[Alessandro Raveggi (Florencia, 1980), escritor, crítico y docente italiano, se encuentra en México para presentar sus dos últimos libros: Panamericana (La nuova frontera, 2016), una antología de textos de autores italianos jóvenes sobre algunos escritores latinoamericanos, entre ellos Manuel Puig y José Emilio Pacheco, y Il grande regno dell’emergenza (LiberAria, 2016), su nuevo libro de cuentos. Sobre el estado actual de la literatura italiana en relación con la latinoamericana, y otros asuntos relacionados, esta conversación.]

 

O3OuFCk8

 

—A este momento, ¿cuáles serían los puntos de contacto entre la literatura italiana y la literatura latinoamericana?

La relación entre la literatura italiana y la latinoamericana, a mi parecer, ha sido comprometida en el pasado por dos tipos de espejismos: por un lado, la moda del Boom, a partir del cual se leía a escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Julio Cortázar, lo cual se hacía con una visión muy eurocéntrica y limitada del complejo mundo latinoamericano. Por otro, Latinoamérica es para los italianos el último oasis del socialismo real y del populismo democrático, y entonces lo que se filtraba del continente (además el exotismo) era el punto de vista ideológico más que el estilístico y personal de cada autor —aún se leen autores latinoamericanos mediocres sólo por sus preferencias políticas.

Hoy en día es diferente: se leen y se publican más autores de varias partes de América Latina, se conocen los casos especiales de grandes innovadores como Roberto Artl, Juan Carlos Onetti o Felisberto Hernández, se venera a Clarice Lispector y se mira mas allá de Borges —el lado ideológico ya se lo dejamos a los periodistas. Muchos autores italianos “nuevos”, pienso en mis contemporáneos, como en Nicola Lagioia, Vanni Santoni, o Luciano Funetta, adoran a Roberto Bolaño, pero también conocen Alberto Laiseca, Rodolfo Walsh y Juan José Saer, todos influenciados por una América Latina más plural, menos estereotipada, más “nerviosa” de ser diferente, me gustaría decir.

 

—¿Por qué elegir la ficción para abordar esta selección de autores?

La idea de Panamericana era aquella de crear una correspondencia amorosa entre autores italianos y sus “mitos” latinoamericanos. Me imaginaba cartas imaginarias, retratos paródicos, spin-offs de obras, y así ha sido con los autores del libro, cada uno muy relacionado por muchas razones a los autores homenajeados. La ficción era la forma más sincera y también la más creativa para decir una cosa fundamental en un mundo donde Todos Escriben (como en mi cuento “Essi scrivono”): un gran autor tiene que ser primeramente un gran y voraz lector porque es impensable una comunidad literaria sin lectores. Es como una comunidad sin amor.

 

—¿Qué tanto se está leyendo la literatura latinoamericana en Europa? ¿Cuáles son los autores más frecuentes en el gusto europeo? ¿Y mexicanos, en específico, de cualquier generación?

Puedo hablar de Italia, donde se está viviendo un nuevo Boom de la literatura latinoamericana gracias al fenómeno “Bolaño”. Hay una difusión más variada, menos dictada por el mercado y los estereotipos como sucedió en la década de los setenta. Editoriales como Sur, La nuova frontiera, gran via, Del Vecchio, Nottetempo, Gli Eccentrici, están promoviendo a los viejos autores así como a los nuevos. Entre ellos se leen a contemporáneos como Valeria Luiselli, Diego Osorio, Yuri Herrera —que fueron publicados en la misma editorial de Panamericana, La nuova frontiera. Veo también que hay interés para una escritura vanguardista por ejemplo, ahora estoy curando una nueva y mejorada edición italiana de Farabeuf de Salvador Elizondo, que saldrá en 2018.

 

—Mantienes un pie en Italia y otro en México, ¿cómo ha modificado esta situación transfronteriza tu forma de escribir?

Escribo desde una frontera del lenguaje que me empuja a experimentar, pero al mismo tiempo a naturalizar mi “idioma” a cada rato. Como ya lo dije otras veces: vivo en italiano, amo en español, trabajo en inglés (doy clases de literatura en universidades norteamericanas en Florencia), entonces mi escritura literaria es como un cuarto estado, un resultado a veces muy cansado de conciliar ritmo, sintaxis y gramática de tres idiomas y mundos diferentes.

Me gusta también pensar que esto es “muy latinoamericano” o quizás “mexicano”: un país “súcubo” de la cultura gringa, donde muchos hablan hasta inglés entre ellos pero también un país muy relacionado con Italia, al mundo latino-mediterráneo y que ama mucho a la cultura de mi país. Además, el hecho de que me crecí en Toscana, muy cerca del pueblo de Amerigo Vespucio, para mí es un vértigo existencial muy profundo.

 

—Los autores italianos son frecuentes en las mesas de novedades de las librerías latinoamericanas. ¿A quién debería ponerse más atención y qué autor debería traducirse que actualmente no lo esté?

Acabo de averiguar que autores que hoy están considerados como maestros, tales como Walter Siti y Michele Mari, están muy poco o nada traducidos al español y esta es una verdadera lástima. Personalmente creo que el autor más original ha sido por muchos años Antonio Moresco, que se está traduciendo bien en América Latina (su reciente La lucecita por Anagrama es una verdadera joya): un autor con una lengua auténtica, magmática.

Creo además que haya mucha calidad entre los autores italianos hoy, a pesar de la diferencias de edad y de que nuestra literatura esté lista para salir de una condición de minoría en la cuales nos hemos puesto escogiendo el mainstream en contra de lo literario. Me gustaría nombrar a Luca Ricci, uno de los mejores cuentistas, a Filippo Tuena y su elegante prosa anti-moderna, al mismo Vanni Santoni, que es amigo fraterno y quien fue finalista del Premio Strega, y que como editor de la colección Narrativa Tunué está editado a muchos jóvenes autores del futuro.

En general, lo que hay que hacer es seguir las revistas literarias italianas para saber lo que va a pasar en su futuro, porque el mercado editorial en sí mismo es todavía bastante coprófago.

—Elegiste para el libro a José Emilio Pacheco para tu texto, lo que se lee como un homenaje y una confesión a un tiempo. ¿Cómo nació esa relación de autor/lector?

Me quedé impresionado leyendo hace años a una recopilación de cuentos de José Emilio Pacheco. Su uso cristalino y cortante de la lengua española, su relación virtuosa con la poesía, me atrajeron mucho. Era el “otro” Bolaño, en el sentido que siempre lo pensé como un antídoto al Bolañismo, al fanatismo —que yo también a veces comparto— que escuchaba por todas las calles del otrora Distrito Federal y de la UNAM cuando vivía en México.