Vuelvo de manera intermitente a las imágenes de El hombre de la cámara (1929) de Dziga Vertov. La búsqueda de llegar a una forma de lenguaje cinematográfico en estado puro (si es posible hacerlo), interesa por no sólo el momento histórico en el que fue realizada —la revolución de octubre tenía apenas doce años de existencia—, sino porque el cine mismo nacía como manifestación artística. Sin actores, sets de grabación o incluso un guion, el experimento subraya de manera involuntaria puntos de contacto con las demás artes, al menos desde la perspectiva que intenta una manipulación de la forma antes que sólo transmutar el contenido, una y otra vez.

El frenesí demente de diferentes ciudades rusas funciona como metáfora para cualquier entorno urbano, en donde nada se detiene pero tampoco concluye su objetivo debido a que las variaciones de una sola actividades se presumen infinitas. Es la consabida escena de Tiempos modernos (1936) de Charles Chaplin, en la que un obrero pasa la vida entera apretando tornillos de los cuales ignora su destino. Esto por una parte. Por la otra, más cotidiana y siniestra, mi última visita a esta obra de Vertov me reveló la existencia y proliferación de millones de “hombres de la cámara”, armados con teléfonos celulares de última generación que los desenfundan a la menor provocación, ya sea para poner de manifiesto una conducta que se juzgan inapropiada (léase “Ladys y Lords”), o para registrar la fuga del tiempo en cualquier actividad con habilidades suficientes para espantar la monotonía.

Nunca como ahora se produce contenido digital, sea amateur o profesional. La migración de la realidad fenoménica a los bytes es más sencilla que nunca. Quizá sea una consecuencia de la vida en la ciudad, que transcurre presurosa y apenas hay tiempo para mirar a lo lejos la estela de su paso frente a nuestros ojos. Pero a diferencia de Vertov, estos renovados “hombres de la cámara” no buscan un espacio lateral desde el cual asomarse al espectáculo de la humanidad en movimiento. Por el contrario, la encaran en la búsqueda permanente de sus fallas o aciertos. ¿Un perro trae la pelota y al entregarla genera la impresión de una sonrisa? ¿Una vecina golpea a otra en disputa por el amor de un hombre? ¿Alguien se estacionó en un lugar para discapacitados sin serlo o peor aún: fingiendo que lo es o podría serlo? Los “hombres de la cámara” acuden presurosos a esta manifestación providencial de la historia a la distancia de una apretada de botón.

El registro de Vertov se encuentra próximo a los noventa años. ¿Qué ha cambiado? ¿La tecnología, las libertades civiles, el uso desmedido de la vigilancia a los otros? La Unión Soviética dejó de existir aunque heredó sus pilastras en el suelo a quienes prometieron levantarlas, lo cual no ha sucedido. En la actual sobrepoblación de imágenes se anda con temor en las calles por la exposición que implica tropezarse, por ejemplo. ¿Habrá alguna cámara en la calle? Las probabilidades de que ese tropiezo se agregue a una secuencia de video de caídas que termine a su vez como otro producto viral, son altas. Los “hombres de la cámara” se olvidan de preguntar si pueden o no compartir los videos. Es irrelevante. Los botones se fabrican para ser apretados. Asumen que la vida de los otros es un bien público. Lo que importa es la reacción de quien lo mire y la vida efímera que pueda tener al compartirse en el entorno digital.

La sensación de la vigilancia permanente genera ansiedad, en principio. ¿Quién nos vigila y por qué? ¿A dónde y por quiénes es almacenada esa información? Los patrones de comportamiento que no caen en la ilegalidad podrían ser el próximo derecho humano en vías del reconocimiento. Las autoridades se ven superadas para atender la totalidad de las demandas ciudadanas y el linchamiento mediático se impone como una solución a la mano. “Exhibir”, es el nuevo acto de venganza. “Te pongo en la luz”, refiere el principio de esta forma de ajusticiamiento, “no sólo para que los demás analicen la falla que yo quiero subrayar, sino para que encuentren aspectos adicionales para la sentencia. ¿Le pegaste a otro compañero en el kínder? Quizá eso explica por qué manejas ebrio, chocas e intentas darte a la fuga. Los “hombres de la cámara” colaboran en el registro y después los comentadores al paso ayudan en el expolio de la dignidad del individuo con la mala fortuna de aparecer en el video. Las nuevas formas sociales de colaboración adquieren matices siniestros.