1.

El otorgamiento a Marco Fornés (Ciudad de México, 1948) del premio Letra Actual 2017, será motivo de celebración para los lectores apasionados por la prosa de manufactura finísima. También es una ocasión de festejo para los autores que apuestan por una escritura al margen de las tramas de actualidad y sus vericuetos. Su tarea narrativa se eleva la temperatura, hasta el punto de la fiebre, pero el autor defeño mantiene su contención ante las premuras y desaliños de la urgencia editorial. Es un dique puesto en medio de un río de cauce revuelto, y desde ahí lo leemos. Su labor es un proyecto narrativo que exige del lector atención y una pausa al trajín de actividades. Para leerlo hay que contener la respiración y bucear. Los referentes son vaporosos y las tramas complejas. Bastarían El libro de los alimentos (1989), Indiscutible (1997) o Piélago (2005), para confirmar que es posible tejer una obra capaz de retar a los lectores y no, como sucede, hacer concesiones ante la facilidad y la producción urgente.

Si Fornés es grafómano, lo disimula al dedillo. Sus libros son palpitaciones en la librería. De pronto hay uno y otro, siguiendo una lógica azarosa, y se confiesan habituales de los recovecos que sólo visita el profesional de la curiosidad. Con suerte, la concesión del premio pondrá su nombre en el centro de la lengua española, y otros lectores tendrán acceso a su literatura. Su pasión por la novela negra hizo que en sus historias destelle un halo de misterio desde que se inicia la lectura. Conocedor del género, Fornés es habilidoso para domesticar la fórmula y ponerla en el suelo de pecho abierto. Es un autor cuyos libros se han pasado de mano en mano, a lo largo de los años, no obstante estar publicado en editoriales de alto impacto. Su trayectoria como autor premiado es larga, por otro lado. La lengua española exhibe su vitalidad con la obra de un autor imperdible. Llegó la hora de leer a Fornés, terminar de leerlo o releerlo, de ser el caso. Aún se premia a la tensión narrativa y a la forma como anticipación de un sitio desconocido y magnético.

 

2.

Ahora que Fornés publica El grillete del soberbio (2017), la pregunta sobre qué dirección tiene su proyecto se antoja más oportuna que nunca. Su obra es otra prueba de que es posible lograr un proyecto personal de escritura sin caer en las provocaciones de la actualidad, canto de sirenas para quien no muestra reparos ante publicar libros sin más mérito que las horas que se pasaron frente a la computadora.Su entrega anterior, Colaborar con los extremistas (2009), transita por el registro breve —que no por ello fragmentario, ya que cada unidad contiene su propio andamiaje y al mismo tiempo colabora con el soporte del libro—, y a un tiempo funciona como ejemplo sin par de que aún es factible abordar la pincelada y el trazo suelto, el disparo y hasta el desplante, sin desbarrancarse en el eructo y el chistorete de cantina. La geografía del libro se inicia con algunos hallazgos de infancia y ficciones súbitas para internarse, según se avanza en la exploración, en las sacudidas de la adolescencia y el descubrimiento de la lectura —un temblor quizá mayor. Leer nos funda al igual que el nacimiento y además ofrece la posibilidad de hacerlo de nuevo, virtud exclusiva del arte verdadero.

Un registro de esta naturaleza permite el aliento poético y la prosa más llana; cuadros oníricos y también líneas verídicas obsequiadas por un país que nos arranca las horas de vida con escenas de crueldad y miseria; recuento de hechos, lugares y personas que no aspiran al asentimiento generacional sino a la fidelidad de la imagen que se recuerda nítida. Así que la lectura avanza in crescendo, con cada trozo de escritura, hasta llegar al descubrimiento de la lectura, esa patria de la madurez para quien la descubre a tiempo. Podríamos estar ante alguna línea autobiográfica, incluso. Y es que la infancia no se agota como fuente de anécdotas y relatos. Es el asidero último: cuando todos abandonan la sala se asoman aquellos años, tras la cortina.

