No es inusual que la ciencia ficción haga uso de la memoria como eje de su temática. Atestiguar de manera gradual su pérdida en individuos con padecimientos mentales, genera la convicción de que sin ella, sin sus pliegues, luminosos o sombríos, perdemos parte de la humanidad que nos constituye hasta reducirnos a materia orgánica que cumple sus procesos químicos y biológicos. El ser como máquina, tal como planteó el mecanicismo.

El descubrimiento de la saga de Ghost in the Shell, cuyo primer manga se publicó en 1989, firmado por Masamune Shirow, me reveló lo que parcialmente ya había tratado Philip K. Dick en numerosos relatos y novelas: el hombre es el ser-que-habita-en-la-memoria, más aún que en la secuencia de planos que se denomina “realidad” y de la cual, pasados los años, apenas se recordarán filamentos de instantes que perdurarán con tanto capricho como azar. La parte que sigue ya se sabe. Mamoru Oshii hace una primera adaptación en animación del manga en 1995, que pasados los años gana el estatus de culto y nueve años después vuelve a la carga con Ghost in the Shell 2: Innocence, con lo cual amplía las posibilidades de la inteligencia artificial, la “vida” en la red y extrañas anomalías, casi indefinibles, que confirman que no se tiene nada bajo control una vez que nace. El resto es atestiguar.

Debido a la asociación con la estética ciberpunk, en 2005 escribí sobre William Gibson. Entonces me pareció que la temática concentrada en la memoria tenía un sesgo literario y la nueva adaptación de la película de la mano de Rupert Sanders (Westminster, Londres. 1971) me lo confirma. Esto genera una oportunidad única para acercar a millones de personas una historia que amerita ser conocida. Ghost in the Shell (2017) más allá de la pirotecnia digital —alucinante, sí, pero cada vez más usual—, es relevante por su énfasis en las posibilidades de lo humano cuando la tecnología se vuelve una constante cada vez más frecuente. Las miradas al futuro suelen ser redundantes respecto al extravío de lo humano ante el predominio de la tecnología, pero la mezcla de complot policial, drama tecno-metafísico y ontología de la memoria, convierte a esta historia en un instante catedralicio para intuir hacia dónde nos dirigimos. También, desde la parte narrativa, cómo lograr una exploración de un futuro posible sin arruinarse en el camino con acentos panfletarios o de repetición de las fórmulas. Ghost in the Shell se encuentra entre lo más granado del género.

Como sucede con otros mangas exitosos, se han generado continuaciones, series de televisión y demás productos derivados. No obstante, la historia que presenta a los miembros de la Sección 9 y a la Mayor Motoko Kusanagi, especialmente, que se debate en un abismo de recuerdos, al parecer ficticios, experiencias que tienen la apariencia de haber sucedido pero de las cuales no es posible establecer su veracidad, se mantiene como un hito entre los conocedores. Y a resultas, ¿no es así como vivimos? A salto de mata entre cortinas de imágenes que creemos haber soñado o vivido, si bien no hay una manera de establecer parámetros de verdad cuando se vive rápido, entre los cortes del tiempo que se agota y apenas permite asomarse con fugacidad hacia atrás.

Es posible que sea porque juzgo a la memoria como un asunto literario de primer orden, pero esta nueva adaptación del manga logra transmitir la falta de certeza en lo que denominamos “existir”, con lo cual el potencial literario se encuentra a la vista y no queda sino asomarse para atestiguarlo. Rupert Sanders, que inicia su carrera como director y que ganó alguna celebridad con Snow White and the Huntsman (2012), logra un relato tenso de hallazgos y recriminaciones, en donde la bellísima recreación de una Tokio propia de un futuro espectral (cercana en estética a la aparecida en Blade Runner), se alimenta con los cadáveres de seres que han dejado atrás su condición humana para andar hacia una forma híbrida de coexistencia, en la que máquina y tecnología cooperan para modificar el ser esencial del hombre, si tal concepto aún es posible. En otra vertiente, impensada aunque posible, Ghost in the Shell amplía el debate teológico sobre los alcances del hombre que vive en espacios dominados por tecnología de primer nivel.