[La tradición literaria mexicana tiene en el cuento a uno de sus géneros insignia. Por más que la novela sea el género príncipe en ventas, según las cifras de mercado, la ficción breve se impone como el gusto más sostenido de los lectores, sean ocasionales o continuados. “Actualidad del cuento” abrirá una vía de acceso a diez voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que libro a libro abren la brecha del futuro cuentístico inmediato. Hugo César Moreno (Ciudad de México, 1978) ha publicado siete libros de cuento. Entre los más recientes, se encuentran: Desnudo de cuento entero (2015) y Siete puercos mal contados (2016).]

 

—¿Por qué escribir cuento?

No es una decisión en estricto sentido, es decir, no “preferí” el cuento a la novela o a la crónica o la poesía, pues en realidad he escrito de todo. Antes que “cuentista” o “literato”, me considero escritor como condición vital y no bajo la mamonería de un “si no escribo, no vivo”, aunque alguna vez una amiga, también escritora, me preguntó si alguna vez había dejado de escribir, sobre todo por asuntos laborales. La verdad es que no y desde ahí viene lo vital, pues mi profesión me permite (incluso me obliga a) escribir. Escribir conlleva reflexión, es más lento que hablar y permite pensar. En ese sentido soy escritor, como productor de textos. Hay quienes me conocen como autor de literatura y no pueden digerir algún artículo de investigación o ensayo teórico. A otros les gusta el tipo de crónica que he escrito (tengo un volumen compilatorio que espera publicación y cada vez se hace más grueso) y hay quienes me conocen sólo como cuentista.

Sin embargo, ¿por qué escribir cuento? Creo que es una situación de personalidad. Soy poco disciplinado, mi trabajo me obliga a redactar muchos proyectos. Así que cuando me pongo creativo (ja), en lo que menos quiero pensar es en proyectar, lo que me interesa es hacer, crear, iniciar y terminar de una sola vez. Cuando comencé, esto fluyó maravillosamente. Escribí uno, dos, tres cuentos y me gustaron (al menos me gustaron más que las pendejadas dizque poéticas que había escrito). En 2003 inicié con unos amigos la revista El Chiquihuite. Una revista, por supuesto, necesitaba textos y pocos salían, el entusiasmo era mucho, pero no llegaban los escritos. Entonces me puse a escribir, de todo, ensayos, cuentos, poemas, crónicas, me di cuenta de cierta facilidad, sobre todo para la ficción. A partir de ahí me acomodé en el cuento, que tiene la bondad de exigir límites. He escrito cuentos largos, pero me aficioné a cuentos cortos y he intentado la minificción. El cuento es un lugar donde me siento a gusto, donde el mundo es mío según mi ánimo, imagen y semejanza. Como le digo a quienes se atreven a tomar un taller conmigo: uno es Dios en ese momento, y sólo en ese momento.

 

—¿Escribes otro género literario?

Como dije antes, sí, de todo. Aunque la novela me cuesta trabajo porque soy un tanto desesperado. Vaya, por ejemplo, Wences, mi primera novela publicada, es un experimento de resistencia y extracción ontológica (para que se escuche chingón). Se trató de un reto autoimpuesto ¿Qué necesito para escribir una novela en dos meses? La respuesta fue vomitar todo lo que tuviera en ese momento. Bataille y Burroughs, Mi Madre y Marica, eran las heridas más frescas y de ahí me seguí hasta terminar. La verdad es que desde que la terminé hasta su publicación no hubo grandes correcciones, nada de fondo y así es con la mayoría de lo que hago, lo escribo y no lo manoseo demasiado y si tardo en publicar es porque no hay tantos editores. No creo que el cajón del buró escriba mejor que yo y prefiero escribir otra cosa que reescribir mil veces lo ya hecho, si quedó, quedó.

 

—¿Ha variado la escritura del cuento con la aparición de las redes sociales?

