Si bien la multiplicidad de intereses de Nicolás Gómez Dávila (Bogotá, Colombia, 1913-1994) termina por obstruir la posibilidad de un acceso inmediato a su obra, y en específico a la esencia de su pensamiento, una lectura integral, lejos de la urgencia, realizada en contra de las obligaciones que impone la velocidad de la producción editorial, permite vislumbrar que tal esencia es un procedimiento retórico en el cual es posible incluso la contradicción siempre que se motive una explosión en los cimientos de ideas que no suelen ponerse en entredicho. Esto no deja de ser paradójico por el temperamento propio de Gómez Dávila, taciturno, de aire clásico y generador de la idea del ahora célebre “reaccionario auténtico”, en contraposición con el simpatizante de la comúnmente hueca “derecha”, sea por herencia, legado y peor aún: conveniencia, o porque sea producto de una de sus fuentes reconocidas históricamente: la burguesía o la iglesia.

La idea del pensador colombiano, goteada en cada uno de sus Escolios a un texto implícito (e incluso en Textos I, o Textos simplemente, que leídos con atención presentan la misma morfología fragmentaria, sólo que unida), es que, tal como se pensó desde los presocráticos, nada es estático y las ideas que se presumen con mayor solidez, que no admitirían prueba alguna contra ellas porque así lo consigna la alabanza popular, caen por tierra con el primer soplido del viento. Una de ellas: la democracia. La idea que se tiene de Gómez Dávila es que forma parte de esa reducida familia de pensadores que se encerraron en un cuarto a pensar, rodeado de los libros que ameritan ser leídos (obras clásicas, en su mayor parte), sin embargo, a decir de J. Miguel Serrano Ruiz-Calderón, en Democracia y nihilismo. Vida y obra de Nicolás Gómez Dávila (Pamplona, 2015), el autor colombiano llevaba una “vida en el mundo”, al pendiente de obligaciones de naturaleza comercial por asuntos de herencia y se mantenía atento de lo que sucedía a su alrededor, al punto de participar en la fundación de la Universidad de Los Andes, en Bogotá. De lo cual ya se ha dicho sobradamente, aunque acaso valga la pena subrayar de nuevo que Gómez Dávila no era un Robinson de las ideas.

Sus Escolios admiten una lectura oracular y de aluvión. Son páginas que se abren para despertar ideas y sensaciones, que van desde el rechazo a conceder que una intuición pueda poner en crisis ideas fundamentales, a la aceptación franca de que el pasado siempre fue mejor. Gómez Dávila, a pesar de su intento por deslindarse, configura como un conservador, pero no es uno convencional, al menos así quiso serlo. Jorge Edwards calificó a Thomas de Quincey como un “conservador anarquista” y es posible intuir cierto parentesco entre esa composición de sangre del autor inglés y la del colombiano, ya que ejerce una forma demoledora de conservadurismo que no admite la descalificación previa, lo cual ha generado lecturas atentas entre otros pensadores, como la de Fernando Savater, quien no podría estar más lejos en política de las posturas de Gómez Dávila. En la secuencia larga, aunque poco sustancial de extravagantes, este autor demanda un sitial de privilegio porque cada una de sus líneas es una invitación al desarrollo de un tratado, lo cual no necesariamente es un elogio porque nadie tiene tiempo que le sobre como para darlo al azar en la confección de elaboradas teorías sobre asuntos que no admiten solución, la mayoría de las veces.

Una edición española de los Escolios, que se mantenía casi en secreto en las ediciones de Villegas Editores (Colombia) y las redes sociales (créalo o no), han motivado un rescate de su obra, pues el formato breve y corrosivo de sus afirmaciones circula con libertad a una velocidad antes impensada. La simplificación permanente de quienes señalan como “fascista” cualquier pensamiento diferente, ha mantenido lejos de los reflectores a su obra. Persiste la dañosa inercia de que cualquier idea que no se elabore con la finalidad de lograr el “favor popular”, sea invisibilizada hasta desaparecer. Aquí el mérito de esta obra del pensamiento sobre una forma posible del hombre que no admite el silencio, conforme pasan las décadas, gana lectores entre quienes el griterío del estadio no tiene más valor que un “sí” dicho en un café a media voz. En ocasiones, disentir es una obligación de orden moral.