Ricardo Piglia (1941-2017) fue un destacado novelista, sí, pero lo fue más aún en su vertiente de ensayista y crítico literario. Su manera de leer adquiere un sesgo modélico debido a esa virtud que oscila entre el juego de imaginación y la literalidad. Varios textos de Crítica y ficción (2001), entre ellos especialmente Borges como crítico, subrayan un entusiasmo cerebral por las herramientas que pueden extraerse de la crítica, aplicadas a la creación de ficciones. Esta forma de construcción literaria, especialidad argentina, no es usual en otras narrativas hispanoamericanas, ya que se asimilan a una muleta sin la cual apenas es posible arrojarse a la narrativa dedicada al registro de una trama capaz de mostrarse sorpresiva en las últimas páginas.

Piglia, al igual que Borges, al que leyó como nadie y quien a su juicio era un “escritor microscópico” (Cfr. serie de programas para la televisión argentina), se sirve de una hipótesis intelectual para dar rienda suelta a la narrativa. Abreva de los espejismos de la inteligencia antes de soltar la pluma en otro registro. De ahí que su narrativa pueda disfrutarse de mejor manera a partir de una pasión idéntica, ya que de otra manera el andamiaje es gélido e intelectual. Al igual que muchos relatos de Borges, ciertamente. Su muerte es la del último lector y crítico con una visión que excede la frecuencia con los libros más relevantes de la historia humana, para instalarse en una posibilidad que se materializa al admitir el juego libre de la vida a partir de su lectura. La vida misma se transforma en signo sobre la página, el cual, a su vez, deriva indistinguible de la anécdota o la experiencia. Piglia era la clase de escritor al que le circulan palabras por el torrente sanguíneo, lo cual no necesariamente es un elogio, ya que implica una perspectiva parcial del hecho humano, en donde la literatura no siempre es la fisura providencial que permite acceder a cualquier forma de realidad.

La obra de Piglia no es copiosa aunque incita de manera salvaje a la reflexión. Es una lectura de doble fondo. Ejercicio que permite no sólo descifrar lo que está escrito sino intuir lo que significan los silencios, las inflexiones, el orden de las palabras. Terminó como un gran maestro de la lectura: “el último lector”, para utilizar el título de uno de sus libros. A la manera de Manguel, que igualmente ha dedicado parte de sus energías al acto de la lectura y a la profesión del lector, Piglia arremete de manera reiterada contra las formas acartonadas de lectura, todas frívolas e infecundas. Su manera de leer es radiográfica y todo queda a la vista. Nunca en otro escritor las palabras sobre la página son una ocasión para soltar amarras y lo más destacable: no hay una sola de sus páginas que se lea con el tipo de erudición que aleja a la mayoría de los lectores, para acercarse al fuego de la “construcción de conocimiento”. Toda la obra ensayística de Piglia es un ir hacia la edificación de un yo para habitar desde la literatura, antes que otra reafirmación del oficio de construir hipótesis sólo para ganar puntos como académico.

Concluyo que las habilidades de crítico literario, al igual que ha sucedido con otros autores, dotaron al autor argentino de una fibra insólita, espolvoreada a lo largo de su obra. Meditar y escribir sobre libros de terceros ayuda en la construcción de los propios, además del gozo que ofrece el acercamiento a otras formas de construcción literaria, no obstante lo que pueda atribuirse a las “facilidades congénitas” para la literatura y fantasmagorías asociadas que generan toneladas de libros sin lectores. La muerte de un crítico literario siempre genera pesar, ya que escasean y es un oficio que pocos quieren ejercer. Para nadie es fácil arrojar una hipótesis sobre el presente, menos aun teniéndolo a la vista, en su conducta habitual de fuga constante. Piglia encaró el reto y logró que sus reflexiones sobre autores terminaran como audaces análisis sobre una literatura entera. Cualidad nunca menor en la actual hemorragia de sobreinformación en las redes sociales, con su debida proliferación de memes. Gracias por la obra crítica, Ricardo.