Una idea extendida de la vida literaria refiere que un autor jamás debe responder a un crítico. “No están al nivel”, “la obra vale por sí misma”, “sólo es una opinión”, “el juicio es parcial”, y en razones semejantes se suele descansar la natural irritación que provoca leer una desacreditación por escrito de un empeño que puede ser producto de años e incluso de varias décadas. Esta es una postura recurrida en el ámbito literario por diversas razones, aunque la que predomina es que nadie tiene demasiado tiempo para detenerse en responder a la lectura atenta de un lector, así sea especializado.

Pese a lo anterior algunos escritores han utilizado la ocasión de la crítica o de una lectura a fondo para reflexionar sobre el alcance de su obra, sobre la distancia entre el objetivo planteado y la meta lograda y asimismo sobre las lecturas múltiples que detona un organismo que brota a la vida con la publicación y cuyo destino se ignora. Por ejemplo, en Aquí y ahora. Cartas 2008-2011 (2012), ejercicio de misivas sobre asuntos diversos cruzadas entre Paul Auster y J. M. Coetzee, ambos autores dedican páginas a la confesión de las malas reacciones que les ha producido enterarse de una crítica negativa a su obra (no digamos ya la lectura directa de alguna de ellas). Es inusual que se haga mención a los comentarios favorables, que se reciben a ciegas, a la manera de una confirmación esperada del talento; o de plano se ignoran como si fuesen otro movimiento natural en esa galaxia que es el mundo editorial. Las críticas desfavorables, por su parte, dejan una marca indeleble, a pesar de que los autores presuman de buena salud. En una de las cartas Auster relata como encaró a un crítico en un evento público y éste terminó por mostrar una actitud sumisa, muy diferente a su manera de entregarse al oficio crítico especialmente con un libro del autor norteamericano. Pero este sólo es un ejemplo del malestar que genera la actividad crítica. La historia literaria es una gigantesca telenovela de afectos y desafectos, que fluctúan con tanto azar como oportunidad.

El caso de Malcolm Lowry (1909-1957) resulta paradigmático. Se sabe que dedicó parte de su vida a la redacción de Bajo el volcán (1947), novela de aspiración moderna de sublime complejidad destinada a un lector mayor al promedio en exigencia. La editorial Galleo Nero reunión en Detrás del volcán (Madrid, 2013) las cartas de Lowry en las que defiende su obra. La historia: su editor, Jonathan Cape, recibe un informe de lectura de William Plomer en el cual pide a Lowry cambios a la novela, muchos de ellos radicales y que afectaban la concepción de su frondosidad. El resultado es una apasionada defensa del escritor frente al mercado, al mundo editorial y a los lectores que leen un libro y se imaginan con derecho de opinar sobre él. De igual manera, una exploración adicional del México que detona la novela, “país de pulque y chinches”, en el cual Lowry vuelve en cada uno de los párrafos de la carta, episodios y hasta personajes que motivaron su libro. Plomer, que ejerció de lector atento, registra de manera cuidadosa sus comentarios a la novela. Sostiene que hay partes que cansan debido al monólogo interior, “personajes borrosos” y otros aspectos que parecen aceptables, pero que el autor declinó cambiar de manera tajante.

No es infrecuente que los editores sugieran modificaciones parciales o totales a la obra que se disponen a publicar. La óptica es diferente y la perspectiva crítica puede ser una sorpresa para editores y escritores. Lowry logró una victoria para la denominada “autonomía del escritor”, geografía en la cual nadie más que él puede hacer modificaciones a la obra, en atención a que de manera asimilada un libro es lo más parecido a un hijo (Cervantes dixit). Si el escritor o el pintor o el cineasta deben responder al crítico es un asunto que no se resuelve fácil. Incluso en la época actual, en que la proliferación de contenidos termina por diluir cualquier opinión, un comentario adverso se lleva a cuestas con molestia y rencor.

Las páginas de Detrás del volcán son una prueba de que es posible extraer lecciones de una opinión de aspecto hostil. En la consideración de que no es posible señalar si un libro es bueno o malo, o si debe ser leído o no, queda el consuelo de buscar lo que se imagina que cumple con un estándar de calidad aceptable, pues el tiempo no vuelve y nunca es suficiente. El ejercicio de la crítica, indispensable y atribulado, habita en un terreno en permanente oscilación y lo que hoy llama la atención mañana puede llegar al descrédito de la mayoría. La crítica es brújula, sí, pero ahora más que nunca el norte magnético busca un lugar apartado y además se retira en medio de sonoras carcajadas.