Ya me parece claro que la forma más óptima para el trabajo crítico es el fragmento, esa forma de abordaje azaroso que orbita con paciencia en tanto perfila el punto más delicado para enterrar la astilla. Una vez que lo detecta, su entrada no puede ser ignorada. De otro modo, la verbosidad diluye la intención frontal para transformar una idea en un prisma irregular, visible desde espacios múltiples —nadie lo duda—, pero desenfocada para lograr una imagen de un objeto. Viene a cuento que Ángel Rama defiende en un programa televisivo el oficio del crítico que trabaja fuera de la academia, en las calles, en medio del bullicio y las condenas a grito resuelto. A su modo de ver, ese es el lugar natural de la producción de cultura y, por lo mismo, esa cercanía le permite hacerse de un testimonio más fidedigno al que no accede el académico que trabaja para ganar puntos.

Encuentro unidas tales modalidades de acción crítica en Ricardo Sevilla (Ciudad de México, 1974), quien ha demostrado cualidades indispensables de lector y crítico, siempre en una vertiente de ácida inconformidad, virtudes cada vez menos fáciles de hallar en el chisporroteo olvidable de la prensa, las revistas juveniles de aspiración literaria (inexcusable esta ausencia, pero tales son los tiempos) y el cotilleo ridículo de quienes se arrojan a la crítica y cuando perciben que conlleva un adverso costo humano, corrigen el camino para ser “narradores” o “poetas” de manera exclusiva, en lugar de escritores a secas, con independencia del registro que se elija. Sevilla escribe con una perspectiva distante de la hegemónica autocomplacencia y prueba de ello es Pedazos de mí mismo (2016), un “diario de fastidios”, si hemos de atender a sus palabras, que continúa esa modalidad ininterrumpida del escritor que explora su entorno y carece de miedo para anotar lo que percibe, así sea a costa de quienes se leerán como un señalamiento directo.

La suma de taras contemporáneas anda en estas páginas y en el centro puede atestiguarse una condena directa a cierta manera de ejercer la literatura en la actualidad, demasiado fuera de su propósito de inicio y muy cerca de lo que las cifras de venta determinan para los miembros de los consejos de administración de las editoriales que proyectan una vida de ventas, antes que una interacción de raíz con una tradición literaria. Y si bien ya antes había advertido la proximidad del crítico con el moralista, pues ambos dedican sus energías a fustigar al próximo y sólo cambian las ideas de fondo, ante este volumen esta relación íntima se vuelve transparente entre los usos del día a día y los modos que hemos inventado para orientar la gestión del oficio literario durante el tiempo en que nos es permitido. Ya vendrán otros y tendrán ideas diferentes.

Sevilla es puntual en sus anotaciones. Innegable mérito de salida. Es de “línea dura”, para hablar con esa misma claridad, a diferencia de otros críticos para quienes el brindis de la presentación de un libro es apenas otra ocasión para acercarse al autor y ampliar su “ámbito de influencia”. Y más: habla desde el “yo”, esa voz necesaria aunque desacreditada en la idea de que toda producción humana debe ser útil a los demás, por lo que debe nutrirse de “voces múltiples”, con lo cual ganaría su pasaporte a la credibilidad en línea con la pretensión democrática del cuerpo social, que refiere que aquello decidido por la mayoría es implícitamente bueno para todos. Nada más falso.

Vuelvo: Sevilla es exigente y subraya la falta de inocencia en quienes capitalizan el entusiasmo por la literatura hasta volverla una máquina con aspas para cortar la cabeza de los potenciales lectores. ¿Cuál era la función inicial de la literatura? ¿Ser un sablazo, un golpe en la mesa, aquello de lo que no es posible hablar a los pequeños porque “ya lo descubrirían” a su edad? Nos alejamos de la conformación del saber literario por la sed de llenar foros con individuos que desean probar las cualidades de sus teléfonos, cuando lo que importa o debe importar es el libro.

Los modos de entender y ejercer la literatura son variados, pero hay uno que preserva el saber esencial e intenta diseminar su importancia. El culto de la literatura difícil no es una superstición y aspirar a ser uno de sus párrocos se vuelve una utopía, pero ¿quién podría negarse a perseguir un sueño? Allí seguirán quienes asumen la escritura como una moneda de cambio para emborracharse con ego, que a nadie le falta. A Sevilla esto le parece condescender a una facilidad y yo vuelvo a sus páginas.