[La tradición literaria mexicana tiene en el cuento a uno de sus géneros insignia. Por más que la novela sea el género príncipe en ventas, según las cifras de mercado, la ficción breve se impone como el gusto más sostenido de los lectores, sean ocasionales o continuados. “Actualidad del cuento” abrirá una vía de acceso a diez voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que libro a libro abren la brecha del futuro cuentístico inmediato. Alma Karla Sandoval (Jojutla, Morelos, 1975) ha publicado dos libros de cuento: Hipnosis (2008) y Todos los mares llevan a Virginia (2014).]

 

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—¿Por qué escribir cuento?

Porque la vida se entiende mejor cuando nos acercamos a sus momentos límite. Quiero decir, a esos minutos que condensan los porqués de una existencia común o desgraciada. El buen cuento es eso: no sólo una semilla de baobab –Cortázar dixit–, sino una biopsia, la muestra de un todo alterado por los acontecimientos de lo que llamamos destino, azar, misterio, Moira que se maldice o se celebra. El cuento también es una fotografía o el cuadro del pintor chino que Marguerite Yourcenar nos ofrece. Y es que esa imagen en aparente inmovilidad, cobra fuerza con la síntesis, la unicidad de su anécdota como eje, como corazón cuyas diástoles forjan un ritmo del que no se escapa. Ah, doy con otra respuesta: también se escribe cuento porque algún día, de alguna forma, dejamos de latir, ya no viajamos.

 

—¿Escribes otro género literario?

Escribo poesía, ensayo y novela. Mi producción está signada por la mendicidad de un género que, en nuestros días, muestra el camino de peligrosas resistencias, de necedades que convierten al poeta en un escudo humano, en un unabomber. El poema es un asunto suicida, a menos que te prostituyas de una vez y para siempre con becas del Sistema, premios muy cuestionables, etc. Se dicen que nadie lee poesía, que no se vende, que para poder morir en paz, el poeta debe pagar sus ediciones y regalarlas, como suele ocurrir. No obstante, el saber oscuro de ese arte se mantiene vivo a costa de quién qué razones. Quizá porque los bardos son buenos piratas o mercenarios capaces de todo, incluso de escribir narrativa para no morir antes de que termine la fiesta. De ahí que el cuento, hermanado en el ritmo, en la concreción, con el poema, es un oasis para quien esto escribe cuando la poesía es puro tormento y sed de complicidades, de palabras que cuentan y no cantan, pero valen igual y son agua fresca. El ensayo, por su parte, exige leer, pensar, detenerse, disfrutar el bosque, admirar cada hoja, cada cita, buscar otros páramos. La novela es el mar. A veces se naufraga.

 

—¿Ha variado la escritura del cuento con la aparición de las redes sociales?

No lo creo y miren que mi definición de cuento es rizomática, abierta a cualquier performance de la expresión. No sé si el medio sea el mensaje. En cuestiones literarias, desconfío de Macluhan. Si nos ponemos serios, no existe una definición de cuento que valga para todos. Hay estilo y tentativas de estructura en cada autor, pero si Twitter, por ejemplo, determina el hecho de que se escriban microcuentos y no relatos ortodoxos, no sé. Las redes ofrecen la ilusión de que hay lectores al otro lado de la pantalla, aldeas completas asomándose en tus historias. He ahí la tentación pura para un cuentista que prefiere figurar primero y escribir después. La estética es paloma de otras nubes. Italo Calvino nos advirtió que la literatura debía ser visible, veloz, leve, múltiple, exacta y consistente en este milenio. Para afirmar que las redes sociales ayudan a que eso suceda tendrían que mostrarme varios casos y, además, esa mutación debería sostenerse algunas décadas. Falta tiempo para saber.

 

—¿Cómo ha cambiado el género desde los escritores del Boom?

