Habrá extrañado a poquísimos —si algunos— el otorgamiento del premio Princesa de Asturias de las Letras al poeta polaco Adam Zagajewski (Lwów, Ucrania, 1945). La constante labor de traducción de autores de Europa del Este por parte de la editorial Acantilado, entre ellos varios polacos, ha logrado familiarizar a los lectores en lengua española con algunas de las obras más recientes de Polonia y otros países de la región, por lo común relegadas debido a los pocos traductores de ciertas lenguas. Gran parte de la obra de Danilo Kiš, Andrzej Stasiuk o Yuri Andrujovich, por ejemplo, se encuentran entre sus aportaciones más recientes.

zaga

 

La obra de Zagajewski anda a dos brazos entre la poesía y el ensayo, en donde la reflexión sobre la identidad y el lugar del individuo en la sociedad cobra un lugar de primera línea. Es una poética que gira alrededor de la experiencia de un yo inmerso en un mundo que cambia para derivar inexplicable. La fuente de signos nunca para borbotear, lo que transforma a la experiencia en un surtidero de destellos de cualquier forma y color imaginables. De ahí la dificultad de orientarse en la geografía de un día cualquiera.

De su producción en español y que aún podría hallarse en librería se encuentra lo siguiente: Ir a Lvov (1985), Lienzo (1990), Tierra del fuego (1994), Deseo (1997), Anhelo (1999), Regreso (2003), Antenas (2005) —una reunión de dos libros previos— y Mano invisible (2009); y entre sus libros de ensayo se encuentran Solidaridad y soledad (1982), Dos ciudades (1995) y En defensa del fervor (2002). Pero esto sólo es parte de lo que se ha traducido de su obra y el otorgamiento de este premio servirá para generar más traducciones de sus obras y acaso traducirla en su totalidad a la lengua española.

El autor polaco nace en el año crucial del fin de la segunda guerra mundial, en el que se detona una recomposición del mapa europeo. Especialmente Polonia fue una de las naciones más lesionadas lo mismo al inicio que al final de la contienda. Primero los alemanes tomaron el control del país y luego lo harían los rusos hasta la caída del régimen soviético. La lírica de Zagajewski aborda la destrucción del hombre por el entorno y su regeneración a partir de la voluntad del individuo. Todo se encuentra destruido a mi alrededor, pareciera decir esa voz poética, pero aún con todo puedo dar pasos al frente para ganar terreno a la inopia.

Zagajewski es un pensador de doble filo y las reflexiones que brotan en Dos ciudades permiten asomarse a la tragedia del desarraigo que se vivió en el siglo XX, así como a la inmigración forzada por motivos de persecución política. El sueño de la construcción de la Unión Soviética generó más sangre y dolor que la pretendida igualdad, que no sólo nunca llegó sino que se volvió una ocasión para refrendar que el poder jamás debe estar concentrado en una sola persona o reducido grupo de individuos, con independencia de los supuestos valores políticos que se pregonen.

En su última traducción al español, Zagajewski aparece con Releer a Rilke (2017), en donde vuelve a una de sus lecturas de juventud para construir una evocación apasionada y compasiva de la figura del poeta, de quien pinta este retrato a partir de sus impresiones y relecturas:

Y justo después de ese gigante [Goethe], llegó Rainer Maria Rilke, un modesto poeta sin hogar, nacido en la periferia del Imperio austrohúngaro, un artista que hubo de inventarse unos ancestros y que reivindicó un linaje aristocrático—reivindicación al parecer altamente dudosa—, un introvertido amante de la soledad y alguien que, sobre todo en sus últimos años, no se mostró particularmente interesado en publicar y hasta el final de su corta vida fue conocido únicamente por un reducido número de iniciados.

 

Esta imagen de Rilke puede leerse como una página autobiográfica y asimismo como un manifiesto de una poética personal. El entusiasmo por el poeta alemán destella y concede a su obra un valor que si bien podría ser producto del fervor y la nostalgia, tiene los suficientes elementos de belleza y expresividad como para ser asumida como uno de los momentos más altos de la poesía del siglo pasado en todos los idiomas. Un elogio que nunca es para demasiados.

La literatura polaca muestra su vigor en esta lírica y lejos de detenerse en la obra de Wisława Szymborska, quien fue leída en los países de lengua española por la concesión del premio Nobel de literatura en 1996, sigue su marcha y nuevos nombres se suman a esa tradición literaria. Ya es más claro que el camino de Zagajewski a ese premio se encuentra cada vez más llano, una intuición que ha sido comentada de manera regular entre los círculos de sus lectores. Esperemos que la academia sueca no desestime la relevancia de su obra literaria y lo premie en alguna edición futura.