No lo sé. Esta es una buena pregunta de investigación: ¿varió la escritura con la aparición de la videocasetera? No lo sé. Estoy consciente de que las maneras de comunicación definen mucho de nuestro comportamiento. Bukowsky se burlaba de aquellos que satanizaban las computadoras, él decía, si esta mierda me deja escribir más, entonces es una bendición. Algo parecido dijo Gonzalo Martré. Hay asuntos tecnológicos que impactan directamente la escritura. Sobre todo si se trata de publicar, en el sentido más elemental del verbo, sacarlo de archivero del escritor. Desde la imprenta, pasando por el mimeógrafo a la fotocopiadora, llegando a los archivos descargables hasta el acto inmediato de escribir alguna estupidez en Facebook o Twitter, hay una evolución en publicar.

Alguna vez, en una fiesta postinauguración de exposición, me presentaron a un tipo que se presentó como escritor, ah, sí ¿y qué escribes?, pregunté más con ánimo de socialización que por interés. No recuerdo con exactitud si dijo poesía, pero es lo más seguro. ¿Dónde has publicado, tienes libros? Todavía no, pero estoy en Facebook y Twitter. Y ¿quién, con argumentos válidos en un sentido amplio, podría decirle que no es un escritor? La vía de salida es más amplia, pero la escritura se sigue haciendo según una organización de signos, que pueden transmitir significados y hasta símbolos. Las letras todavía no se superan.

 

—¿Cómo ha cambiado el género desde los escritores del Boom?

A riesgo de sonar mamón, contestaré con honestidad: no tengo idea, no son autores que haya leído mucho. Recuerdo uno de García Márquez, ese de un señor con unas alas muy grandes o algo así. Creo que viene en el de Doce cuentos peregrinos. No me gustó y abandoné la idea de leer a García Márquez, sobre todo cuando alguien me dijo que “debía leerlo”. No estoy seguro si Fuentes se consideré en el Boom, de él leí Aura y otro, nada más (no me desagradaron, pero alguien me dijo que debía leerlo y cuando se trata de deber en el ámbito literario, huyo), el que me gusta, pero no he leído cuentos, es Vargas Llosa.

Mi acercamiento a la narrativa fue, primero, por los cómics. Después la ciencia ficción. De adolescente sólo leía ciencia ficción y fantasía. Después descubrí a Bukowski. Pero con quien sentí la posibilidad de que era posible escribir fue con José Agustín. De ahí, Carver, Ford. Me gustan las antologías de cuento, ahí he descubierto autores que después sigo.

Pero si algo ha cambiado el cuento desde el Boom, quizá sea que ahora se puede decir que te cagan los del Boom. Vaya, el cuento es un producto social (como toda la literatura), y como tal responde a los cambios sociales. Si hoy el canon es un tanto indecidible, es porque ya no estamos bajo en régimen corporativo. Entonces pueden aparecer muchas pandillas que defienden sus posturas tirando barrio a diestra y siniestra, denostando lo que los del bando contrario hacen sin que nadie se lea.

 

—¿Es cierto que no hay editores que se interesen en los libros de cuento?

Bueno, yo he encontrado algunos. No en editoriales de gran calado ni con renombre comercial. Pero en la independencia los hay. Por supuesto, el gran editor de cuentos es el Estado, sin las instituciones culturales sería más complicado. Sólo hay que ver el número de concursos para cuento en nuestro país. Mi segundo libro lo editó el Estado. Sin embargo, lo que preocupa es el lector. Es decir, ¿la gente lee cuentos? Si hay promedios de lectura que fragmentan un libro, vaya, si se lee 1.5 o 1.7 libros al año, ¿entonces esa fracción de qué tipo de libro es? El cuento es un género noble para el lector. Se puede tomar un cuento y terminar en una sentada o, por lo menos, no se aplastan las nalgas con la misma intensidad que con una novela.

En fin, editores los hay, incluso uno mismo puede convertirse en su editor, por qué no. El problema es que en la república de las letras se encuentra uno con monigotes más papistas que el papa.