Colaborar es una lección sutil de cómo librarse de los tics que impone el trato frecuente con las redes sociales. Fenómeno que embiste lo mismo a escritores con trayectoria que a ese individuo que las descubrió ayer y navega durante horas en ellas para averiguar por qué resultan tan atractivas. O de cómo lograr un libro a partir de utilizar el mínimo de caracteres ya que, lejos de la abulia o la afasia, cada línea se concreta en sí misma para luego lanzarle el brazo a la siguiente, a la que se agarra con aire felino. Se agradece la ausencia de pirotecnia y silbidos en el estadio. La escritura es envidiable, debido a su transparencia.

Fornes persigue un clasicismo que contribuirá a perfilar ese gusto tan mexicano por la forma muy estudiada. Aún es posible colocar la obra literaria bajo una luz específica para observar cómo los contornos revelan bordes apenas presentidos. Colaborar es producto de un atelier de artista plástico, más que una reunión de escritura nacida en las páginas de una libreta o en la computadora portátil que nos acompaña al café. Lejos de perseguir el aplauso facilón y las palmadas en la espalda —que no necesita, por otro lado—, el autor junta sus talones y se detiene a mirar al cielo.

 

3.

En el tiempo actual, en que el formato breve es utilizado a diestra y siniestra, lo mismo para minificciones sin apenas mérito que para distribuir la noticia de actualidad, Fornés propone un cambio de ruta para devolverle aquel uso cerebral y medido de la línea cuya sugerencia termina infinita. La actual hemorragia de líneas al vuelo y memorabilia sin sustancia nos finiquita con disparos a quemarropa. El actual abuso del formato breve lo desgasta hasta el punto de quedar exhausto. Colaborar nos provee del aire necesario para reorganizarnos y plantar cara al acento múltiple de su fugacidad y, asimismo, a la posibilidad del juego que ofrece. Fibra lúdica y materia vertical no sostienen un duelo a muerte —como podría pensarse—, pero hace falta mesura y un tratamiento ordenado en el oficio de la contención. Virtud cada vez más inusual, pues la parodia del yo y las perversiones del trabajo actoral se instalan en la escenografía del escritor actual. Presenciamos un andar hacia la infancia, pues al ser individuos históricos no queda sino recordar: Ecce homo.

Fornés tiene la costumbre de publicar sus textos por separado —esto es: si escribe cuatro relatos publica el mismo número de libros y no una reunión de ellos, como es la práctica—, le ha generado cierto renombre de autor profuso aunque desguanzado. Sus libros ofrecen varias felicidades, entre otras: (i) ser breves, una virtud cada vez más apreciada debido a los tiempos de urgencias y ligereza que vivimos; (ii) relatan historias que se complejizan según avanza la trama, hasta derivar en un artefacto verbal indistinguible de cualquier situación onírica con visos de realidad, mismo que no ofrece una salida clásica —eso que la crítica más triste denomina el “redondeo” de la historia; (iii) pasan de largo ante el exotismo tropical y la capitalización política del drama latinoamericano.

Toda su narrativa puede leerse como un ejercicio de episodios sueltos sin intención de embonar o, menos aún, transmitir una historia gratificante al lector. Aira forma parte de esa vertiente de la actual literatura mexicana e hispanoamericana que no se detiene a meditar los problemas políticos de su país o la región, para concentrarse en fabular utilizando un lenguaje distante de la ampulosidad y la “construcción de una identidad” a través de serpentinas gramaticales. No es difícil cerrar cualquiera de sus libros y sentir que hemos sido estafados, que ese libro contiene todo menos literatura, que se amplió el abismo entre la persecución de una idea compartida del arte y las acciones específicas que la procuran. Esto no es casual. El arte contemporáneo igualmente es un ejercicio libérrimo de solipsismo, si la expresión aún es posible. Cualquier pieza de Damien Hirst o Tracey Emin, por ejemplo, nos ayudarían a probarlo. El escritor mexicano se inscribe en esta escuela de la radicalidad, no obstante que sus efectos pasan desapercibidos para el ojo sin entrenamiento. Sus libros admiten una lectura “ingenua” y otra más analítica, la cual intuye que las junturas que la unen esconden algunos secretos.

