Pesa sobre mí cierta debilidad por escrutar la estantería de la casa u oficina a la que soy invitado, así sea de reojo. No importa si es en alguna visita ocasional a la iglesia o a buscar algún negocio. Esta arbitrariedad, que ya no intento siquiera limitar, me ha revelado que los libros se abren paso. He hallado aquí y allá piezas que me mueven hacia la admiración en lugares insospechados. Adivino una secta organizada alrededor de la sobrevivencia conformada por los propios libros, con el fin de autopreservarse, ya que a donde se estaciona uno de ellos suele aparecer otro y luego otro, y así de manera sucesiva, hasta que ese lugar es aniquilado sea con motivo de una mudanza o por deseo de quien puede imponer su voluntad. Siempre llega un momento de decirle adiós a libros que permanecieron anclados en las esquinas de una habitación.

Esta confesada forma de espionaje y acaso de impertinencia (nadie se ha quejado, a este momento), revela parte del misterio de la conservación de la cultura. La curiosidad se sostiene como una fuerza capaz de remover obstáculos para evitar el olvido de la cultura escrita. Por razones desconocidas, más allá de su posible valor, aun se considera que el libro es un objeto venerable que amerita ser conservado o, al menos, que no puede ser depositado en la basura sin antes preguntar si alguien está interesado en conservarlo. Lo natural es que para deshacerse de una pila de libros primeramente se busca regalarla o venderla, ya que se intuye que tienen cierto valor y podrían ser de utilidad para otra persona. Enero y febrero se prefiguran como los meses más favorables para intentar una reorganización del hogar, si bien este anhelo no siempre se lleva a cabo.

La historia de un estante puede ser tan sorpresiva como azarosa. ¿Cuántas manos llevan y traen los libros? ¿Será leído alguno de ellos? Es común que durante alguna reunión alguien pide un libro y se le presta con la certeza de que no es un préstamo sino un obsequio. Cerca de mi casa hay una cafetería con un estante en la cual se ofrece la posibilidad de llevarse un libro siempre que se deje uno. Esta forma de trueque no está gobernada más que por la reciprocidad y nadie está al tanto de lo que de queda y lo que se va. Es una forma transparente en las oscilaciones de la cultura, que otorga sus beneficios de manera caprichosa. Ya nadie tiene dudas de que la carrera de un lector está dominada por el azar. ¿Por qué se lee a tal o cual autor en la adolescencia y no a otros? He notado que para ciertas generaciones la lectura de Verne, Salgari o Dumas fue esencial y ahora son autores a quienes se les reconocen cualidades de excepción, pero es difícil que alguien vuelva a ellos. La lectura de una novela de Victor Hugo requiere muchas horas de esfuerzo y ya pocos parecen dispuestos a realizarlo. Mismo caso de Roger Martin Du Gard y sus Thibault.

Durante la adolescencia compré libros a precios bajísimos porque alguien deseaba deshacerse de ellos lo antes posible. En cierto punto, el objeto libro puede transformarse en un obstáculo, pues ocupa espacio, requiere cuidados y sucede que ya no se necesitan o es preferible no tenerlos cerca. Vecinos me han invitado a retirar de su casa los libros de algún familiar, sea por ausencia o muerte. Esto lleva a pensar que el gozo del libro está relacionado de manera directa con la felicidad, plenitud o mero deseo de amanecer para seguir el juego de la vida. Nadie puede leer en medio de una endodoncia o como secuela de un accidente automovilístico, vivido en primera persona. Las pilastras de libros recuerdan las virtudes del género humano, capaz de intentar actos sublimes, comparables en belleza a la propia naturaleza. En su aspecto menos luminoso, igualmente que las áreas de sombra, los excesos de la vanidad y otros actos en contra de las personas, causan estragos que pueden impactar a millones de personas a lo largo del tiempo.

Las estanterías de lectores ocasionales son ventanas ideales para asomarse a las formas de circulación cultural; carecen de la malicia de quien ya se sabe lector y elige a un autor por encima de otro, incluso con motivo de una antipatía injustificada. Es un lector que no segrega: reunir para coleccionar. Su idea del producto cultural es un conglomerado antes que una ocasión para la selectividad. Ya que no es posible volver a ese punto, al menos queda el consuelo de las tantas lecturas para resistir la inercia de un año que se presume malo de origen.