Ya antes el lenguaje de la alquimia me había resultado seductor. Lo juzgo la aspiración última de fusionar las palabras y las cosas, sin embargo, el inherente carácter críptico que caracteriza esta práctica se había vuelto un obstáculo para avanzar en las lecturas de Paracelso, Hermes Trismegisto o Fulcanelli. Acotar la distancia entre el ámbito humano y el divino es uno de los objetivos de esta forma de producto intelectual, pero no es el único. De manera lateral, deja vislumbrar un camino hacia la construcción de un lenguaje que renuncie a sus posibilidades comunicativas, al igual que a la comodidad de recargarse en un molde fabricado con anterioridad para vaciar la “sensibilidad personal”. El lenguaje de la alquimia es una sacudida al árbol del lenguaje y opera para todas las épocas.

La fuga de Atalanta (Atalanta, 2007) de Michael Maier (1598-1622) llegó a mis manos con tanto azar como oportunidad. Publicado originalmente en 1617, con cerca de 400 años de vida, el libro es un tratado alquímico tripartita que se compone de cincuenta “emblemas” (imágenes), acompañado de igual número de “epigramas” (poemas) y “fugas” (composiciones musicales). Es una obra que fusiona tres formas de arte en su intento por ofrecer una vía para lograr un entendimiento que deje tras de sí la experiencia sensible como única forma de comprensión del mundo. Maier fabrica un lenguaje descriptivo de cada una de las imágenes, si bien la necesaria oscuridad de la alquimia lo transmuta en un lenguaje poético.

Un posible uso que ofrece la alquimia para el arte actual es la de ser una involuntaria fuente de imaginación puesta al servicio de prácticas que habitaron en la sombra. De manera especial, su lenguaje abre posibilidades hacia una posible refundación de la expresión como una fuente de inquietud, antes que sólo como un desahogo para descansar los ojos. Apenas nadie sale incólume de una lectura semejante. Es un lenguaje que se desdobla, fisura, abre puertas y las cierra, redobla el paso y, al final, orilla al lector a una segunda lectura porque la primera siempre es insuficiente. Además, es un libro cuyo trato que exige un pacto concentrado, no para ser entendido —quizá esto no sea posible, al menos desde una perspectiva racionalista convencional—, sino para admirarse del juego imaginativo de un intelecto que escribe sin decir, que actúa sin avanzar, que da volteretas desde la más absoluta inmovilidad y, desde allá, nos observa con una mirada de fuego: la llama alquímica.

En el reducido catálogo de genuinos libros polisémicos, La fuga de Atalanta ocupa un sitio de privilegio. De igual modo, podría calificar de libro misceláneo, ya que Maier salta de un lado a otro y hace cualquier pirueta imaginable desde las posibilidades del lenguaje para resguardar su pasión por la materia oculta, penada en aquellos años por las autoridades religiosas. Entonces uno llega a la conclusión de que cuando hay censura o persecución, los escritores se esfuerzan más en la elaboración del lenguaje, a diferencia de cuando todo está permitido y la holgura genera desparpajo y erosión en las formas retóricas. Vivimos una época de excesos que generan más excesos. Es posible entender al ocultismo como el artífice de un uso renovado del lenguaje a partir de fenómenos que no pueden/deben ser explicados con claridad. La parábola y otras formas retóricas estimulan la imaginación y obligan al replanteamiento de las formas discursivas. Lo demás es una comodidad en el tratamiento de la forma.

Las composiciones de La fuga de Atalanta pueden escucharse en YouTube y las imágenes son del dominio público, así que basta teclear en Google. Esta obra de Maier se instala en la actualidad con un garbo de envidia. Música, poesía e imagen se trenzan en un discurso del cual no podía hablarse y, pese a todo, se habló. Es claro que la atracción por el ocultismo no pierde ni perderá vigencia. La intuición de la otra realidad detrás de la que existe parece casi congénita. El escritor utiliza la materia bruta del lenguaje y la ordena para transmutarlo en una experiencia que resulte significativa para los demás. La operación alquímica es caprichosa y depende de factores múltiples. Hay fórmulas (esta es una de ellas) que no basta con seguir al pie de la letra para obtener el resultado. Maier sería el primer sorprendido de que su libro se convertido en un amuleto en el siglo XXI y lo que es más: acaso apenas empieza su andadura en el trajín del tiempo.