Semanas atrás, en las páginas de una revista, Omar Nieto publicó un texto titulado “La huella profunda de las novelas de narcotráfico” en el que, además de bautizarla para fines prácticos como “literatura sobre narcotráfico”, concluye: “Queda claro que el tema, más allá de una moda, comienza a dejar huella profunda.” (Las cursivas son mías). A la par, anota que “este tipo de narrativa posee una tradición de más de 50 años en México, desde la aparición en 1962, de Diario de un narcotraficante, del escritor sinaloense A. Nacaveva”.

No parece lógico restarle presencia a una forma novelística que se escribe y circula y cuya temática es un discurso habitual en el cine, en la música, en los periódicos, en la televisión. Los medios de comunicación se alimentan con lo que existe, mejor aún si llama al morbo o si ayuda para un encabezado de corte amarillista. A Nieto le parece relevante que este fenómeno de producción cultural se estudie en diversas universidades del mundo, como si esto fuese una confirmación de su significatividad. Quizá olvida que ciertas universidades y más aun las que tienen recursos para fondear sus investigaciones, dedican sus energías a generar conocimiento a partir de agrupar elementos dispersos, lo que parece un buen ejercicio para ganar años de investigación. También se estudiará la yakuza, las revistas del corazón o el lixiviado.

Ahora bien, sí existe en México una tradición literaria sobre la violencia en entornos rurales y urbanos. No sólo en ese ámbito, vuelto ya pintoresco y tristemente folklórico, sino igualmente a nivel individual y familiar. ¿Habría motivo fundado para intentar un desgajamiento de una temática novelística sólo por la particularidad de que en sus páginas se describe la producción, consumo o tráfico de estupefacientes? A las recurrencias y otros brotes de la singularidad debe dárseles el sitio que les corresponde, sin duda, pero intentarlo más allá de nuestros afectos. Si se siguiera esta lógica, igualmente tendríamos una tradición en la novela porno, juvenil, rockera, de la infidelidad, las frivolidades o el homicidio por despecho. Falta más que dar con una constancia para manifestar la idea de haber hallado una piedra fundacional y derivar otro brazo de la tradición. Sobre esto, claramente, habrá tesis académicas y a nadie le estorba que existan. Nieto flexibiliza su idea de esta forma novelística y se entrega al entusiasmo por verla aparecer con frecuencia en las mesas de novedades, esa vitrina de lo colectivo/informe. Brotan las preguntas: ¿y la novela sobre el poder? ¿No podría insertarse como un segmento específico, antes que buscarle un sitio como una tipología de signo único? ¿No es acaso una novelística que comparte elementos con la sed de control de una colectividad? El narco, el cacique, el dictador, el partido único… ¿No había manera de hallar puntos de contacto? ¿O con nuestra incipiente novela negra? ¿Qué podría diferenciarla de la literatura que registra la vida criminal a secas?

Nieto avanza en la argumentación y explica que la denominación “literatura sobre el narcotráfico” funciona para “referir[se] a obras literarias (narrativa, poesía, dramaturgia) que impliquen sólo siembra, trasiego y tráfico de estupefacientes, pudiendo o no, incluir el elemento del sicariato” (La cursiva es mía). Esto es, si aparece un sicario se abriría otra vertiente para catalogación, con lo que las morfologías podrían ampliarse hasta el infinito, a la manera de espejos contrapuestos.

Basta con verificar que la facilidad del realismo se impone en la escritura de la gran mayoría de esas novelas, por lo regular chabacanas y abúlicas para apostar por formatos narrativos que no incluyan personajes cínicos, de oficio periodista, bebedores y endeudados, con lenguaje duro en medio de escenas grotescas. No parece haber (puede que no la conozca) alguna iniciativa capaz de trenzar de nuevo la forma de la novela para llegar a un registro insólito y, por lo mismo, se abdica a favor del registro televisivo, capitular, endémico. Frases como balas, cortas, eficaces, estelares, disparadas a la mente de un lector que celebra la violencia de las calles, el desfile de mujeres bellas y fatales, persecuciones a velocidad. Que suceda un fenómeno no significa que importe o que amerite ser registrado, aunque pueda generar interés y hasta encontrar un nicho que permita proponer una reunión de elementos sueltos, desarraigados de sí mismos por su propia naturaleza, en medio de un caudal que amenaza con nunca detenerse.

Luego de que la lengua española se derrama en el continente americano y genera literaturas nacionales con cientos de años de tradición (mexicana, chilena, argentina, etc.), a Nieto le parece que 50 años de intermitencias comienzan a generar una huella profunda. Esta declaración, que cualquiera tiene derecho a formular a partir de una convicción individual, ganaría solidez con una búsqueda por la calidad literaria en el corpus de esa novelística, antes que registrarla únicamente por estar ahí, adormilada en las librerías de viejo o ante los flashes que dispara el mercado para lograr la venta de los ejemplares. Presenciamos una narrativa que es luz de estrobo, espejo de esta realidad, triste y vejatoria, que padecemos en México y en otros países azotados por el flagelo del narcotráfico. Huella sí (todo lo que existe tiene elementos para ganar su historicidad); profunda, no parece fácil argumentarlo, incluso desde la academia.