llamado puede ser legítimo aunque el aprendizaje no se realiza lleva a cabo en las redes, esa cantina gigantesca para trabar una plática con el primero que se aparece y tiene el mismo ánimo de conversar. La fábula mexicana (habitual y falsamente esperanzadora) de “chicle y pega” intenta imponer su ligereza para extender su ámbito de influencia. Pese a lo anterior, la gestación de un escritor es atribulada y puede suceder en el silencio más inquebrantable. Cuando sucede no es difícil distinguir que estamos en presencia de una identidad formada, incluso contra viento y marea. Por lo regular, es un desgarramiento antes que un brindis en una mesa de aduladores o indolentes.

La posibilidad de que un individuo pueda generar una escritura con blindaje fuera de esta pauta es remota, pues exige de una explosión de prodigio. Y, aun dándose, esto no implica que el producto de esa tentativa pueda lograr un consenso parcialmente generalizado. Es apenas cierta la afirmación de que el trayecto en la formación de un escritor es tan singular que deriva en lo inexplicable, en lo misterioso y hasta sublime. Así es porque nadie escapa a un contexto, a la “circunstancia” orteguiana, a los obsequios de la inteligencia y a la cosecha del producto del trabajo ordenado, luego de la siembra. La práctica de la literatura o de otras artes exige disciplina y la determinación de un objetivo, antes que la comodidad de dar palos de ciego al árbol para que caiga una fruta, sin saber lo que podría caer.