La aparición del comúnmente denominado The Black Album (1991) distanció a los seguidores duros del thrash y heavy metal de Metallica. Miente quien afirme lo contrario. Era lo esperado. Y es que tres años antes, …And Justice For All, logró levantar el entusiasmo de quienes aún suspiraban por la rapidez y crudeza de Kill ‘Em All (1983), lo cual no habría de repetirse. Por supuesto no escuché este disco cuando apareció (entonces tenía cinco años de edad), pero una vez que lo hice se volvió un referente inmediato a partir del cual medir la radicalidad de las propuestas que se presumían más veloces. Metallica dejó una estela para otras bandas no sólo norteamericanas, sino igualmente europeas y hasta asiáticas. A más de treinta años de su aparición, ese disco se mantiene sólido y sus canciones han marcado una época en la historia del metal.

metallica-1983
En mi caso, a partir del disco The Black Album, me olvidé de la banda. Memoricé las canciones a fuerza de que sonaron en la radio de manera repetida y eran reproducidas en multitud de reuniones entre amigos. No había forma de escapar de “Nothing Else Matters”, por ejemplo. Me pidieron escuchar Hardwired… to Self-Destruct (2016) y luego de hacerlo concluyo que es un tropiezo significativo. Es claro que ningún artista se mantiene idéntico a lo largo de las décadas, aunque sí es perceptible que declinaron la posibilidad de volver a su identidad de origen para buscar el aplauso fácil de los estadios, en que los que ya nunca faltará el canto multitudinario para celebrar sus canciones. Yo me quedo con nada entre las manos. El disco no es más que otra reiteración lamentable de una banda que se mantiene conservada en hielo. Asistí formalmente, a lo largo de dos discos, al sepelio de una de las bandas más emblemáticas de todos los tiempos.

Para que la experiencia fuese un acontecimiento, me serví un mezcal y subí el volumen al aparato. Ni una sola sorpresa, excepto por lo que contiene el disco tres en la Deluxe editioncovers de Iron Maiden y Deep Purple y algunas canciones grabadas en vivo del Pasado Glorioso, como Ride the lightningHit the lights y otras. El resto es una sequía de canciones por lo regular superiores a los seis minutos de duración (muy el estilo de ellos), que giran sobre los mismos acordes y terminan por asfixiar la posibilidad de atisbar parte de la frescura de antaño. Los tamborazos ya no sorprenden. Ambos discos suenan a la confesión de una gran pérdida. Aquí lo fácil sería decir que “no entendí el disco” o que “nadie está obligado a repetirse”, pero hizo falta invención, gusto por el riesgo, capacidad de intentar un giro frente los seguidores y el mercado. De eso, nada. Lo mismo, canción tras canción. La vieja velocidad de antaño se transformó en una delirante compresión de lo mismo.

Me propuse volver a los discos que median entre The Black Album y Hardwired… to Self-Destruct para descubrir con exactitud en qué momento la banda perdió el vínculo con el metal para instalarse de lleno en la autocomplacencia y el desaliño. Es posible que el apretado calendario de giras no les permita dedicar horas a la composición. O que navegar en la repetición sea más sencillo que intentar una forma nueva en alguna canción, ya no digo en el disco entero. Pero el tamaño de la decepción no puede ocultarse. En su momento, cuando apareció The Black Album se culpó a Bob Rock, productor advenedizo capaz de extraer gotas de agua a la piedra más porosa del río. Él produjo discos de Bon Jovi o The Cult, con lo que ya no hace falta decir mucho. Ahora fue Greg Fidelman quien llevó el barco de producción y el resultado es desalentador aunque no puede culpársele. Al final, la banda llega al estudio con el trabajo en crudo y los equipos de grabación no hacen milagros por sí mismos.

Es triste verificar que otra de las estrellas que dieron esperanza a la generación de los nacidos en la década de los setenta, pierde su brillo y anda hacia su extinción. El paso del tiempo es inflexible y no permite que nada se preserve idéntico. El indiscutible mérito de Metallica ha sido mantener a flote una banda de metal (ya no digo thrash metal, como alguna vez lo fue), en medio de los vaivenes caprichosos de la vida americana, siempre atenta de lo nuevo y presurosa por celebrar la diferencia sólo por el hecho de serlo. No obstante lo anterior, el disco podría ser un destello de esperanza para quien se propone llevar una actividad hasta el final, así sea que ya no puedan igualarse méritos del pasado.