Terminé la lectura de Evil Relations (2012) de Carol Ann Lee, continuación de One of Our Own (2011), cuando leí en la prensa sobre el deceso de Ian Brady (1938-2017), uno de los asesinos en serie más enigmáticos de la historia reciente de la Gran Bretaña. Brady, quien llevaba más de diez años en huelga de hambre para dejarse morir, era alimentado a través de una sonda en contra de su voluntad por el gobierno británico, a efecto de evitar que lograse su cometido. Ya descansa y la verdad sobre los denominados “Asesinatos de los Páramos” (“The Moors Murders”) está lejos de hallarse esclarecida. Día con día surge más evidencia que pone al descubierto qué tanto puede la voluntad de un par de individuos lesionar la cohesión social. Estamos ante un capítulo negro de la historia británica.

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[Fotos de Ian Brady al momento de ser detenido]

 

La historia de los homicidios, a grandes rasgos, es la siguiente: a partir de enfebrecidas lecturas de Mi lucha y de la obra del Marqués de Sade, Ian Brady, en complicidad con quien entonces fuera su pareja sentimental, Myra Hindley (1942-2002) habría violado y ultimado al menos a cinco menores, cuyos cadáveres (excepto el de Edward Evans, por el que fueron descubiertos) habrían sido enterrados en distintos lugares de los Páramos, en las cercanías de Manchester, Inglaterra. Como parte de su ritual, la pareja se fotografiaba sobre las tumbas de las víctimas. Los hechos sucedieron entre 1963 y 1965. A esta fecha, uno de ellos, Keith Benneth, no ha sido encontrado a pesar de los esfuerzos de las autoridades inglesas. La madre del menor ya murió sin saber en dónde estaba enterrado su hijo. Es una historia de terror que alargó más de cincuenta años hasta el deceso de Brady —el prisionero más longevo del sistema penitenciario inglés (51 años de encierro)—, del que poco o nada se dijo en la prensa, ni aún en la sensacionalista.

Sobre los homicidios se han escrito numerosos libros y no parece llegar el que habrá de dar la pista sobre Benneth o sobre cómo en realidad sucedieron los asesinatos. The Gates of Janus (2012), por ejemplo, el volumen sobre asesinos seriales que escribió Brady en prisión, lejos de aportar elementos para el entendimiento de los hechos, enaltece la figura del homicida en la historia, como si fuese un mal necesario para el adelgazamiento de una población que crece sin control, al tiempo que señala a quienes ejercen el poder político como una fuente permanente de muerte a gran escala. Esto soportado con ejemplos de la historia y citas de los pensadores más necesarios. Brady era un intelectual que se consumió víctima de sí mismo. Colin Wilson, experto en mentalidad criminal, en el prólogo que escribió al volumen, subraya la agudeza mental de Brady para desmenuzar las motivaciones de asesinos seriales como John Wayne Gacy o Richard Ramirez (“The Nightstalker”). No es poco el mérito que le reconoce Wilson. Ahora bien, otro aspecto de Brady queda al descubierto en el libro: ese tipo de inteligencia que llamea sin control y que terminó por calcinarlo de la misma manera en que sucedió con Hindley. Es cierto que esta pareja de criminales no ha sido la única que ha asesinado con el soporte de una argumentación pseudo-intelectual, aunque sí la única que logrado actuar una telenovela a largo de cincuenta años en la prensa inglesa.

See No Evil: The Moors Murders (2006), la película que se filmó a partir de las versiones de la prensa y testimonios de participantes directos, levantó de nuevo el interés por el esclarecimiento de los homicidios. Al final de sus días, Hindley habría buscado al escritor y periodista Duncan Staff para hablar de los hechos sin cortapisas, al punto de entregarle el original de su autobiografía, inédita a este momento. El resultado de aquellos encuentros fue The Lost Boy (2013), un volumen que acerca al lector a la vida de Hindley, pero que escasamente aporta elementos adicionales para intentar un entendimiento a fondo de los motivos de la pareja. Es probable que ni siquiera ellos habrían podido explorarse a cabalidad para dar cuenta de sus motivaciones profundas. Ya sería hora de reconocer que no será posible saber lo que sucedió, a pesar de que los cadáveres se encuentren frente a los ojos de los investigadores.

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[Fotos de Myra Hindley al momento de ser detenida]

 

La reciente desaparición de Ian Brady podría leerse como el cierre de un capítulo en la historia de la criminalidad en Inglaterra, pero las interrogantes que llevan años sin responderse siguen vigentes: ¿Cuál fue la participación real de Hindley en los homicidios? ¿Y la de David Smith? ¿En verdad era inocente? ¿Qué interés tenía Lord Longford en liberar a Hindley de prisión? ¿Por qué Brady nunca fue parte de su plan de liberación? ¿No hubo un acercamiento? ¿Hubo más víctimas que las cinco de las que se tiene conocimiento? La revisión de los papeles póstumos de Brady podría aportar elementos a la policía para reabrir la investigación y entonces poner el punto final que requiere la sociedad británica. Igualmente abrir los archivos del caso a la sociedad civil, que se ha enterado de los pormenores a golpe de periódico. El caso sigue tan vigente como cuando la policía tocó en casa de Myra Hindley para investigar la denuncia que hiciera David Smith sobre el homicidio de Evans.