Lo mismo el azar que un resabio de nostalgia me llevaron de nuevo a las páginas de Hace falta un muchacho (1913), ese libro de orientación que se imprime sin control y sin el mínimo de cuidado editorial y que es fácil hallar casi en cualquier domicilio con un librero. No me parece inexplicable que este libro pueda encontrarse con absoluta facilidad, pero que nadie, o apenas nadie, lo lea. Es la clase de paradojas que habitan a las sociedades modernas: biblias en los hoteles de paso, políticos con un discurso social sin el mínimo respaldo, venta de drogas en una sociedad que se impone a sí misma rechazarla como una práctica regulada, etc.

Ese hallazgo me llevó a descubrir que apenas hay información disponible sobre Arturo Cuyás Armengol (1845-1925), autor del citado libro. El sitio web “cervantes virtual”, máximo acervo de conservación para la escritura hispánica, no registra siquiera una mención. Con lo anterior no señalo que su obra importa y deba conservarse —ya hay un mercado de editores espontáneos que lo hace desde décadas atrás y al parecer no se detendrá—; lo que señalo es que no hay menciones, que hay un autor que habita entre los lectores y del cual apenas es posible encontrar información. Esto, no obstante que los exiguos registros que ofrecen datos de su vida, lo señalan como lexicógrafo y autor del Diccionario español-inglés e inglés-español (1876), el célebre “Cuyás”, que aún se consigue en las librerías, así como de otros títulos, propios del oficio periodístico que por lo mismo ya perdieron su capacidad de atraer a nuevos lectores. Su obra no rebasa la decena de títulos y entre ellos, casi al final de su vida, se encuentra Hace falta un muchacho, a la manera de un testamento de urgencia para beneficio de una juventud que ya no vería crecer.

Leí este título en la adolescencia y la relectura me clarificó lo que recordaba: el volumen es una acumulación de historias que buscan lograr que los jóvenes se transformen en “individuos de provecho”, escritas con un estilo transparente y sin afectaciones. Hay citas de autores clásicos y ejemplos mitológicos. La secuencia de anécdotas expone los pilares de un “hombre de bien”: trabajador, honesto, atento de su entorno y presto para ponerse al servicio de la causa justa. Se ha perdido sólo en parte el vigor de cada una de las afirmaciones, pero la intención se mantiene válida como tratado laico de la formación del individuo. Es una fortuna que la cultura clásica a la que hace referencia Cuyás Armengol, no le permita terminar como otro panfleto de la cristiandad y, por el contrario, los ejemplos buenos y malos de la antigüedad clásica dan sustento a su idea de la vida ejemplar.

Hago una prueba de campo y acudo a los puestos de libros en las inmediaciones del Palacio de Bellas Artes. Pido un libro de orientación para los jóvenes y ocho de diez me ofrecen Hace falta un muchacho. Acto seguido, novelas de Carlos Cuauhtémoc Sánchez y de otros autores del mismo segmento —hasta los libros se parecen y tienen hologramas de diamantes para confirmar el valor de la obra (¡!)—. Podría jurar que ninguno de los vendedores ha hojeado siquiera el libro de Cuyás Armengol, pero no ponen en tela de juicio sus cualidades y su capacidad para generar interés en los lectores. Es el libro que darían a sus hijos con los ojos vendados, en la consideración de que no los defraudarían en la búsqueda de un destino con un mínimo de dignidad, en un mundo cada vez menos dócil.

En la prueba de campo faltó la verificación sobre si las escuelas son la fuente de este interés en el libro. Conseguir el título que pidió el maestro se vuelve el santo y seña de la acreditación de la materia. Sin embargo, la relectura sirvió para confirmar que ha subsistido al olvido del tiempo por su énfasis en la rectitud (más necesaria que nunca) y por mostrar cuán oportuna es la necedad para perseguir los sueños. A resultas, una vida sin objetivos al frente se transforma en otra ocasión para la inmovilidad y la muerte prematura.

En dos mil trece se cumplieron cien años de su publicación y no recuerdo una sola nota de prensa al respecto. Es un libro que ya probó que no detendrá su permanencia, a pesar de todo lo que pueda existir para distraer a los jóvenes. “No hables en voz muy alta ni gesticules. No disputes ni pretendas imponer tu opinión”, consejo tan oportuno ahora como cuando se escribió, pues la velocidad en las comunicaciones nos deja en medio del griterío de la plaza y sombrillazos hasta en días de sol. Ignoro si hacen falta más muchachos —el mundo se vuelve cada vez más inhóspito—, pero lo que sí hace falta es una guía de vida para los que ya son actores de la suya. No parece equivocado iniciarse con la lectura de este libro. O recobrarlo para contrastar con las metas alcanzadas.