La década de los sesenta dejó tras de sí modalidades diversas de aproximación a la realidad —no pocas de ellas todavía útiles para replantearla o buscarle aristas donde busca imponerse un horizonte plano—, al igual que proyectos cuya falta de solidez quedó cifrada en el oportunismo o en el mero entusiasmo colectivo de la hora. Aquel nuevo despertar del espíritu removió viejas mitologías e intentó establecer conexión con cultos arcanos y reverencias a dioses fuera de los canales establecidos.

Howard Stanton Levey (1930-1997), igualmente conocido como Anton Szandor LaVey, ejerció como sacerdote e instigador de un culto vitalista que habría dedicado sus esfuerzos a la veneración del demonio. La Biblia satánica (1969) es el libro fundador que articuló la tentativa de LaVey y pretendió dotar al movimiento de un sistema coherente de premisas para apartarse de la monotonía de índole cristiana. ¿El resultado? Un volumen de ideas sueltas sobre la pulsión sexual que no alcanza niveles incendiarios, pues no logra apartarse de las ideas que dan vida al cristianismo milenario: el respeto al prójimo cuando hay respeto de su parte. No es difícil entender su radicalidad en la década de los sesenta, en la que el sexo libre y el ejercicio continuado del sentido común forjaron un arma para erosionar la organización social hegemónica, entonces “el Sistema”, fantasmagoría ubicua a la cual culpar de todos los males conocidos y por conocer.

Pasadas las décadas, una relectura de La Biblia satánica la muestra incapaz siquiera de insinuar el camino hacia la generación del “hombre nuevo”, y se estaciona en postulados alrededor de la libertad del cuerpo, del cual ya cada quien dispone según su mejor conveniencia. Entonces la lectura se vuelve una secuencia de bostezos. La teoría de los “vampiros psíquicos” (seres que se dedican a vivir de los demás a nivel anímico) apenas queda en pie como una forma alucinante de bullying clásico: siempre hay quienes atormentan a quienes sobreviven bajo la premisa de ser atormentados. Así que la simbiosis es perfecta y genera equilibrio en el entorno. Leído en la adolescencia, ese libro podría ser un camino para intuir los cuestionamientos al uso sobre las formas acartonadas de la vida social, pero no más allá de lo que ofrecen actualmente las redes sociales, ese gran teatro de mundo sucediendo frente a nuestros ojos, de manera permanente.

La prosa estridente, de combate y falsamente reveladora, marida con el aspecto alucinante de las presentaciones que hacía LaVey en sus mejores años, las cuales atizó con parafernalia oscura para que el pensamiento conservador se sintiera amenazado con los postulados de la autodenominada Iglesia de Satán. Entrado el siglo XXI, ya no hace falta ponerse una capa roja y unos cuernos de peluche para enfatizar el valor del individuo y su derecho a elegir. La filosofía francesa de la primera parte del siglo pasado y el propio Nietzsche fueron abundantes al respecto. Pese a ello, LaVey escribe en Las nueve declaraciones satánicas, el apartado que abre la Biblia satánica: “2. ¡Satán representa la existencia vital, en lugar de sueños espirituales!”. Así de novedoso y así de poco magnético.

LaVey reunió a múltiples colaboradores para darle vida a la Iglesia de Satán. A ella acudieron miles de personas con la esperanza de hallar un camino “alternativo” a los males de nuestro tiempo, que se reproducen con una velocidad que asombra y parecen no tener fin. Pero, como sucede, germinan iglesias y dejan de existir pasados los años. Ya no parece tan sencillo plantear la posibilidad de la libertad individual cuando todas las puertas están abiertas. Con suerte alguno de los colaboradores podría dedicar sus esfuerzos a un estudio a fondo del esoterismo para lograr una teoría cabal del hombre, con el objetivo de llevar su esencia hacia posibilidades impensadas. De otra manera, el esfuerzo quedará en lo que ha sido hasta el momento: otra feliz excentricidad, abierta sin discriminación para vacacionar de radical mientras el mundo sigue en pedazos. Entre tanto, la auténtica maldad habita en las calles, gobierna la vida de la mayoría y esclaviza a naciones enteras.

Las ingenuidades de la Biblia satánica son incontables, por lo que es difícil resistir a la tentación de citar alguna: “¡Abrid los ojos para que podáis ver, oh, hombres de mente enmohecida, y escuchadme bien, vosotros, la multitud de seres desorientados!”. Esta proclama estará escrita, muy seguramente, hasta en el tratado famélico de un profeta de barriada. Ese “abrir los ojos” a la otra realidad es el lugar común del lugar común del lugar común en los asuntos ocultos. La vieja idea del desgarramiento del velo que se interpone entre la realidad y la realidad “real”. Otra idea, en este caso la del demonio como una fuerza opositora, con la suficiente fuerza germinal para abrir una vereda hacia otra forma del hombre, echada a perder por la asechanza del espectáculo bobalicón, estéril por donde se le mire y acaso condenada a una trashumancia inmerecida.