Cada época moldea sus referentes para el presente y el futuro y en ese movimiento pendular, azaroso y discutible, se edifica una senda al pasado para buscar los restos de una arquitectura intelectual semejante a la que se presenta a los ojos que la buscan en la multiplicidad de señales verdaderas o ficticias. La época actual, a caballo entre la conformidad y la miopía, se entrega con frenesí a la confirmación de los beneficios del mercado, como si fueren inobjetables o como si representasen el más alto valor posible a ser alcanzado por una sociedad que no logra entenderse a sí misma.

Siempre ha estado dispone alguna edición en español de Walden (1854) de Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862), pero ahora parece más que nunca una opción para dejar de lado el ruido permanente que llega del exterior, con toda su inmundicia y todo su deleite. El libro narra un episodio aproximado de dos años en la vida del escritor norteamericano, en el que vivió en una cabaña construida por él mismo, en las inmediaciones al lago Walden. Thoreau cultivaba sus alimentos y escribía sobre este modo de construcción de una experiencia personal a la distancia del núcleo social. Hago referencia a que Walden siempre ha estado al alcance porque a fecha reciente su presencia se ha vuelto más notoria. La obra del autor de La desobediencia civil (1848) se inserta de modo natural en la vivencia contemporánea, en donde el exceso de información y la sobrepoblación de contenidos (muchos de ellos, atroces), dificulta la posibilidad del hombre de hallar un rostro en la multitud.

Encuentro la siguiente cita de Ralph Waldo Emerson en su ensayo Confianza en uno mismo: “Creer en tu propio pensamiento, creer en que lo que consideras verdad en tu fuero interno es verdad para todos los hombres: en eso consiste el espíritu”. Traer a cuenta a este pensador igualmente norteamericano no es casual: fue uno de los más admirados por Thoreau y fue quien lo acercó al trascendentalismo. En ambos escritores, por lo mismo, destaca la revalorización del individuo en medio de un paisaje en ruinas. ¿No es lo que se requiere en la actualidad? ¿Una vuelta al origen del ser, de la persona, del reconocimiento al otro? Encuentro que la obra de Thoreau encaja de manera ejemplar en la actualidad y la aparición continuada de algunas de sus obras podrían considerarse como un indicio de que esta percepción está lejos de ser producto de la admiración de un lector.

Su confianza en el paseo como actividad refundadora lo coloca junto a Robert Louis Stevenson y William Hazlitt como uno de los paseantes escritores más notables de la historia literaria. Su capacidad para notar el entorno se vuelve en una experiencia aleccionadora. Después de leer páginas suyas te asalta la inquietud sobre si la percepción no es un arte al igual que la lectura o la propia escritura. El bosque se reinventa a través de sus palabras. Prueba de ello es el propio Walden aunque igualmente Musketaquid (1849) —titulado originalmente Una semana en los ríos Concord y Merrimack—, relato de un viaje a lo largo de esos ríos en compañía de su hermano hecho diez años antes. Encuentro en Thoreau una modalidad exquisita de apreciar el entorno, de transformarlo en palabras y huir del temor de asumir que una experiencia que es de todos conocida no amerita ser contada. Esto es: cualquiera que salga al bosque experimenta el canto de los pájaros, el sonido el viento agitando las hojas de los árboles, el movimiento del agua de un lago con el soplo del viento… Sin embargo, recrearlo no es reto menor. Hay detalles que se olvidan o que terminan por ser abrumadores para el lector acostumbrado a leer una historia en la que aparecen dos personajes ebrios en la página a media noche y uno le dispara a otro. Fin de la historia.

Quizá parte del encanto de esta escritura es su conquista del preciosismo sin acentos barrocos. Y más: la brevedad que se encarna en opúsculos que permiten el tránsito al lector y hasta lo arropan. No se olvide que durante el siglo XIX los libros más célebres tenían una extensión promedio de quinientas páginas, fueran de Charles Dickens, George Eliot o Wilkie Collins. La enorme excentricidad de Thoreau es apostar por un formato fuera de la hegemonía de los textos que entonces se publicaban primero en periódicos y luego en formato de libro. Es como si tuviera que hallarse esta escritura tras cortinas de los distractores convencionales que ahuyentan al lector promedio.

Thoreau es la delicadeza, la pincelada perfecta, el salto al lugar seguro. Mismo caso de Un paseo invernal (1843), relato breve de exactamente eso: un paseo en invierno. Nada más. Sin pirotecnias, efectismo, exotismos trasnochados, tramas que se extienden a lo largo de las décadas para llegar al amor verdadero. Llegó la hora de volver a lo esencial, que es la experiencia interior cuando la exterior resulta intolerable. Se lee en Escribir (2007), volumen antológico de sus apuntes sobre el acto de la propia escritura: “Algunos de nuestros días más pródigos son aquellos en los que no brilla el sol en el exterior, sino que más que un sol brilla en el interior. Amo la naturaleza, amo el paisaje porque son sinceros”. Así se organiza la escritura de Thoreau, sea que se lea Caminar (1862) o cualquier otro de sus libros. Para él, la experiencia interior queda relegada y no es sino hasta que se pasea en exteriores, en que la naturaleza tiene la voz, en que aflora y vuelve a sugerirnos en qué rumbo dar el siguiente paso. Podría aceptar que acaso no sea el rescate literario que reconfigurará nuestro tiempo, como sí lo ha hecho Robert Walser, por ejemplo, pero no que su escritura es menor y que su obra de relevancia es política y se limita a La desobediencia civil. Esa es la que menos importa, a mi modo de leer, si bien leída a conciencia no es sino otro capítulo de su énfasis en la importancia del individuo por encima de la masa.