La actual ciudad de Nápoles, sacudida a lo largo de la Historia y que hoy se visita con la esperanza de evitar un atraco en sus callejones, otrora fue uno de los escenarios gloriosos del Imperio español, que lograba gran parte del control del comercio en el Mediterráneo desde este puerto estratégico. Este periodo idílico de logros derivó en un estremecimiento de la lírica con el contacto de una forma italiana y un recipiente hispánico. Es uno de los grandes hitos del trasplante cultural por la determinación de un poeta.

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Ahora que la editorial Akal publicó en su necesaria colección “Vía Láctea” la Poesía castellana (2017) de Garcilaso de la Vega, en una edición preparada por Julián Jiménez Heffernan e Ignacio García Aguilar, con un estudio preliminar de Pedro Ruiz Pérez, conviene volver a sus páginas para identificar el mecanismo de la importación del verso petrarquista y cómo este aporte enraizó en la tradición literaria hispánica. En esta edición cada uno de los poemas aparecen comentados a detalle, lo que permite el análisis del estudioso y hasta del filólogo aunque también el paseo de quien se encuentra con el poeta por primera vez o hace sus estudios universitarios en letras. Es una publicación que dará felicidades sin par a quienes se aventuren en sus páginas, ilustradas con algunos retratos de los poetas más altos de la lengua y puesta en una tipografía más que generosa en tamaño y estilo.

Un repaso a la biografía del poeta Garcilaso de la Vega (Toledo, circa 1498-Niza 1536) —que no “el Inca”, poeta a su vez de mérito propio—, haría pensar al lector de ese trayecto que el poeta llevó una vida de trajines y desvelos, buenaventuras y amoríos, pero lo cierto es que fue una vida típica del periodo, llevada a la sazón entre las filas del ejército, la cansina vida en la corte y las labores diplomáticas que obligaban a llevar y traer información en una época en que no había más medios de comunicación que la voz de quien lleva las noticias. Y había miles de informantes, eso sí. Garcilaso logró mitigar su parcial falta de méritos para incorporarse a las filas de la nobleza con el ejercicio del ingenio y una temeridad a toda prueba, ya que no hubo ocasión en que fuera llamado al servicio y se excusara por cualquier motivo. Esta forma resuelta de enfrentarse a la circunstancia lo llevó a vivir en Nápoles en dos ocasiones: primero entre 1522 y 1523 y luego en 1533, lo cual tendría consecuencias hasta el día de hoy.

La anécdota de la importación se ha vuelto célebre y conviene recordarla: en 1526 Juan Boscán, caballero amigo de Garcilaso, sostiene una conversación con el embajador Andrea Navajero, quien le plantea lo siguiente: “por qué no probaba en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia”[1]. El embajador hacía referencia a las formas poéticas que ya había consolidado Francesco Petrarca (1304-1374). Garcilaso sería quien lograría la importación de una forma que se volvería canónica y haría germinar nuevos ritmos y encabalgamientos en las formas poéticas hispánicas. A resultas: “Garcilaso es un poeta sumamente elegante que consigue, bajo una aparente sencillez, cimas de perfección formal y armonía. La gran revolución lírica italianizante tuvo la suerte de encontrar como introductor a ese espléndido poeta”[2].

Hice referencia a la estancia de Garcilaso en Nápoles porque su paso por ahí le permitió no sólo la cercanía de la lengua italiana, que sabía como nadie, sino igualmente apreciar en primera persona la revolución de formas artísticas que entonces sucedía en la península. Por entonces, Italia entera se estremecía con los hallazgos de los pintores y escultores, que hacían emerger de sus materiales nuevas formas para lograr la admiración y patrocinio de la clase religiosa y también de aquella que se confesaba más cerca de lo humano, a pesar de los riesgos que esto traía consigo. Recordemos: era el amanecer del Humanismo, de este despertar que ha dado a la cultura universal miles de obras que mantienen al mundo occidental como bastión de defensa frente a la ignorancia que deriva del desprecio por la creación.

Así que el “dolorido sentir” al que hace referencia Garcilaso, se expresa en su poesía lejos de la afectación, muy propia de la época, en un lenguaje claro, con el equilibrio clásico aclimatado en Horacio y Virgilio (los dos autores más visitados por el poeta), y con un tono íntimo que se dibuja en una lírica de asunto humano más que divino. La elección de los asuntos mitológicos por encima de los religiosos ya es una manifestación del humanismo que amanece, porque no sólo implica voltear los ojos hacia Apolo y Dafne, por ejemplo, sino cantar a la desventura amorosa y al paso del tiempo, a las inflexiones que impone una mañana cualquiera y a la célebre “locura de amor”, provocadora de suicidios en los más jóvenes. De la Égloga I dedicada al Virrey de Nápoles, este fragmento sobre el “dolorido sentir”:

Cual suele’l ruiseñor con triste canto
quejarse, entre las hojas escondido,
del duro labrador que cautamente
le despojó su caro y dulce nido
de los tiernos hijuelos entretanto
que del amado ramo estaba ausente,
y aquel dolor que siente,
con diferencia tanta
por la dulce garganta,
despide, que a su canto el aire suena,
y la callada noche no refrena
su lamentable oficio y sus querellas,
trayendo de su pena
el cielo por testigo y las estrellas,

desta manera suelto yo la rienda
a mi dolor y ansí me quejo en vano
de la dureza de la muerte airada;
ella en mi corazón metió la mano
y d’allí me llevó mi dulce prenda,
que aquél era su nido y su morada.
¡Ay, muerte arrebatada,
por ti m’estoy quejando
al cielo y enojando
con importuno llanto al mundo todo!
El desigual dolor no sufre modo;
no me podrán quitar el dolorido
sentir si ya del todo
primero no me quitan el sentido.

 

Es oportuno plantear una vuelta a la lírica de Garcilaso por la abundancia de poetas jóvenes para quienes las formas clásicas se asemejan a ruinas que deben visitarse una sola vez en la vida, de manera descuidada, y sólo para tener materia de conversación. Grandes lecciones de ritmo, expresión y textura de sonidos brotan de estas páginas, que debieran ser de lectura obligatoria para cualquier individuo que se aventure con la escritura de su primer verso. Ya sería la hora de tener claro que las pirotécnicas tecnológicas y otros ardides de manufactura son apenas modos vistosos de adornar la escritura de los poemas y nunca podrán ser un reemplazo efectivo de la imagen poética y el uso delicado del lenguaje.

 

[1] Carlos Alvar, et. al., Breve historia de la literatura española. Madrid: Alianza Editorial, 2014. Pág. 243.

[2] Op. cit. Pág. 246.