El género se ha agriado y percudido. Está bien. El realismo sucio se impuso sobre lo fantástico que ahora resulta, incluso, romanticismo en esplendor. Conozco pocos cuentistas jóvenes que deseen escribir como Fuentes, García Márquez o Cortázar. El Crack pretendió sepultarlos, les pintó el dedo como un adolescente enojadito que no quiere saber de sus padres y cuya ingratitud, ¿o resentimiento?, también les cortó las alas, les quitó la herencia. Preguntémonos ahora, ¿qué fue lo que el Mac´Ondo se llevó? La novísima literatura mexicana se teje con lo que encuentra y se pierde. No hay exilio, mito, ruptura de tiempos y espacios, búsqueda de identidad. Ya no importa cómo se imagine, por qué, para qué. Recuerdo un ejemplo de Nuccio Ordine que ilustra muy bien lo que ocurre con nuestros cuentistas: dan por hecho el agua, pero cuando les preguntas ¿cómo la sienten?, te preguntan qué es eso. ¿Hay agua?, responden. La mayoría de los narradores de mi generación y la que escribe ahora, piensan menos, se comprometen muy poco. Hay un zombie en cada uno de los que llegan al Versalles de la literatura, como me gusta llamar a ese territorio que es un no-lugar ambicionado, un nimbo con cadenas editoriales, con gente cínica y cuya frialdad alarma; gente que come muy bien, que viste trajes costosos, que viaja por el mundo sin desquitar el importe de sus boletos; gente que escribe en medios importantes sin decir nada inteligente en verdad. Son creadores poco sensibles, son un cliché a final de cuentas. Ahí tienen a Valeria Luiselli.

 

—¿Es cierto que no hay editores que se interesen en los libros de cuento?

Es cierto que han surgido nuevas ideas sobre los libros que venden y los que no. Se habla, incluso, de la novela literaria y la novela comercial que funciona muy bien en cierto circuito, con cierto tipo de lectores, con ciertas fórmulas, con reglas que no se deben romper para acercarse al objetivo soñado, para algunos, del best seller. En esa esfera, claro que el cuento no importa, ni existe.

 

—¿Escribes minificción o alguna modalidad de escritura breve?

La mayoría de mis cuentos son breves. He intentado alargar las historias, pero los años como poeta contaminaron mi narrativa, por lo que soy señalada. Se cree que un cuento no debe pasar factura estética, que los narradores deben ser sobrios, mediados, fríos, como Tolstoi, y no como Dostoyevski, eso me han dicho en varios talleres literarios, sino es que en todos donde todos pretenden escribir igual. No lo creo. Las obras de Elena Garro, de Ámparo Dávila, Silvina Ocampo, Rosario Castellanos, Rosario Ferré, Marguerite Yourcenar y, sobre todo, de Colette y Virginia Woolf, están plagadas de imágenes poéticas, de ensoñaciones, de cortes, de símiles insólitos, de ritmo y colores deslumbrantes. A veces, no muy segura de ello, me pongo a pensar que el trabajo de las mujeres es cuestionado Ab ovo porque no escribir como hombre, que es como se supone que se debe escribir, es un error fatal.

 

—¿Qué has encontrado en el cuento que no tienen otros géneros literarios?

Remanso. Libertad sin palabras que deben ser palabras en la mejor de sus acepciones. Palabras al servicio de lo que les ocurre a los seres humanos, palabras vivientes. No es poca cosa.

 

—¿Cuáles son los cuentistas que más frecuentas? ¿Por qué?

De esta pregunta se puede sacar un libro. Qué complicado es responderla, tendría que ir por países, por épocas, por generaciones. Con todo, vuelvo a Onetti, a Chejov, a Bioy Casares, a Hemingway, a Kafka. Aplaudo, ya lo dije, a Colette, Ocampo, Woolf, George Sand, Katherine Mansfield y las demás nombradas líneas arriba. Voy a sus páginas porque tocan temas que me aluden, porque su estilo no ofrece concesiones, porque cuestionan, porque lo más íntimo de la humanidad no les es ajeno.

 

—Has publicado dos libros de cuentos. ¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores?

Sólo he publicado dos libros de cuentos: Hipnosis (2008) y Todos los mares llevan a Virginia (2014). No debería tener quejas. Algún cuento se hizo cortometraje, algún otro aparece en antologías. He ganado premios muy modestos. Ha habido cierto estímulo.