 

4.

La sprezzatura, por su parte, es un término acuñado en el siglo XV, era del disimulo y la habladuría exquisita de salón. Implica una actitud próxima a ese descaro propio del cortesano que implica disimular cualquier sentimiento con garbo. Significa llorar sin que salga una lágrima, colgarse sin soga o tirarse desde un puente a un río sin agua. Es un dramatismo soterrado, necesario para navegar las difíciles mareas de la vida cortesana. El practicante de este disimulado arte es un experto de la contención. Su tarea es impedir que el sentimiento brote a flor de piel. Ante la oda más perfecta debe mantener la vertical y evitar cualquier muestra de sensibilidad. Esto deriva de que en la corte no debían apreciarse las flaquezas, ni aún aquellas derivadas de la apreciación justa del arte más alto y sus vericuetos. El oficio literario, ejercido en su condición más alta, es una impostura. Para escribir se utilizan las máscaras que resulten necesarias para saltar de una situación a otra. El multiperspectivismo de la narrativa no se logra compenetrándose con los personajes que pueblan una novela, sino erigiendo una frontera de cristal para darles vida mirándolos a la distancia. Mismo caso de la poesía posmoderna, no obstante las ideas románticas insufladas por la lírica añeja.

Fornés ha tomado para sí la tarea de manufacturar objetos verbales con la distancia más remota posible. La cercanía entre el libro y el autor que se leen en Roberto Pereda, Cristóbal Efénides o Adolfo Flores, desaparece en sus libros y esto los dota de una autonomía que les hace perder “un sello distintivo”. Su narrativa se lee como si fuese escrita con guantes. Es el crimen perfecto, imposible de rastrear por una unidad especializada de peritos. Sólo después del trato frecuente con sus libros destella —utilizo el término más apropiado— alguna cualidad compartida. Un fenómeno que sucede en libros como Arbitrariedad y circunstancia (2000) o Las aventuras de Consuelo (2008). Curiosidad (2006), por ejemplo, podría haber sido escrito por cualquier biógrafo de un filósofo convencional. La mímesis con lenguajes que no son propiamente literarios sino informativos, acentúan la feliz engañifa de quien puede absorber las cualidades de un lenguaje específico e importarlo hacia otra geografía para darle un tratamiento con resultados insólitos.

Esta elección es una forma extemporánea de radicalidad aunque no se lee desfasada. Fornés está lejos de ser un vanguardista ya que no le interesa serlo. Proponerse la diferencia obliga al énfasis y la voltereta, el vuelo de la espiral y el uso de silbatos estridentes. El autor argentino es un discreto. Además: entrega libros a las editoriales trasnacionales y, al mismo tiempo, a la pequeña aventura editorial que se fundó tres días atrás. Es una obra aún dispersa por toda América Latina, por lo que urge una reunión de novelas para leerlo de cuerpo entero. El autor mexicano ofrece, asimismo, la ocasión de armar un puzzle de piezas sueltas, que armadas revelarán una imagen sorprendente incluso para él mismo. Es una carrera literaria que lo mismo ofrece una historia para recordar que un misterio para descubrir. Y más: todo escrito con un lenguaje sobrio que nos retira la tentación de utilizar aquellos colores grandilocuentes de ese trópico mítico que aún Europa busca en los autores latinoamericanos. Dejar atrás a las grandes plumas no es tarea sencilla —porque tiene que suceder: es la rueda del tiempo—, pero se logra paso a paso con su labor y la de otros autores que dibujan otra topografía para las letras en español.

Así que el mundillo literario se asemeja a una corte palaciega de intereses cruzados, en donde el pueblo es el Lector, tan lejos de aquello que le darán a leer, y los demás cortesanos son los escritores, editores y periodistas. Todos al servicio de un objeto: el libro. Para sobrevivir en ese entorno se requiere un rostro impasible ante el fracaso y la sonrisa más amplia para los días ocasionales de sol. Sprezzatura para abrirse paso y también para encarar la falta de imaginación. Acaso el lector no lo detecte.