Ciertas formas de la ingeniería podrían ayudar a entender cómo se relacionan algunos escritores con la literatura. Hay autores que son diques y otros más que son acueducto. Algunos se erigen como presas o tienen la virtud de generar canales, vías de acceso o de salida. También hay quienes optan por hacer de los túneles una invitación a conocer las formas más elevadas del espíritu. Y estos túneles, entre la luz y la sombra, derivan en la comprensión parcial o totalizante de un fenómeno puesto al alcance sólo de quienes tienen la temeridad de andarlos a partir de su intuición, la cual no requiere corroboraciones por parte de un tercero. Hay quienes construyen presas por la mera satisfacción de lograr una superficie líquida que refleje el cielo, al cual se aspira.

juan

A Juan Goytisolo (1931-2017) a caballo entre dos siglos, instaló su obra en una de las modalidades más generosas de esta ingeniería humana: eligió ser puente. Víctima directa de la guerra civil española —su madre murió en un bombardeo—, Goytisolo fue uno de los críticos más imbatibles de lo que él identificó como el “nacionalcatolicismo”. La crítica a las taras del franquismo aparece de manera reiterada en su ensayística. Por lo demás, dos eventos marcarían su trayectoria literaria de manera fundamental: su paso por El Sentier, barrio multicultural de París, el cual le nutriría de aspectos relacionados con el entendimiento profundo del mundo árabe, y su paso por Marrakech, ciudad en la cual fallecería y cuya plaza le habría provisto de material insólito para sus novelas.

En lo literario, lo mismo el abundamiento en la obra de Fernando de Rojas y La Celestina (quizá la obra que mejor leyó de todas), que el rescate de José María Blanco White, como parte de su búsqueda permanente de voces disonantes alejadas del discurso por su acidez o especificidad, darían a su trayectoria un signo distintivo que lo haría acreedor de múltiples reconocimientos.

La publicación de Señas de identidad (1966) marcaría una nueva etapa de búsqueda en su tentativa estética, en donde las cualidades del español se trenzan con una forma narrativa que danza entre diferentes espacios de tiempo, todo para dar cuenta de preocupaciones que van desde el realismo más lacerante a la aproximación más auténtica a la intimidad del individuo. Este libro, a su vez, se relaciona de manera natural con las dos entregas posteriores: Reivindicación del conde don Julián (1970), actualmente Don Julián (2000) y Juan sin Tierra (1975).

Por su parte, Makbara (1980) representaría uno de los puntos más altos en la expresión de su radicalidad, ya que no sólo mezcla diferentes idiomas con el español sino que en cada una de las oraciones se rehace el libro, dejándolo en un estado de permanente construcción. Es un volumen que acontece cada que es explorado, el cual no se propone contar una historia sino subrayar que contar es una práctica que tiene cabida en la literatura, sí, pero que puede ser trascendida cuando la palabra es utilizada como una herramienta de creación y no sólo de comunicación (su finalidad usual).

Goytisolo es puente entre la tradición de medio oriente y un occidente que se rehúsa al entendimiento de la diferencia. Alquibla, el programa de televisión (1988) que realizó sobre el mundo árabe aún espera una distribución masiva. Es el momento en que las palabras del intérprete deben ser escuchadas con más atención. Viajero incansable, sus crónicas sobre la guerra de Sarajevo o sobre otros conflictos armados, aún marcan la pauta para el entendimiento de sus causas y consecuencias. La cobertura de Goytisolo a tal o cual conflicto garantizaba una lectura aséptica de los hechos, además de ser parte de un ejercicio de interpretación por parte de un intelectual de izquierda que nunca abandonó la crítica del medio cultural como parte de su intervención cotidiana.

Con el paso de los años y a fuerza de repetirlo en los foros, su distinción entre “producto editorial” y “obra literaria” continúa poniendo en entredicho las posibilidades de las grandes editoriales para acercar a los lectores productos de baja calidad. Goytisolo fue una voz en el desierto a pesar de quienes lo rodearon para escuchar (y no siempre atender) las lecciones del maestro.

Sus últimas entregas narrativas, como Carajicomedia (2000) o Telón de boca (2003), derivan en piezas fundamentales a la manera de lecciones magistrales para dinamitar la forma cómoda del libro. Son piezas que pueden leerse como constelaciones de signos cuya función es el estremecimiento antes que la autocongratulación. Los grandes autores, como es su caso, requieren de un esfuerzo intelectual para que el abordaje resulte exitoso. Goytisolo exige del lector para lograr un acercamiento.

Fue demasiado lo que leyó y vivió y eso brota en sus libros, que ya requieren ediciones críticas para lograr entrever el tamaño de su tentativa. La edición de la obra reunida por parte de Galaxia con la aprobación del autor es un primer momento de la lectura atenta que demanda. El premio Cervantes, otorgado a Goytisolo en 2014, ganó la aprobación unánime y en el estrado reafirmó su aspiración crítica. Así lo dijo ante el rey:

“Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias”.

 

En el cruce de ese “dudar de los dogmas” puede leerse la obra entera de Juan Goytisolo, que dudó de manera radical de la forma actual de la producción literaria, lo cual no dejó en la mera enunciación sino que llevó esa duda hasta el límite del rigor.