 

—¿Escribes minificción o alguna modalidad de escritura breve?

Sí, me gusta mucho. Y me parece incluso más complicado que un cuento corto o mediano. Es maravilloso encontrar minificciones que tengan los elementos para considerarse un cuento. He encontrado varias y no en los libros de encumbrados minificcionistas. Han sido mis talleristas los que más me han sorprendido. Alguna vez se me metió la idea de promover la cultura y diseñé un taller exprés de creación literaria para impartirse en lo que durara una clase en preparatoria. Los géneros eran haikú y minificción. Salieron cosas impresionantes.

 

—¿Qué has encontrado en el cuento que no tienen otros géneros literarios?

En el cuento se puede hacer cualquier cosa. Ser contundente, hacer circunloquios, evitar la conclusión, concluir con un madrazo, la sorpresa o la tensión a la Carver. El cuento, para mí, por mi personalidad, es el género más noble. Es magro. Al final, nada le sobra, nada le falta y sabes que con eso tienes un buen cuento, un cuento que cumple. Evita, creo, el exceso de egolatría. Un cuento no te convertirá en el gran autor. Pero dos, quizá sí. Además, para el cuento sólo necesito tomar la decisión de escribir algo creativo, sentarme, pensar alguna frase, una idea, una palabra y pum, tac, tac, tac, tac. Antes me preocupaba mucho por la corrección de las palabras, por evitar algunas, etcétera. Hoy, nada me preocupa, me pongo a escribir y tac, tac, tac, lo que salió, salió.

 

—¿Cuáles son los cuentistas que más frecuentas? ¿Por qué?

Bukowski, Carver, Asimov, Bradbury, Dick, tuve una etapa muy Lovecraft. Básicamente los frecuento porque me gustan. También leo mucho a mis contemporáneos. No diré nombres para no herir susceptibilidades. He leído bastantes libros publicados por Tierra Adentro (pueden revisar estas lecturas en el sitio Suplemento de Libros, de Librosampleados) y, sólo bajo ese parámetro, me atrevo a decir que el cuento mexicano tiene muy buena salud, a pesar de los clásicos asesinos de la literatura (esos que matan todo porque no son ellos los número uno, qué cagantes), también he leído latinoamericanos, no son superiores a los mexicas, están en su latitud y desde ahí hay que leerlos, sin comparativos angustiantes según un ¿quién es mejor? Me gustan mucho los estilos que abundan en localismos. Si alguna vez me puedo dar el lujo de argumentar mi tesis de que la única posibilidad de ser universal es ser local, lo haré con base en muchas de esas lecturas del español. He preparado una antología de autores que viven o nacieron en alguno de los municipios del Estado de México conurbados al ex-DF. Ahí vienen grandes cuentos de escritores muy jóvenes.

 

—Has publicado siete libros de cuentos. ¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores?

El contacto que he tenido con lectores siempre ha sido bueno, o muy bueno. Los hay que buscan todo, los hay quienes sólo conocen un libro y no les interesa más. La mejor crítica que he obtenido fue de una niña de secundaria, quien después de una presentación se acercó para decirme que le gustó mucho mi libro porque no la aburrió. No soy un gran vendedor de libros. Lo digo en toda la extensión de la idea, no soy un vendedor, ni siquiera de mí mismo, admiro y envidio a los colegas que saben estar, que buscan, se venden (en el mejor sentido) y logran vivir de escribir literatura. La verdad es que nunca me impuse esa meta, aunque mentiría si dijera que no me interesa, pero me gusta mucho lo que hago para ganarme las chuletas y no sé si preferiría ganármelas con la literatura. Ahora no estoy seguro si tengo pocos lectores (dependerá de cómo se calcule eso), con siete libros de cuento, dos novelas y una novela para niños, bueno, yo creo que pasan de cien. Por lo menos más de diez me han buscado en Facebook.